El monstruoso mundo de los carteles y mafias que manejan la cocaína

El monstruoso mundo de los carteles y mafias que manejan la cocaína

febrero 28, 2015
in Category: Perspectivas
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El monstruoso mundo de los carteles y mafias que manejan la cocaína

Mundo laberíntico que, por su complejidad y magnitud, excede la imaginación kafkiana, al punto que no sería exagerado aplicar la sentencia que Dante Alighieri, en la Divina Comedia, coloca en el dintel de la puerta del infierno: “¡Perded toda esperanza los que entráis!”. Esta sentencia, empleada al mundo de la droga, muestra que a pesar de los esfuerzos por conocer sus lógicas internas, no se avizoran todavía esperanzas de comprensión.

Se trata de un mundo que, como asegura un periodista e investigador de la talla de Roberto Saviano, en su libro CeroCeroCero, gobierna el mundo. Los denodados esfuerzos internacionales y nacionales por conocerlo no han conseguido comprenderlo plenamente y, pero aún, penetrarlo, por su carácter cada vez más globalizado, pero, a la vez, adaptado a los territorios en los que opera.

Es oportuno recordar que Roberto Saviano es autor, entre otras publicaciones, del best seller internacional Gomorra, traducido a cincuenta idiomas, y, en especial, del más reciente libro CeroCeroCero, donde muestra un mundo infinitamente inhumano, siniestro, sanguinario, monstruoso y cruel: el de la criminalidad organizada alrededor de la cocaína. Su investigación va mucho más allá de los intentos de cuantificar, al esforzarse por penetrar en un mundo en el que solo cuentan las reglas; la legalidad es para los cobardes y tontos. Esas reglas dirigen y ordenan la vida. Su quebrantamiento no tiene otra respuesta que la muerte, pero no cualquier tipo de muerte, sino la que practica cada cártel, cada minicártel.

En este contexto, los modelos de interpretación de los problemas ligados con las drogas no solo han sido rápidamente superados sino que todos y cada uno de ellos se muestran claramente insuficientes para explicar una totalidad multiforme, de dinámica vertiginosa y progresivamente más voraz en invadir estratos y parcelas de la vida social.

En este contexto, a lo mejor conviene acudir a la ciencia ficción, para intentar imaginar las lógicas de funcionamiento, transformación y adaptación a nuevos contextos.

Intentar comprender, comprender y escribir sobre este mundo es, probablemente, una forma de exorcizar los miedos, la mentira, los rencores y el dolor. Es, en definitiva, una forma de resistir, de oponer resistencia frente a los poderes malignos. Como bien afirma Saviano: “Conocer es empezar a cambiar . […] Es, convencerse de que los cárteles, las mafias, las bandas criminales son fenómenos humanos que tienen un principio pero también un fin” (2014:483). Al parecer, nunca será suficiente la información sobre las formas de actuar, singularidades, tipos, estrategias del mundo de la droga, lo que no significa desconocer los esfuerzos y voluntades por disponer de un conocimiento básico de este mundo criminal. La experiencia muestra que “la guerra contra las drogas” es un fracaso.

Con el propósito de ilustrar la complejidad y monstruosidad del mundo de los cárteles y mafias, intentaré incursionar en dos de los países con un historial de violencia social, política, económica y de narcotráfico de larga data.

Las historias de violencia mexicana y colombiana han sido estudiadas y narradas por múltiples historiadores, periodistas y literatos. Estas historias, en las últimas cinco décadas, se hallan vinculadas con el narcotráfico. Son historias y narraciones que renuevan actores: delincuentes comunes, de cuello blanco, políticos, banqueros, terratenientes, guerrilleros, en fin, grupos de poder de la más diversa índole.

En el caso de México, procuraré presentar unos pocos pincelazos sobre los principales cárteles y mafias y, en el de Colombia, ilustrar algunas de las características más destacables de los cárteles de la droga.

México

Una de las características más destacadas de la actuación de los cárteles en México es el poder que concede a la impunidad. En México, afirma Alain Labrousse, “es el poder mismo quien concede impunidad a ciertos cárteles para permitirles actuar. Se ha observado que desde el inicio de los años ochenta, cada nuevo presidente, para abatir la hostilidad de Estados Unidos, reprime el cartel más vinculado a su predecesor y se apoya en otra organización” (2012:52).

Más adelante, el investigador citado afirma que “la participación de la policía en el tráfico de drogas nunca ha sido más notoria en participar en las ciudades situadas en la frontera con Estados Unidos, como Tijuana y Ciudad Juárez y, desde que a principios del Siglo XXI, el partido en el poder no favorece ninguno de los diferentes cárteles hay una guerra sin merced por el control de tráfico” (Labrousse, 2012:52).

