Interculturalidad para la integración y el desarrollo: una propuesta

Interculturalidad para la integración y el desarrollo: una propuesta

febrero 28, 2015
in Category: Interculturalidad
0 24020 0
Interculturalidad para la integración y el desarrollo: una propuesta

Han pasado exactamente 200 años desde que, en plena campaña libertaria, Simón Bolívar manifestó, en la Carta de Jamaica de 1815, su ideal de un único gran país confederado en el “Nuevo Mundo”: “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria […] Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse”.

Sin embargo, dos siglos después es evidente que, como el propio Bolívar diría luego, los diversos intereses han hecho imposible dicha formación. A estas alturas está bien claro que la conformación de un solo país latinoamericano, aunque fuera un gran país en alguna región del continente, también es una quimera; de hecho, la propia Gran Colombia, pese a la pertinaz labor integradora de Bolívar, fracasó tempranamente (1830). Hoy por hoy América Latina tiene un tablero limítrofe bien dibujado, pese a las grandes diversidades sociales, culturales, económicas y territoriales que existen en cada uno de sus países. Porque si quisiéramos resumir a Latinoamérica en una palabra, sería diversidad…

Pese a ello, no existe razón para renunciar a diversas formas de integración y desarrollo conjunto, ya no de un solo gran país, sino de alianza estratégica regional frente al concierto internacional. Tanto más en un mundo globalizado, independientemente de las bondades y las críticas que existan ante este proceso, donde el nexo y la competitividad son elementos concomitantes y fundamentales. Por ello, la integración más allá de un ideal es más bien una necesidad para la inserción en el contexto global y para el desarrollo de los pueblos; desarrollo que más que nunca antes, puede nutrirse de referentes lejanos y cercanos, con los cuales hay ciertamente la oportunidad de ser también un referente. Es decir, de cualquier manera propugnamos un desarrollo con identidad.

El presente artículo aborda la integración como una gran oportunidad y, a partir de ello, busca dar una nueva perspectiva para los procesos de integración, donde la interculturalidad puede ser una herramienta fundamental, desde la perspectiva que aquí se propone. Si bien la reflexión parte desde la propuesta de la integración andina, es, ciertamente, una perspectiva aplicable a procesos de mancomunidad, intercambio e integración entre diversos países y regiones de todo el subcontinente latinoamericano.

Para esto, haremos uso particularmente de tres categorías, con una visión concreta de cada una de ellas: el Estado-red (formulación de Manuel Castells), la interculturalidad y, a partir de estas dos anteriores, del desarrollo conjunto con identidad. No nos detenemos a evaluar los diferentes procesos en curso (CAN, ALBA, CELAC, Merc          osur, Alianza del Pacífico), sino que tratamos de brindar una perspectiva que puede servir de apoyo para todos y cada uno de ellos.

Los estados en el Siglo XXI

Los estados latinoamericanos han adolecido históricamente de una gran debilidad institucional; han sido por ello altamente ineficientes y, en muchos casos, ausentes en parte de su territorio y para muchos de sus pobladores. De ahí que la visión de la ciudadanía es hasta el presente un concepto en gran parte no asimilado, a menudo incomprendido y también ausente.

25Pero este no es el único problema del estado en América Latina. Prácticamente todos sus países, luego de la independencia del Reino de España, se inclinaron por el modelo del moderno Estado-nación del Siglo XIX. De hecho, era la tendencia “de moda” en tiempos libertarios, que para Europa era ciertamente un progreso, superando las monarquías de tiempos oscurantistas y feudales. Pero el proceso histórico europeo, huelga decir, ha sido harto distinto del de los países latinoamericanos. Tanto más que estos países debieron sufrir el colonialismo de Europa. Y pese a esa diferencia, los propios países europeos que plegaron de una manera radical hacia el Estado-nación durante el Siglo XX, la España de Franco y la Italia de Mussolini (también Alemania, con un nacionalismo muy particular, aniquilante y expansionista, que resultó rápida aunque dolorosamente insostenible), debieron finalmente sufrir su disfunción y debacle.

