La unidad suramericana tiene capital y patrimonio propios

La unidad suramericana tiene capital y patrimonio propios

febrero 28, 2015
in Category: Perspectivas
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La unidad suramericana tiene capital y patrimonio propios

Las demandas de unidad como fenómeno de la modernidad, en su origen, no se remitieron a los espacios contiguos, a los bordes más cercanos, sino a toda Latinoamérica, incluyendo, por supuesto, a los países hermanos del Caribe. Los procesos independentistas en el siglo XIX tuvieron en la mira estos propósitos. Y no podía ser de otra manera. 1826 debe ser considerado como el año referencial para la unidad de América Latina. Fue el año de realización del Congreso de Panamá, en el que Simón Bolívar sentenció la urgencia de la unidad de los países que obtuvieron recién la independencia.

Recordemos que Bolívar, después de sufrir sus primeras derrotas en tierra continental, abatido y al punto del suicidio en Jamaica, recibió de Haití, primer país libre del subcontinente, hombres, provisiones, armas, naves y refuerzos que permitan retomar la lucha independentista y construir la Gran Colombia. Tuvo una condición: que alcanzada la independencia, sea abolida la esclavitud en todos los países.

Bolívar le habría comentado a San Martín: “Perdida Venezuela y la Nueva Granada, la isla de Haití me recibió con hospitalidad: el magnánimo presidente Alexander Petión me prestó su protección y bajo su auspicio formé una expedición de 300 hombres comparables en valor, patriotismo y virtud a los compañeros de Leonidas…”. Posteriormente, dejó expresa constancia de que solo la unidad de nuestros pueblos le hará frente al gigante del norte, pues “los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar la América de miseria en nombre de la libertad”.

En el sur, San Martín concibió la lucha por la libertad y la independencia como un proceso de unidad “de la América morena”, dejando inscrito como un eje indispensable del proceso independentista, la soberanía frente al invasor extranjero. Norberto Galasso, del Centro Cultural E.S Discépolo, rememora que fueron estos principios por los cuales contradijo a Sarmiento y retó a duelo a Rivadavia; pero también revela una intimidad del verdadero San Martín: tenía en su dormitorio un retrato de Bolívar, su amigo a quien le prodigaba afecto y admiración por haberse declarado “enemigo de toda aristocracia”.

Y más tarde, cuando los procesos de unidad latinoamericana se resquebrajaron definitivamente, resalta la figura gigante de personajes como José Martí, el héroe cubano que dejó claras las tareas pendientes de nuestros patriotas, pues “(…) lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta hoy: porque Bolívar tiene que hacer en América todavía”. Aun así, las élites criollas pronto prefirieron cuidar su estrecho patio interior, su pequeña parcela, creando países signados por la etiqueta neocolonial.

Pero cuando se nombran las cosas y estas adquieren el atributo de la existencia, hay que tener cuidado con su enunciación o mejor dicho, con su silencio. Durante el siglo XX prácticamente desaparece del diccionario político oficial de nuestros países, el término “unidad”, sustituyendo esta palabra por esta “integración”, tibio término que proviene de la lógica empresarial y que se remite –a veces de manera exclusiva- a ciertos acuerdos de comercio, regidos por los intereses supremos de sus representantes, las oligarquías locales. Es decir, las élites criollas estaban de acuerdo en buscar la integración de nuestros países –y lo siguen estando– siempre que obtengan mejores ingresos en sus cuentas personales.

Ese ha sido la prisma por la cual se han expuesto de manera refractaria los procesos de “integración” de América Latina en el siglo XX. No nos vamos a referir al tráfago de iniciativas de integración en las que se involucraron los países de América Latina, pero destacamos algunos de ellos, que a nuestro juicio sintetizan estos esfuerzos. Así nació el “Pacto Andino”, con la firma del Acuerdo de Cartagena en 1969, que luego se revistió de otros componentes que le dieron oxígeno a los esfuerzos de integración subregional, creando el Sistema Andino de Integración con una institucionalidad que en su momento fue prometedora (Comunidad Andina de Naciones), con el Tribunal Andino de Justicia, el Parlamento Andino y el Consejo Andino de Ministros de Relaciones Exteriores, que daban cuenta de un proceso de integración más allá de los temas estrictamente económicos.