Numerosos especialistas en el tema del narcotráfico afirman que en México existen al menos cinco grandes cárteles. En razón de la complejidad, dinámica y en especial del espacio que se dispone me limitaré –en forma ilustrativa- a acercarnos a cuatro de ellos: Federación de Sinaloa, del Golfo, los Zetas y Caballeros Templarios y la Familia Michoacana.

Federación de Sinaloa: diversos estudiosos afirman que Sinaloa es, actualmente, el cártel que manda, el que ha logrado derrotar a los competidores, al menos hasta el próximo trastorno. Cubre 16 de las 20 provincias (estados) del país.

Actúa en el Triángulo de Oro, que comprende 650 000 kilómetros cuadrados. Además, está presente en más de 80 ciudades estadounidenses. Ha sido responsable, según la Fiscalía General de los EE.UU., entre 1990 y 2008, de la importación y distribución en Estados Unidos de, al menos, doscientas toneladas de cocaína y de grandes cantidades de heroína.

De acuerdo con la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNADE), esta organización está presente en América Latina: Argentina, Ecuador, Perú, Panamá, Costa Rica y Guatemala. Entre sus principales características destaca el actuar con extrema violencia y, su gran capacidad empresarial, capaz de advertir rápidamente cualquier nuevo negocio.

Los Zetas: organización jerárquicamente estricta, piramidal y eficiente, que no tiene nada que envidiar a los exitosos modelos de las mafias italianas. Cada plaza tiene su propio jefe y su propio contable. Existe una precisa división de papeles, cada uno con su nombre. El FBI considera a este cártel como el más avanzado tecnológicamente, capaz de blanquear un millón de dólares al mes, durante dos años, a través de cuentas del Bank of America. No tiene un territorio, una ubicación física ni raíces geográficas. Es un ejército posmoderno, que necesita producir, ante todo, una imagen que cree avanzadillas.

Entre sus objetivos estratégicos está cooptar exmilitares. En ese sentido, destacan eslóganes propagandísticos, como: “El grupo operativo los Zetas te quiere a ti militar o exmilitar”; “Te ofrecemos buen sueldo, comida y atenciones a tu familia. Ya no sufras maltratos y no sufras hambre”.

Los Zetas reclutan adolescentes de entre 15 y 18 años, para quienes dispone de campos de adiestramiento donde son instruidos por agentes de la policía local, estatal y federal.

Son autores de la sádica carnicería que se produjo unos meses después de lo se conoce como la primera masacre de San Fernando, el 24 de agosto de 2010, en la que 62 migrantes clandestinos, procedentes de Sudamérica y Centroamérica, intentaron cruzar la frontera estadounidense en Taumalipas. La historia llegó a nosotros gracias a un joven ecuatoriano que sobrevivió.

Cártel del Golfo: se trata de la organización criminal más antigua de México. Tiene una presencia significativa en tres estados y sus redes de alcance trasnacional han llevado a este cártel a tener conexiones en Europa, África, Centro América, Sudamérica y Estados Unidos.

El brazo armado inicial estuvo constituido por más de 30 desertores del ejército mexicano, miembros del Grupo Aeromóvil de las Fuerzas Especiales.

Las diferencias con el cártel de los Zetas se mantuvieron durante mucho tiempo hasta llegar un acuerdo de convivencia. En 1999, la cantidad de cocaína que el cártel del Golfo logró introducir mensualmente en los Estados Unidos ascendía a 50 toneladas. Su poder de control se había propagado desde el Golfo de México hasta parte del Pacífico.

En la zona del Golfo, el monopolio de la violencia dejó de ser una competencia del Estado, para ser transferida a los cárteles, entre ellos, el del Golfo.

Caballeros Templarios: entre sus características destacables está el mantenimiento de un “código de honor” muy rígido. Los miembros deben luchar contra el materialismo, la injusticia y la tiranía. Juran proteger a los oprimidos, a las viudas, a los huérfanos. A sus miembros integrantes les está prohibido consumir droga.

La práctica del secuestro con el propósito de obtener dinero está estrictamente prohibida. Se sienten investidos de una misión divina (similar a la orden caballeresca medioeval, fundada en Jerusalén, para proteger a los peregrinos en Tierra Santa). Hacen ostentación de intenciones purificadoras, al tiempo que organizan un ejército para imponerse en el negocio de las anfetaminas.