Pero ¿cuál es este Estado, denominado el Estado-nación? Por Estado-nación se entiende a la unidad organizativo-política de un territorio soberano, que emprende y promueve la idea de una población homogénea, con la misma cultura, idioma, religión y valores, por lo cual el gobierno se encargará de defender dichos valores en su territorio. Como esto es imposible en la mayoría de países del mundo (más aún en países como los latinoamericanos, que cuentan con una diversidad cultural enorme, por su raigambre y por los propios procesos de colonización, mestizaje, sincretismo y hoy en día de permanente resignificación y recreación con los procesos de globalización), el Estado-nación, con un ideal inspirado en la élite política que se autodenomina “el pueblo” (siendo en algunos casos una minoría numérica de la población, pero de quienes detentan el poder político y económico), ha buscado la homogenización “nacional” de la población a través de las normas (la constitución política y las leyes), y luego apoyados por la educación (que incluye la unificación del idioma, que se denomina “oficial” y los valores), la ritualidad pública, los mitos fundacionales y, claro está, con el monopolio del uso de la fuerza (ejército y policía) como método coercitivo. Evidentemente se justificaban en el argumento de la exaltación de los valores nacionales “superiores”, y de que es más fácil el gobierno de territorios y poblaciones homogéneos. No obstante, como la historia y la cotidianidad lo han demostrado, esto significaba (y significa aún hoy) una política de Estado de exclusión explícita y obligatoria de las diversidades culturales y territoriales, que debían asimilarse al modelo hegemónico, que para el caso de América Latina ha sido, claro está, el modelo Occidental. De allí que la paradoja histórica es que, luego de su independencia de Europa, Latinoamérica continuó bajo un modelo europeo…

Es por ello que el clásico Estado-nación ha fracasado en casi todos los países de América Latina y no son el único ejemplo de ello, en otros continentes ha ocurrido lo propio, incluso en la propia Europa, donde países como España se han decidido luego del desacertado paso por el nacionalismo de Estado, por un modelo de autonomías que respetan y promueven la peculiaridad cultural en cada una de sus autonomías, lo cual incluye sistemas de educación y servicios en el idioma local.

Es por ello que autores como Amartya Sen, aseveran que en el siglo XXI no pueden existir estados que desconozcan las diversidades culturales y que no instauren instituciones encaminadas a consolidar democracias plurales: “[…], por motivos prácticos y morales, es mucho mejor dar cabida a los grupos culturales que tratar de eliminarlos o pretender que no existen… Los países no están obligados a elegir entre unidad nacional y diversidad cultural. Los estudios indican que ambas pueden coexistir y, de hecho, con frecuencia así lo hacen” (Libertad Cultural y Desarrollo Humano, Informe PNUD, 2004)”.

De ahí que algunos países, como Bolivia y Ecuador, recientemente han decidido autodefinirse en sus constituciones políticas como una nueva categoría de estados, a saber: Estado plurinacional, en el primer caso, y Estado intercultural y plurinacional, en el segundo. Pese a que la experiencia en los últimos años en nuestro país ha demostrado que no hemos salido del Estado-nación, ni en los ideales promovidos en los espacios públicos ni en la necesaria reconceptualización y reingeniería institucional, no deja de ser una iniciativa importante, que consta en la Constitución gracias a los movimientos sociales e intelectuales que lo propugnaron desde hace varias décadas por el cambio de la naturaleza estatal, para adaptarla a nuestra propia realidad.

Pero el tema de la diversidad cultural y social no es el único inconveniente de los estados en el Siglo XXI. De hecho, desde finales del Siglo XX han habido diversas críticas al Estado—nación, ya que ha resultado limitado, tanto por las falencias en su rol administrativo interno como por su problemático papel frente al mercado, la política internacional y la globalidad. Y es precisamente por ello que luego de la II Guerra Mundial surgieron diversas formas de integración de países, como espacios de coordinación comercial, y para enfrentar el concierto geopolítico internacional. Algunas mancomunidades de países incluso han llegado a compartir soberanía, normas y moneda, como el caso de la Unión Europea, que empezó en la década de 1950 buscando una integración comercial, cual Mercosur en nuestro continente.

Es por ello que autores como Manuel Castells, ante la crisis del Estado-nación, proponen el denominado Estado-red, al cual, dice Castells, los países se verán obligados a adaptarse con celeridad. Para él, “el nuevo estado-red se caracteriza por compartir la soberanía y la responsabilidad entre distintos estados y niveles de gobierno; la flexibilidad en los procedimientos de gobierno y una mayor diversidad de tiempos y espacios en la relación entre gobiernos y ciudadanos en comparación con el anterior estado-nación” (Comunicación y Poder 2009).

Desde su perspectiva, este modelo permitiría una mayor coordinación interinstitucional, tanto interna (por medio de la descentralización del Estado hacia los poderes locales y hacia la ciudadanía organizada) como de su política exterior, configurando organismos regionales y multilaterales. Y es que como este mismo autor explica, “el mundo es objetivamente multilateral, pero algunos de los actores políticos más poderosos de la escena internacional, como Estados Unidos, Rusia o China, tienden a actuar unilateralmente, poniendo por delante su interés, sin preocuparse por la desestabilización del mundo en sentido amplio”.