Por lo demás, la temprana separación de Chile (1976), la suspensión de la membresía de Perú en 1992, la separación de Venezuela (2006), la firma de tratados de libre comercio de Colombia y Perú con Estados Unidos y Europa, su integración a la Alianza del Pacífico, así como la articulación de Bolivia y Ecuador al Mercosur, prevén un mayor debilitamiento del ente andino, cuya agonía se ha hecho visible desde hace años.

En Mesoamérica se realizaron esfuerzos de integración económica con la articulación de algunos países de América Central desde los años 50 del siglo XX, hasta la suscripción (1991) del Sistema de Integración Centroamericana (SICA), cuyos compromisos abarcan temas económicos, sociales y políticos, como la creación del Parlamento Centroamericano, Corte Centroamericana de Justicia, Comité Ejecutivo, Secretaría General, entre otros aspectos.

La paradoja es que se han profundizado las relaciones comerciales, no así las políticas, en un contexto en el que el crecimiento económico se produce con mayor desigualdad y pobreza. Se relieva que las relaciones con la Unión Europea se han fortalecido con la firma del Acuerdo de Asociación Estratégica el 2010, “siendo la única subregión que ha logrado finalizar esta negociación como bloque”, como ilustra Josette Altmann Borbón en su texto “Entre la unión y la desunión: alcances y limitaciones de la integración centroamericana“, 2011.

CELAC y la unidad política al sur del río Bravo

En febrero de 2010, nació la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), en el seno de la Cumbre de la Unidad celebrada en Rivera Maya, México. Un año después, diciembre 2011, se constituyó formalmente en la Cumbre de Caracas, donde nuestros países unificaron la Cumbre sobre Integración y Desarrollo y la Cumbre del Grupo de Río (de consulta y concertación política). Desde entonces se han realizado tres cumbres más: en Chile (enero 2013), en La Habana (enero 2014) y en Costa Rica (enero 2015). La próxima Cumbre se realizará en Ecuador el año que viene.

La CELAC surgió en un contexto político particular: la emergencia de un torrente de gobiernos de izquierdas, democráticamente electos y por tanto con amplia legitimidad para levantar voces comunes reclamando soberanía frente a Estados Unidos y posicionándose como alternativa frente a la Organización de Estados Americanos, OEA.

Este histórico acontecimiento fijó no solo un hecho contemporáneo como continuidad del sueño de Bolívar, San Martín, Martí y tantos héroes de nuestra América, sino un camino de futuro en sintonía con las problemáticas actuales de su población.

A más de las clásicas agendas de integración y desarrollo, se han incluido temas como la movilidad humana. Precisamente, la III Reunión sobre migraciones de la CELAC tuvo lugar en Azogues, Ecuador, bajo la conducción de María Landázuri, Viceministra de Movilidad Humana del Ecuador y copresidida por Adriana Solano Laclé, Coordinadora Adjunta de Costa Rica para la CELAC, en su calidad de Presidencia Pro Tempore de la Comunidad.

En la reunión se analizó en profundidad la migración de niñas, niños y adolescentes no acompañados y separados, fenómeno que ha traído consigo unas tragedias familiares innombrables de desapariciones, violencia y muerte. El grupo de trabajo reafirmó que esta realidad lacerante “constituye un problema prioritario para los estados miembros de la Comunidad y por tanto los derechos humanos de estas poblaciones desprotegidas deben ser resguardados, garantizando que prime el interés superior del niño, de acuerdo a lo establecido en la Convención sobre de los Derechos del Niño.

En este sentido, el presidente Obama dijo anteriormente que el fenómeno de los menores no acompañados es una emergencia humanitaria. Sin embargo, en una reunión con jefes de estado de Honduras, Guatemala y El Salvador, realizada en julio del año pasado, sus enunciados fueron decepcionantes, pues no tuvo otra propuesta que instar a que todos los países involucrados, incluido México, deberían “hacer más” para detener este flujo migratorio. “Somos una nación de inmigrantes, pero también somos una nación de leyes”, sentenció Obama en esa cita.

En contraste, los países miembros de la CELAC exigieron a Estados Unidos que sus autoridades migratorias privilegien la reunificación familiar y el bienestar de los niños, niñas y adolescentes migrantes, salvaguardando sus derechos y el cumplimiento de las obligaciones de los estados en esta materia. Pero al mismo tiempo –como un ejemplo para otras latitudes- asumieron la responsabilidad de que sus políticas de integración “deben estar fundamentadas en la protección consular, retorno y reunificación familiar, garantizando así los derechos de las personas migrantes y los compromisos internacionales asumidos por los países miembros de la Comunidad en este tema”.

En este sentido, la CELAC busca “la adopción de posiciones con enfoque regional que conlleven al desarrollo gradual de una estrategia de la Comunidad en migración, que establezca soluciones integrales o de largo alcance, teniendo presente que hay un vínculo indiscutible entra la migración y el desarrollo”, cuya meta sea participar activamente en los procesos de negociación de la agenda de desarrollo post 2015, para que los temas migratorios sean uno de los ejes de la nueva agenda de desarrollo de Naciones Unidas.

En suma, la integración y unidad de la CELAC se ha nutrido de iniciativas concretas que han empezado a ser colocadas en los foros internacionales con una marca común, poniendo en práctica algunos de sus objetivos y ejes políticos. Cierto es que hay un largo camino por recorrer en la profundización de la democracia, en el sentido que Roberto Bobbio da al término: un sistema de participación y representación que impone ciertas reglas de juego político a las que todos y todas debemos ajustarnos, en un contexto de libertad e igualdad, especialmente, los gobernantes.

En efecto, los objetivos trazados en la CELAC, referentes a la preservación de la democracia y de sus valores, la plena vigencia de todos los derechos humanos, el diálogo y la concertación política, la construcción de posiciones regionales en conferencias de alcance global, el crecimiento económico con equidad, justicia social y en armonía con la naturaleza, están en construcción y requerirán un abono y unos cuidados de jardinero, que ofrezcan certezas para mejorar la vida de su población, caso contrario no serán sino “palabras que se lleva el viento”.

Mercosur y Unasur, símbolos de unidad de nuestros pueblos

Cuando en la noche alzamos la mirada al cielo, en busca de una mejor orientación, nos alumbrará y guiará la Cruz del Sur, ese antiquísimo símbolo de nuestros pueblos ancestrales. Eso hacían en el pasado remoto. Ahora, otros símbolos se pretenden orientadores de nuestro destino: el Mercado Común del Sur (Mecosur) y la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).

Mercosur se creó en 1991 con la firma del Tratado de Asunción, aun cuando los historiadores encuentran antecedentes de integración subregional hacia 1915, cuando Argentina, Brasil y Chile suscriben el Acuerdo ABC, como una “alianza contra los poderes hegemónicos que intentaron aplicar sus políticas intervencionistas en América Latina” (Molnár y Becsei, 2013).

13Otro momento destacado de este proceso fue la firma del Acta de Foz de Iguazú en 1985, que se reconoce como el antecedente inmediato de la creación del Mercosur, según los mismos autores. Dicha acta fijó sus objetivos en la “eliminación de la rivalidad económica, política y militar entre los dos países, la apertura comercial recíproca gradual y equilibrada, el desarrollo industrial y tecnológico” y otros componentes que prefiguraron un futuro mercado común entre los países del Cono Sur.

Desde su creación, el proceso de integración del Mercosur ha transcurrido bajo tres hitos: el primero signado por las relaciones bilaterales entre Argentina y Brasil, germinales para la unidad; el segundo por la suma de Uruguay y Paraguay, bajo una hegemonía neoliberal; y el tercero por el ingreso de nuevos miembros desde una perspectiva política y social alternativa al neoliberalismo y marcada por representantes de la nueva izquierda latinoamericana: Lula, Kirchner, Vásquez y Lugo.

Con ciertos acentos, conforme la periodicidad vigente, los países miembros se comprometieron al Programa de Apertura Comercial, un Arancel Externo Común, la coordinación de política macroeconómica, el mercado común, una estructura institucional permanente, incluso la posibilidad de ajustes a la legislación nacional de sus miembros, para la inclusión de normas de la comunidad, como aquella relacionada a la migración dentro del bloque.