29En una entrevista realizada por el diario El Comercio, el escritor mexicano Juan Villoro, a propósito del crimen organizado y, en especial del narcotráfico y de la corrupción en México, afirmó: “México es un Estado fallido por donde se lo vea”. Recuerda, además, que “el expresidente Felipe Calderón pensó en los narcotraficantes como extraterrestres, malosos o bárbaros; personas que se habían incrustado en la sociedad, como si vinieron de lejos y no pertenecían a él”. Luego, continúa: “cuando tú analizas este tema te das cuenta de que la corrupción está mucho más cerca de lo que habías pensado y que puede estar en tus vecinos, en tus parientes o en el espejo”. A la pregunta del periodista: “¿Por qué fracasó la estrategia de sacar al Ejército a la calle para combatir el narcotráfico y lo único que se logró fue prender la guerra?”, Juan Villoro respondió: “fue una estrategia irresponsable, porque no conocía al enemigo, ignoraba su alcance. Además, tenía a buena parte del enemigo adentro y sin saberlo. Porque tú no puedes saber de antemano cuántos miembros de la Policía y del Ejército están infiltrados por el narcotráfico, cuántos presidentes municipales han sido sobornados” (30-11-14:4)

Colombia

No se dispone del espacio como para intentar penetrar en el mundo de los cárteles colombianos, por lo que me limitaré a destacar algunos elementos relacionados con la guerra contra el narcotráfico en Colombia, y una que otra característica de ese mundo.

Alain Labrousse afirma que los cárteles colombianos “se formaron en torno del tráfico de drogas; que el contexto geográfico y la herencia dejada por la historia jugaron un papel esencial en la aparición de la organización criminal más importante de Colombia: el cártel de Medellín” (2012:48).

En torno a las relaciones con los cárteles mexicanos, el investigador citado destaca que “los esfuerzos desplegados por Estados Unidos en el Caribe, a principios de los años noventa, forzaron a los traficantes colombianos a buscar una alianza con sus homólogos mexicanos, para franquear la frontera de Estados Unidos. En la segunda mitad de los años noventa, estos últimos aprovecharon debilitamiento de los cárteles colombianos para exigir como pago el 50% de las cuantidades de drogas en juego y desplazaron a los colombianos de una parte del mechado de distribución en Estados Unidos” (2012:51).

El investigador y periodista, colombiano Germán Castro Caycedo, uno de los escritores más leídos y con mayor credibilidad en Colombia, ganador de once premios nacionales de periodismo y ocho internacionales, en su libro Nuestra guerra ajena, da cuenta detallada de los lazos que, en el ámbito de la droga, unen a Colombia y Estados Unidos. Su origen, data desde los años sesenta, época en la que “los estadounidenses que participaron en la guerra de invasión a Vietnam habían regresado luego de ser relevados de los frentes de matanza, aparecieron enviciados en una búsqueda enloquecida de marihuana, y estimularon con sus dólares la producción en nuestro país” [Colombia] (2014:28).

De acuerdo con el Fiscal Iguarán, la contabilidad del crimen en Colombia está compuesta por 7000 millones de dólares del narcotráfico, sector que produce cerca de las 900 toneladas métricas de cocaína que consume el mundo en el año; 1500 millones de dólares provenientes de la industria del secuestro; más de 3000 millones, resultantes de robos a las arcas públicas efectuados por la corrupción administrativa; y, 700 millones por concepto de tráfico de armas. Estas cuentas, incluso, superan notablemente el valor de las abultadas operaciones de lavado de 2005, tasadas por la Fiscalía.

En el 2005, la delincuencia colombiana, afirma Gonzalo Guillén, “principalmente el narcotráfico, hizo operaciones de lavado de dinero sucio por un valor de casi diez billones de dólares, cifra equivalente a más de la cuarta parte de la deuda externa” (2007: 35). Dos economistas de la Universidad de Bogotá han revelado que el 97,4% de los ingresos procedentes del narcotráfico en Colombia se blanquean puntualmente en circuitos bancarios de Estados Unidos.

No obstante, el alto valor de las arcas del crimen nacional, la Fiscalía estima que el precio al menudeo de la cocaína colombiana, en 2005, fue de 350 millones de dólares.

En Colombia, el informe de la Fiscalía dice que hay “aproximadamente un millón quinientas mil armas amparadas con salvoconducto para el uso legal y seis millones de armas ilegales” (Gonzalo Guillén 2007: 36).

Cerca de tres cuartas partes de las mejores tierras agrícolas de Colombia, hoy son propiedad de narcotraficantes y paramilitares, de acuerdo con un estudio sobre tenencia de tierras de la Universidad Nacional de Colombia (Gonzalo Guillén 2007: 41).