Esto justifica no solamente la necesidad de repensar el Estado, sino la integración de bloques o mancomunidades de países, para promover y defender sus intereses en el contexto geopolítico internacional. Algo que yo añadiría es que esta nueva forma de Estado-red debería ser funcional al desarrollo con identidad de los países y sus diversidades (socioculturales, territoriales), con una experiencia de complementariedad para el mutuo desarrollo, aprovechando las potencialidades de la heterogeneidad local, regional o inclusive global. Esto conlleva atreverse a repensar el concepto de ciudadanía de forma plural, multidimensional e incluso transnacional. Esto en virtud de que las diversidades políticas, sociales, culturales y territoriales tendrán la necesidad y legitimidad de relacionarse de diferentes maneras con las instituciones. Y es allí donde estas diversidades, como las instituciones de los países, deben también atreverse a pensarse y funcionar en una perspectiva de red, de construcción de agencia común y de intercambio, con un aprendizaje recíproco, que redundará en un mutuo desarrollo.

Interculturalidad: una palabra muy utilizada pero muy poco practicada

En Ecuador y otros países de la región, a menudo se usan los términos de intercultural e interculturalidad referidos a temas indígenas. Sin embargo, esta es una perspectiva reduccionista o, cuando menos, incompleta frente al propósito en que se lo pensó, originalmente en espacios académicos (a diferencia de la plurinacionalidad, que fue una propuesta de los movimientos sociales). Hoy en día, sin embargo, en el Ecuador es un término fuertemente utilizado en espacios burocráticos, desde que el país se definió como un estado intercultural, plurinacional y laico (Constitución, art. 1); y se lo usa precisamente para significar exclusivamente la presencia de personas o grupos indígenas, afroecuatorianos y/o montubios. También se habla de instituciones o del propio gabinete ministerial de manera intercultural, por haber tomado en cuenta a alguna persona proveniente de pueblos antes mencionados. Pero ello no basta. Es decir, el hecho de que una persona sea de origen indígena, no quiere decir que el Estado, su institución o sus acciones vayan a ser interculturales. Esta visión, lejos de promover una verdadera interculturalidad, profundiza la tradicional perspectiva hegemónica (propia del Estado-nación) que folcloriza la diversidad cultural, tal como cuando en los discursos se habla de “nuestros indígenas”, cual si fueran un recurso natural y no conciudadanos (me pregunto qué dirían los cuencanos, los guayaquileños, etc. si fueran mencionados y folclorizados de esa manera…).

Es importante que se tomen en cuenta a personas de los pueblos y nacionalidades para cargos públicos de responsabilidad, y ello habla de inclusión, que además tendrá un impacto simbólico para superar el racismo. Pero esa sola acción no convierte al Estado en intercultural. Realizar el Estado intercultural conlleva una serie de medidas institucionales, así como de acciones con la sociedad civil, de manera profunda, extensa y con recursos suficientes para hacerlo de manera decidida e irreversible en el tiempo.

26El término interculturalidad es una voz relativamente nueva en el mundo académico, en torno a las dos décadas. Surge por las limitaciones del multiculturalismo y la pluriculturalidad a la hora de reflejar la dinámica social en los territorios de gran diversidad. Es decir, el definir a países como los latinoamericanos como pluri o multiculturales no bastaba, ya que esta denominación únicamente describe la diversidad pero no la interrelación, más allá incluso de la convivencia. Y es que no podemos pensar en espacios donde cada cultura, por minoritaria o mayoritaria que sea, viva de manera aislada, cual guetos o Apartheid. La interculturalidad, por tanto, prevé necesariamente la interacción e intercambio entre las diversas culturas. De esta manera, podrían existir estados multiculturales aunque no interculturales; no obstante, un Estado intercultural es por antonomasia un Estado multicultural. Con esto queda claro que interculturalidad, pluriculturalidad y multiculturalidad no son lo mismo, pese a que suele, erróneamente, utilizarse como sinónimo.

Sin embargo, pese al reconocimiento realizado en la Constitución del Ecuador -aunque sin llegar a hacer una definición para comprender sus derivaciones, lo cual deja la categoría en ambigüedad- la interculturalidad es un proceso a trabajarse en el tiempo, tanto desde la institucionalidad del Estado como de la sociedad civil, pero con voluntad política del Estado, lo cual está pendiente hasta el presente.

Pero ¿cuál es la realidad a la que se pretende llegar? ¿Qué sería esa interculturalidad operativa y práctica?