El Consenso de Buenos Aires, suscrito el 2003 por Kirchner y Lula, delineó los propósitos estratégicos de la comunidad: “Ratificamos nuestra profunda convicción de que el Mercosur no es solo un bloque comercial, sino que constituye un espacio catalizador de valores, tradiciones y futuro compartido. De tal modo, nuestros gobiernos se encuentran trabajando para fortalecerlo a través del perfeccionamiento de sus instituciones en los aspectos comerciales y políticos y de la incorporación de nuevos países”.

Más adelante, el Programa de Trabajo 2004 – 2006 precisó con mayor nitidez los nuevos enfoques, en comparación con la década anterior, descrito en los capítulos de dicho documento: Mercosur económico-comercial, Mercosur social, Mercosur institucional y nuevo programa de la integración. Estos vientos de unidad adquirieron una fisonomía específica con la incorporación de Venezuela en 2006, liderando Hugo Chávez la tendencia más radical de la política de integración y unidad.

Recordemos que la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), liderada por Chávez e integrada por Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Cuba, tuvo algunos alcances sobre todo en lo político, pero también unos límites de crecimiento objetivos, por lo que la integración de Venezuela al Mercosur se interpretó como de respaldo a un proceso más consistente de articulación y de unidad, sintetizado en cuatro variables: unión aduanera, zona de libre comercio efectiva, estabilidad macroeconómica y unidad política, puesto que el expreso objetivo de Mercosur es promover el libre comercio y la libre circulación de bienes, de los ciudadanos y de capitales entre los estados parte.

Los miembros plenos del Mercosur son en la actualidad Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela; pero además tiene como miembros asociados a Bolivia, Chile, Ecuador, Colombia y Perú. Además, México tiene el estatus de país observador.

Desde el punto de vista de la movilidad de las personas, el Mercosur creó un poderoso dispositivo legal: el Acuerdo sobre residencia para nacionales de los estados parte y estados asociados, mediante el cual se concede una residencia temporaria de hasta dos años o permanente, previa presentación del pasaporte y un certificado que acredite la carencia de antecedentes penales.

Como una continuidad del Mercosur, nace Unasur como otro espacio de unidad política de los estados que conforman América del Sur. Más allá de las críticas y de los escepticismos sobre la eficacia de esta nueva instancia de unidad regional, de cara a los asuntos que le conciernen a la gente, ha empezado a edificarse una agenda paso a paso, como se construyen las obras que se pretenden con cimientes duraderas.

El Secretario General de Unasur, Ernesto Samper, ha delineado algunas de las prioridades y una de ellas es la materia migratoria, bajo el concepto de la ciudadanía suramericana. Político de larga experiencia, el doctor Samper sabe que es indispensable contar no solo con dispositivos burocráticos, no solo con una sede regional (Quito) y una para el parlamento Suramericano (Cochabamba), sino con ideas de unidad que calen en la gente común, que ofrezcan soluciones a sus problemas reales y que superen la retórica inútil de otras instancias de integración.

Tal como señala en su Tratado Constitutivo, Unasur nace con el objetivo de “construir un espacio de integración en lo cultural, económico, social y político, respetando la realidad de cada nación”, siendo su desafío principal “eliminar la desigualdad socio económica, alcanzar la inclusión social, aumentar la participación ciudadana, fortalecer la democracia y reducir las asimetrías existentes, considerando la soberanía e independencia de los Estados”.

Pero construir esta unidad pasa porque se creen espacios reales de participación de la sociedad civil, la única que deberá reconocerse en una región que cuenta con capital simbólico propio. En tal sentido, en noviembre de 2012 dictó la resolución número 7, promoviendo la creación del Foro de Participación Ciudadana. Quienes hemos empezado a caminar en este sendero, sabemos con claridad que es la sociedad la que enriquece y le da contenidos auténticos a los procesos públicos, precisamente porque es la razón de ser de los gobiernos y de los estados, y no al revés. Vistas así las cosas, se presenta como una oportunidad la creación de varios de los consejos sectoriales, entre otros: Defensa, Salud, Electoral, Energético, Ciencia, Tecnología e Innovación, Cultura, Desarrollo Social, Economía y Finanzas, Educación, Seguridad ciudadana y Drogas, en cuyo seno se precisará siempre de ciudadanía y de participación, siendo estos los medios a través de los cuales los espacios ganados no podrán ser después colonizados por contenidos que no nos pertenecen.

14Además, nuestro capital se extiende por una geografía extraordinaria que también tendremos que reconocer. Somos 12 países con más de 400 millones de habitantes distribuidos en unos 13 millones de kilómetros cuadrados, con una diversidad lingüística enorme, especialmente de decenas de pueblos indígenas originarios, con una de las más grandes reservas de agua dulce, con la Orinoquía y la Amazonía, que constituyen patrimonio ambiental para toda la humanidad, pero sobre todo con unas sociedades que enriquecen la significación de la palabra humanidad.

Los patrimonios simbólicos del Sur

  • La unidad Suramericana no se forjará ni desde la academia ni desde los foros internacionales, sino desde las necesidades de la sociedad. Y para que esto ocurra, la población deberá sentir que estos esfuerzos le brindan beneficios concretos. ¿Cómo pensar distinto, si en un imaginario prometedor, los jóvenes encuentran grandes ventajas con un sistema educativo común? ¿Cómo no apreciar las ventajas para los trabajadores, si pudieran homologar su seguro social en cualquiera de los países miembros? ¿Acaso no nos alegrará profundamente que los ciudadanos de nuestros países tengamos una sola ciudadanía? Las preguntas se pueden multiplicar en todos los temas: política, economía, sociedad, cultura, en el pleno acceso a la justicia y en el respecto a los derechos humanos.
  • La unidad suramericana tiene futuro en la ciudadanía, en la sociedad, en los pueblos y sus organizaciones. La unidad de los Estados es un paso, un gran paso, pero insuficiente. Es hora de fijar en el horizonte la necesidad de que los pueblos dialoguen directamente y construyan su agenda de unidad. Por cierto, no es esta una tarea de los estados ni de las esferas de poder, cualquiera sea su orientación política, sino de la sociedad y de sus organizaciones. Tampoco se parte de un cero absoluto, pues solo por citar un ejemplo, los pueblos indígenas tienen un camino recorrido que debería consolidarse; los trabajadores construyeron procesos de unidad más allá de sus fronteras; la juventud y los estudiantes tienen un patrimonio histórico común desde los movimientos estudiantiles de la Reforma Universitaria de Córdova, hasta los redes sociales contemporáneas, pasando por la lucha de los estudiantes contra las dictaduras de todo tipo.
  • Así como Suramérica tiene una historia social rica en participación y en originales y pedagógicas maneras de mirar la sociedad, también fue escenario de oscuras épocas dictatoriales, de las cuales salimos con saldos trágicos que no queremos repetir. Por ello, la profundización de la democracia, de la libertad, de la justicia y los derechos humanos, son una tarea de largo aliento, que supera las coyunturas y los intereses particulares o de grupo, pues tal como sentencia Norberto Bobbio, “(…) si el fin de la política fuese de veras el poder, la política no serviría para nada”.
  • América del Sur ha sido fecunda en aportar propuestas originales para expresar una idea cargada de contenido: “otro mundo es posible”. Conceptos, experiencias, trabajos apostólicos y propuestas innovadoras en el más contemporáneo de los sentidos, surgieron en América del Sur: la pedagogía del oprimido, la educación-acción, la planificación participativa, los conceptos de comunidad, solo por citar unas pocas referencias de la historia reciente, quizá se condensaron en iniciativas políticas mayores como el Foro de Sao Paulo, creado en 1990 como un espacio de unidad política de más de 100 partidos y organizaciones de izquierda latinoamericanas, cuyo objetivo ha sido construir un modelo alternativo de desarrollo, la construcción de una nueva sociedad en contraposición a las políticas neoliberales y la recuperación de espacios de soberanía económica y política.
  • Somos un territorio donde nacieron personajes de referencia mundial, no por sus enormes fortunas, como en otras latitudes, sino por su riqueza humanitaria, su genio artístico y su sabiduría. Destaquemos al teólogo Frei Betto, ideólogo de la “teología de la liberación”, un patrimonio de Suramérica, para quien la sociedad del futuro más libre, más igualitaria, más solidaria, se define en una sola palabra: socialismo.

Marlo Brito

Comunicador e investigador de la temática intercultural

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