Se calcula que Colombia sigue produciendo alrededor del 60% de toda la cocaína que se consume. Y la coca se sigue arraigando en cada terrón cultivable de tierra colombiana.

Vale señalar la enorme dificultad de sacar a la luz un caso de blanqueo de dinero, así como establecer su entidad y el grado de negligencia normativa.

Los cárteles tienen su propio logo, esto es, su marca de identificación, que muestra, entre otros aspectos, la calidad del producto. Un cómputo reciente encargado a la Unión Europea ha identificado 2200 distintos logos.

30Para tener una idea aproximada de este fenómeno, basta con recordar a Pablo Escobar, el narcotraficante más poderoso y cruel de la historia del narcotráfico quien, en su época, era conocido como un “Robin Hood” que ganaba un millón de dólares al día. Escobar realizó acciones “benéficas” como la construcción de diez mil viviendas sociales, edificadas sobre los terrenos de un basurero de Medellín. Estas fueron regaladas al pueblo, y de allí salieron muchos de sus mejores y más fieles sicarios. Asimismo, Escobar puso a disposición del pueblo un espectacular zoológico, situado dentro de su hacienda Nápoles. Este personaje ofreció solucionar toda la deuda pública de Colombia. Fue un filántropo adorado por su pueblo, un ídolo que movía multitudes.

Finalmente, cabe destacar la importancia de la “protección” para los cárteles. Este negocio, en los años noventa, alcanzó proporciones que ya no tienen nada que ver con la mordida de las mafias italianas.

Reflexiones finales

Estamos frente a un fenómeno de carácter global, lógicamente con distintos énfasis en sus circunstancias e impactos locales, pero que impregna las estructuras y las dinámicas sociales de gran parte del mundo.

En la mayoría de estudios, se advierte escasez de información sobre el consumo, la falta de sistematización de dicha información, y problemas metodológicos y conceptuales en la generación de información sobre el consumo. Ello tiene un impacto negativo en las respuestas estatales ante el consumo y el desarrollo de políticas informadas y basadas en información empírica.

Frente a los fenómenos presentados, es notoria la tendencia a recuperar la soberanía simplemente con represión, normas y medidas restrictivas a la libertad y al ejercicio democrático. Por más policías e incautaciones que pueda haber, la demanda de cocaína será siempre enorme: cuanto más rápido se mueve el mundo, más cocaína hay; cuanto menos tiempo hay para relaciones estables para intercambios reales, más cocaína hay.

Las drogas no van a desaparecer, de allí que sea necesario renunciar a esa fantasía maximalista más autotranquilizadora que otra cosa y plantearse objetivos más realistas, de convivencia con las drogas, lo que no supone, en ningún caso, ni la aceptación ni la desvalorización de los riesgos, sino apenas el reconocimiento de la realidad, cuya potencialidad conflictiva hay que minimizar en lo posible. Las estrategias preventivas deben priorizar el trabajo con el sujeto consumidor y sobre el contexto en el que vive.

Los estudios muestran, además, la necesidad de redireccionar las actuales políticas frente al consumo de drogas hacia un enfoque de salud pública, derechos humanos, reducción de daños, y la importancia de fundar este cambio de enfoque en evidencia científica.

Por más terrible que pueda parecer la legalización total de las drogas, podría ser una de las respuestas más consistentes. Quizá una respuesta terrible, espantosa, angustiante, pero la única posible, para tajarlo todo, para detener el creciente volumen de ventas, porque va a golpear allí donde la cocaína encuentra su terreno fértil: en la ley económica de la oferta y la demanda.

Las estadísticas, si bien son útiles, no permiten identificar las casusas, el origen, el traslado o fortalecimiento de la violencia delictiva y, peor aún la social. Para eso, hace falta un conocimiento cualitativo, una redefinición conceptual, un análisis interpretativo.

A pesar de haberse creado instituciones e instancias de denuncia, esta continúa reservada a unos pocos individuos y unos grupos que interpretan el papel de la sociedad civil. ¿Y los demás se quedan o nos quedamos calladitos, paralizados, aislados, indiferentes frente al miedo, aduciendo razones o sentimientos de seguridad personal, familiar, de afecto, de imposibilidad de cambio? ¿En qué medida estos argumentos se apoyan o alimentan el altísimo grado de impunidad, y contribuyen al crecimiento de insolidaridad e, incluso, de ausencia de dignidad?.

Lautaro Ojeda es docente universitario e investigador en materia de seguridad ciudadana.

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