En primer lugar, para llegar a la interculturalidad debe llevarse a cabo un verdadero proceso de “recivilización” de la sociedad, para que pueda pensarse en la interacción con las otras culturas, superando los prejuicios que aún imperan en la mentalidad y los imaginarios de la sociedad mestiza, que es aquella hegemónica hoy en día. Es decir, se debe crear una “comunidad imaginada” de equidad en la diferencia, sin prejuicios ni discriminación. Lo que se busca entonces es un cambio significativo en los imaginarios, ya que las elites presionaron secularmente por la homogeneidad del Estado-nación, tratando de imponer una esencia compartida de lo que para ellos sería “la ecuatorianidad”. La nueva propuesta se expresa entonces en la idea de la construcción de la interculturalidad desde las identidades plurales, lo cual representaría no solo la “unidad en la diversidad” -que implica solo la coexistencia y reconocimiento- sino la unidad, intercambio y desarrollo mutuo en la diversidad.

27En este sentido, la interculturalidad se convierte en un tema de poder, es decir, en un tema político. Y es que no puede existir interculturalidad sino en un plano horizontal, ya que nos relacionamos con quienes nos consideramos pares, en condición de equidad. Está claro que no se trata de un objetivo de corto plazo, pero desde ya se deben dar pasos en firme. Para ello debemos romper viejos paradigmas en la sociedad civil, desmoronando uno de sus mitos recurrentes; la interculturalidad no es únicamente cosa de los indígenas y los afrodescendientes, la interculturalidad es cosa de todos, de todas las culturas, latitudes, nacionalidades y colores de piel. No se trata de un acto casi asistencial de resarcimiento a los pueblos no occidentales. Por el contrario, practicada en todo su potencial, comportaría enormes beneficios sociales, culturales, económicos y tecnológicos para la sociedad en su totalidad, y las sociedades que la promuevan deliberadamente, siempre en términos de equidad. Y es aquí donde cobran protagonismo los nuevos estados.

Interculturalidad, desarrollo e integración: una propuesta plausible

Pero más allá de la discusión de la interculturalidad o el Estado intercultural, ¿qué tiene esto que ver con la integración? En realidad mucho más de lo previsible. Y es que la interculturalidad vista de esta manera, es una oportunidad de intercambio y desarrollo para todo espacio de diversidad de identidades. Es decir, no es aplicable únicamente para el territorio de un país, sino que puede ser, por sobrados motivos, el nexo entre lo local y la internacionalización de los estados-red de Castells pero, vale reiterar, desde la perspectiva del intercambio en equidad y en el entendido de que se trata de un mutuo aprendizaje, en pos, además, de los propios intereses.

Y es que debemos tomar en cuenta que cuando hablamos de cultura hablamos de todas las dinámicas humanas, incluidos los conocimientos, prácticas productivas, económicas, tecnológicas, estéticas, industriales, etc. Por tanto, el intercambio conjunto a nivel institucional (Estado y políticas públicas), a nivel de universidades y conocimientos, a nivel de mercados y, desde luego, a nivel de organizaciones sociales, haciendo posible la “diplomacia de los pueblos”, esto es, la participación popular en las relaciones internacionales y de integración, promoviendo el desarrollo mutuo y conjunto de a mancomunidad. De esta manera, la interculturalidad puede convertirse en una política deliberada donde dos o más países hermanados por un proceso de integración obtienen mutuos beneficios para su progreso, a partir de sus propias agendas de desarrollo y en un marco de relaciones horizontales, formando una suerte de mancomunidad transestatal de desarrollo.

Esto debe contemplar, sin embargo, recursos y herramientas de cooperación mutua, que partan de lo institucional y que deriven en flexibilidad de flujos migratorios, acuerdos comerciales, inversión, sistemas de seguridad social unificados y transnacionales (hoy por hoy más bien debilitado por el estado ecuatoriano), entre otros. Aquí el Estado-red (al que yo añado la calidad de intercultural, Estado-red-intercultural) es su principal actor, pero con un enfoque multiactorial: estados, organizaciones sociales, universidad, empresa privada, ciudadanos en ambos polos…

De esta forma, la interculturalidad para el desarrollo conjunto se presta incluso para ser un paradigma en el desarrollo bilateral, multilateral e incluso una propuesta global, aprovechando los flujos de personas, de conocimientos, de saberes milenarios locales y ya no solo de capitales, promoviendo todo el potencial de la creatividad humana en diversas geografías, en una época en que la globalización es un hecho. Pero hay que promover una globalización positiva, con ese desarrollo conjunto, en red, conservando la propia identidad e intereses locales. Aprovechar, en síntesis, los saludables vínculos vecinales que nuestra región (y la aldea global), con relaciones horizontales, nos puede brindar.

Richard Salazar Medina es antropólogo, máster en Política Pública, docente de la Escuela de Diplomacia y Relaciones Internacionales de la Universidad Internacional del Ecuador (UIDE)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *