Hegemonía y jurisdicción sudamericana, un espacio siempre en disputa

Hegemonía y jurisdicción sudamericana, un espacio siempre en disputa

febrero 28, 2015
in Category: Perspectivas
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Hegemonía y jurisdicción sudamericana, un espacio siempre en disputa

Siempre me he preguntado qué ocasionó la muerte de Jaime Roldós Aguilera. Cuando vi la escena aquel 24 de mayo de 1982 en la película “La Muerte de Roldós” de Manolo Sarmiento y Lisandra Rivera, recordé el momento y el lugar donde estaba cuando anunciaron la muerte del Presidente y su esposa durante el encuentro entre Ecuador y Chile, por las eliminatorias al Mundial de Fútbol de México 86: estaba en la cama con mi padre, aburrido y viendo el partido. Sentí ganas de llorar aunque no sabía nada de política ni entendía lo que pasaba. Algo de esperanza y una profunda huella había forjado este hombre en toda una generación.

Un argumento fuerte en esta película, es que la muerte del joven presidente probablemente se debió a su denuncia en contra de las dictaduras del Cono Sur y Centroamérica, y por la política de que los derechos humanos estuvieran por sobre la soberanía de todos los estados –el punto de vista del libro de Jaime Galarza-.

Para aquella época, el Sistema Interamericano estaba aún en ciernes al interior de una Organización de Estados Americanos (OEA) que no superaba aún la Guerra Fría y era gobernada con mano dura por los Estados Unidos. Y aun cuando era claro que la Comisión Interamericana funcionaría como una especie de sala de admisión y fiscalía, y tendría su sede en Washington; y, que los Estados Unidos, Canadá y algunos países caribeños no aceptaban la jurisdicción contenciosa de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, parecería que aquello pudo haberle costado la vida a Roldós. ¿Qué sentido tenía esta postura política más allá de la coyuntura como para provocar el asesinato de un jefe de Estado?

Hoy, tenemos a la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) compitiendo con la OEA. Dentro de esta nueva organización se ha propuesto la creación de una Corte Sudamericana de Derechos Humanos y, al mismo tiempo, se ha criticado agriamente a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos; mientras que existe la idea de crear una Corte Penal Sudamericana para el juzgamiento regional de algunos delitos transnacionales (lo que llamaremos “doctrina Unasur”), en un contexto de emergencia de gobiernos progresistas en la Región (moderados: Brasil, y Paraguay; menos moderados: Argentina, Ecuador, Nicaragua, Salvador y Uruguay; y, radicales: Bolivia y Venezuela). A simple vista, estas propuestas son más radicales que las de la llamada “Doctrina Roldós”. ¿Qué sentido político tienen estas propuestas como para no quitarles el sueño a los inquilinos de la Casa Blanca hoy?

La idea central que manejaré para contestar esta pregunta será el vínculo entre hegemonía y contrahegemonía en las relaciones políticas en la Región en los dos momentos descritos: “la doctrina Roldós” durante la década de los ochenta, en el contexto del retorno a la democracia, la Guerra Fría y el bloqueo del modelo cubano; y, lo que vamos a llamar la “doctrina Unasur” en el actual contexto de los gobiernos progresistas en la Región y el debilitamiento de los organismos universales y regionales de derechos humanos.

El concepto de hegemonía lo podemos deducir de la lectura sistemática de las obras de Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, “¿Qué hacer?”, “Imperialismo, fase superior del Capitalismo” y “Estado y Socialismo”. Aquí, la hegemonía es igual al orden político establecido y al aparato estatal en manos de la clase burguesa. Sería un orden visible, pero del que no estábamos conscientes sino mediante la asunción de una consciencia de clase suficiente para adoptar el papel de dirigentes de un proceso revolucionario mediante la acción política con miras a tomarse el poder y construir la sociedad comunista. Y cuando el aparato estatal ya no fuere necesario simplemente caducaría. Aquello le daba vida material a la categoría de “alienación” que había desarrollado Marx a partir de Husserl, tanto en la “Crítica a la Filosofía del Derecho” de Hegel como en el primer capítulo del libro I de “El Capital”. Alienación era el fenómeno que aquejaba al ser humano para impedirle ver las cadenas que le oprimían –Husserl lo utilizaba para criticar a la religión, lo cual posiblemente inspiró a Nietzsche para su crítica al idealismo y propuesta del utilitario hombre moderno-.

7La hegemonía le daba al fenómeno de la alienación, advertido por Marx un carácter sistémico, colectivo e intencionado, pero sin quitarle su natural espontaneidad. Lo convertía en un aparato identificable y en acciones concretas para romper este orden, deviniendo esto en un programa político de liberación y transformación histórico-social liderado por el proletariado.

Podemos encontrar un antecedente más remoto en el pensamiento de Maquiavelo, particularmente en su obra “El Príncipe”, no es probable que Lenin y Marx lo hayan tomado como fuente directa. Allí, la hegemonía ocurre desde quien detenta el poder y el realismo político necesario para mantenerlo. La amistad indispensable con el pueblo, el control de la milicia y la apropiación de las destrezas para ganar el poder y destruir a los enemigos políticos constituyen un estatuto para delimitar la ética de la política. De acuerdo a esto, la política no es sino el conjunto de acciones para ganar y mantener el poder, distinto de la visión socialmente más popular del modelo aristotélico-tomista de considerar a la política como un instrumento para la felicidad y el bien común.

En realidad, el concepto acabado de hegemonía pertenece al genio de Gramsci, deducido de la revisión de los escritos de Lenin como de la interpretación de la obra de Maquiavelo –ver, por ejemplo, “Notas de Maquiavelo sobre la política y sobre el Estado moderno”-. “Hegemonía” así representa, además, un orden socialmente aceptado y que debe seducir al pueblo todo el tiempo desde el poder. Vale decir que no se impone necesariamente con la violencia directa, sino por la mansa aceptación de quienes no saben que lo sufren. Se construye mediante estructuras sociales que reproducen la ideología de dominación: el lenguaje, el sistema educativo, la religión, las leyes y las costumbres algo más amplio de lo que en Althusser se llamaría aparatos ideológicos del Estado-. Su aporte más importante fue que no era suficiente la adopción de determinadas estrategias políticas y un programa revolucionario para apropiarse de las relaciones económicas (estructura) por parte de las clases oprimidas, sino que era necesario, además, un proceso de formación de las masas populares a la par de la construcción de unas nuevas ideología y estructuras sociales -superestructuras- con relativa autonomía. Es decir, la hegemonía y la ideología) se convertían en un espacio siempre en disputa y de revolución continua por el cambio de la historia de los pueblos oprimidos. Hegemonía-ideología sería un aparato social que debe ser ganado, pero también mantenido para cimentar la sociedad comunista.

Al mismo tiempo, en los “Cuadernos de la Cárcel” de Gramsci –particularmente, en los ensayos “Oprimidos y Opresores” (1910) y “Socialismo y Cultura” (1916)-, la historia es parte de la hegemonía que es un todo dinámico y que hay que conquistar desde la perspectiva del dominado y conquistado. Toma la máxima de Sócrates rescatada por Solón: “conócete a ti mismo”. Y lo vuelve el deseo sicológico de reconocerse en una potencia política por liberarse y transformar la historia a su favor –ello va más allá de lo pensado por Hegel respecto del reconocimiento como motor de la historia-. Así, por ejemplo, el esclavo, la mujer discriminada, el indígena víctima del racismo originalmente acepta su condición de objeto o sujeto precario, y solo con la asunción de aceptarse como libre y sujeto pleno de derecho comienza su liberación y esa actitud de clase transforma la historia –una especie de la moral de esclavo de Nietzsche, pero no para liberarse de los prejuicios medievales, sino para cambiar la historia de los que sufren la opresión y construir un mundo igualitario-.

8Así, la hegemonía se convierte en un sistema de dominación colonial y de asimetría en la acumulación global de las riquezas en los países centrales y en perjuicio de los periféricos (Dussel y Laclau en la política de la liberación; Frank, Furtado, Theotonio Dos Santos, Ruy Marini, Previch, y Cardozo en la teoría de la dependencia; y, Boaventura De Sousa Santos y Emir Sader las relaciones de hegemonía – contrahegemonía en las relaciones entre lo global y lo local). De acuerdo a esto, la colonialidad sigue en todos los ordenamientos, estructuras y las formas de ser de nuestra gente, lo cual enmascara la violencia del conquistador y de su modelo de civilización, y dificulta las transformaciones sociales (Bolívar Echeverría); al tiempo que existe una dominación invisible y global que no solo es aceptada, sino que ha hecho carne en el consumismo y en la aparición de nuevos actores de dominación con poder global: las empresas transnacionales, las corporaciones ilegales y mafiosas (tráfico de drogas y personas, y grupos de venta de armas por ejemplo), y las coaliciones estatales de tipo económico o político (Santos).

De esta manera, la hegemonía se vuelve en un orden complejo que involucra a las estructuras institucionalizadas (Lenin), sociales profundas (Marx y Gramsci), coloniales persistentes (Dussel, Laclau y Echeverría), económico-globales (teóricos de la dependencia), y globalizadas-locales (Santos y Sader). Aparece como un orden acabado e irresistible, pero incompleto y derrotable.

Esto quiere decir que la hegemonía se oculta tras el velo de las instituciones que son visibles a los ciudadanos, y que, sin embargo, se mantiene en pie por varios órdenes estructurales que son totalmente invisibles al sentido común y que son las que generan la injusticia, la exclusión y la opresión social en beneficio de unas cuantas familias que expropiaron el poder y las relaciones económicas para sí.

Sin embargo, este orden puede ser resistido con formación política y acciones colectivas para la realización de un programa político de liberación y revolución, a pesar de la caída del socialismo real posterior a 1989. Nuevas coaliciones de organismos de sociedad civil, comunidades de base, sectores económicos progresistas y gobiernos que decididamente se den a la empresa de crear un nuevo orden político mundial y nuevos modelos de progreso social que eviten el extractivismo y la degradación de la naturaleza; y, que apunten a la protección holista del ser humano frente a las degeneraciones del capital internacional, son la esperanza de romper la hegemonía global. A esta acción política se ha llamado contrahegemonía, que representa la posibilidad de transformar la historia en favor de los pueblos oprimidos del mundo, y de la convicción de que “otro mundo es posible”.

Uno de estos procesos políticos es el iniciado con la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (1999), y que luego fue emulado por Ecuador (2008) y Bolivia (2009), y que tiene claras intenciones contrahegemónicas (Atilio Borón). A esta iniciativa se han vinculado Argentina, Brasil, Cuba, Nicaragua, Paraguay, Salvador y Uruguay. Y en un nivel más moderado Honduras y algunos estados caribeños. A la cabeza de estos estados, excepto Cuba, se instauraron gobiernos abiertamente de izquierda elegidos por vía democrática, por primera vez, en la historia de la Región. Sin embargo, estos procesos no provinieron de los clásicos partidos de izquierda de origen obrero, industrial o campesinos (excepto el caso de Brasil y el Partido de los Trabajadores que, sin embargo, tampoco provenía de los partidos tradicionales), sino de sectores vinculados a las organizaciones de sociedad civil, academia, guerrillas desmovilizadas, movimientos sociales (campesinos e indígenas) y grupos radicales relacionados a la Iglesia Católica (de la teología de la liberación, de trabajo de base y misioneros) o la milicia progresista (el caso de Venezuela). Tampoco estuvieron dirigidos por líderes tradicionales, sino por los que denominaron “outsiders” y que no tenían una larga carrera política –excepto, en Brasil con Lula Da Silva-.

Hugo Chávez fue el gran impulsor de una política de participación y organización política en todos los niveles, apropiación de las instituciones de control y financiero, profundización de la reforma agraria y distribución social de la riqueza mediante la propuesta del “Socialismo del Siglo XXI” (Dietrich). En la actualidad, posiblemente, además de Nicolás Maduro, luego de la muerte prematura de Chávez, solo Evo Morales en Bolivia mantiene su radicalidad, sumando a ello el fuerte componente indigenista de su gobierno.

La relación de este bloque de nuevas izquierdas con el imperialismo estadounidense no ha sido pacífica. Por citar algunos diferendos, José Mujica en Uruguay promovió una reforma en drogas que ha molestado hasta al más progresista de los políticos gringos; Fernando Lugo y Manuel Celaya fueron destituidos forzando mañosamente las instituciones políticas; Hugo Chávez y Nicolás Maduro han sido prontuariados y son víctimas de varias estrategias para derrocar su gobierno; Evo Morales, Cristina Fernández y Rafael Correa han tenido más de un altercado a nivel político y diplomático con el Imperio. En este contexto, nace Unasur como una propuesta política de organización regional sin los Estados Unidos de América. También, se creó el ALBA, la propuesta del Banco del Sur, CELAC y varios espacios de acuerdo económico y político a nivel regional e intercontinental. Hugo Chávez fue el gran ideólogo e impulsor de este proyecto contrahegemónico en la Región que se proponía, incluso, una moneda única manejada por el Banco del Sur y la conformación de unas Fuerzas Armadas sudamericanas.

Estas nuevas iniciativas regionales surgen aparejadas a la crisis de los sistemas universales y regionales de organización interestatal, por la crisis de los sistemas políticos y los estados actuales y la prepotencia de los Estados Unidos y sus aliados de desconocer las resoluciones del Consejo de Seguridad -originalmente hecho para dar el poder de veto a las potencias con armamento nuclear respecto de lo que decida la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas-, sobre la no invasión de Irak y Afganistán en la década de los noventa. Con estos antecedentes ocurren las propuestas de Corte Sudamericana de Justicia y Corte Penal Sudamericana (“doctrina Unasur”).

Pero volvamos al momento de la “doctrina Roldós”. El contexto estaba impregnado de optimismo ante la vuelta al régimen democrático en la Región, luego de los cruentos y sanguinarios regímenes militares en el Cono Sur y en Centroamérica. Ecuador era el primero en volver a la democracia formal dejando atrás a un grupo de militares progresistas, pero ineptos e incapaces, que eliminaron el medioevo institucional de nuestra joven república, o fundaron el esquema del nuevo sistema de privilegios que se mantiene hasta ahora. Ya había acabado la Guerra Fría formalmente, no obstante, aún se mantenía la política de seguridad en contra de la disidencia y la tardía guerrilla en Centroamérica, Colombia, Ecuador y Perú, y el bloqueo a todo nivel en contra de Cuba. La década de los ochenta fue de la socialdemocracia, y varios gobiernos estaban formados por presidentes de esta tendencia, quienes relajaron la relación de la Región con Cuba y la inusitada revolución nicaragüense.

Jaime Roldós era un socialdemócrata y lanzó la propuesta de imitar el modelo del exitoso Grupo Contadora de Centroamérica y dar impulso al Acuerdo de Cartagena para dar forma al sueño de Simón Bolívar. Y, al mismo tiempo, iniciar una negociación regional para no pagar la deuda externa que era, desde ese entonces, totalmente ilegítima.

A pesar de la crisis que ya se veía en el modelo soviético, nadie preveía que su colapso ocurriría más tarde en 1989, por lo cual representaba un peligro latente a pesar del conservadurismo en apoyar las revoluciones locales que se venía aplicando desde el régimen de Stalin.

9La OEA estaba en todo su apogeo como mecanismo de control político y la cooperación internacional era resistida por los gobiernos progresistas, cuestionándola frontalmente por primera vez, y se iniciaba una ola de nacionalización de los recursos naturales en toda la Región, tal como lo hiciera el fallecido Presidente de Chile, Salvador Allende. Sumado esto, Ecuador se volvió un lugar de refugio para los disidentes políticos de los países donde se aplicaba implacablemente el Plan Cóndor, el mismo que el presidente Roldós había criticado públicamente y se había negado a implementar en nuestro país. Surge en este contexto la denominada “doctrina Roldós”.

¿Qué pasa en ambos momentos políticos que hace que el orden hegemónico produzca distintos resultados?, ¿cuál es el carácter contrahegemónico de estas propuestas en los dos momentos? Para intentar contestar esta pregunta volvemos a Gramsci. Recordemos que para él, la “hegemonía” es un espacio en disputa, lo cual ocurre por dos razones. Primero, porque él vivía en la Italia de los años treinta donde no era posible una vía armada para tomarse el poder y fundar un estado socialista, lo cual le lleva a replantear las formas de acción política sugeridas por Marx, Engels y Lenin. Y, segundo, porque esto reafirmaba la posibilidad de disputarle el poder a la clase dominante aun cuando objetivamente, en el entendido de Lenin, no hubiera las condiciones revolucionarias –lucha de clases y proletariado organizado-, por lo cual se buscaba mantener una revolución permanente más acorde a la realidad de la Europa occidental en ese momento. Entender este concepto es determinante para poder analizar los dos momentos que nos hemos propuesto.

Así, durante “la doctrina Roldós” teníamos una hegemonía en disputa, a pesar del menor orden institucional en la OEA. El Imperio no tenía total control de la geopolítica del mundo y se enfrentaba en varios lugares del planeta, frontal o veladamente, a la poderosa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la cual si bien es cierto no apoyaba las guerrillas latinoamericanas, cada vez tenía más razones geopolíticas para la intervención (el petróleo y el canal alterno al de Panamá, por ejemplo. Y la crisis energética en Medio Oriente y el Cáucaso ruso).

Luego, la OEA tenía total control por el Imperio, pero la intervención en nuestros países la hacía directamente por medio de la CIA y la cooperación internacional, por lo que sus funciones estaban casi restringidas a ser un buzón de quejas y un depositario de las poses diplomáticas de los Estados. Su función y los instrumentos jurídicos regionales eran pura retórica y se limitaban a coordinar los esfuerzos luego de la segunda guerra y la promoción de la ideología, programas e instituciones del Imperio. Cuando nuestro malogrado Presidente lanza la idea de soberanía de los derechos humanos por sobre la de los estados del mundo, se abría el camino a una nueva forma de democracia basada en valores de consenso universal, que se podía convertir en una tribuna para los más débiles y en contra de los poderosos. Al mismo tiempo se podía transformar en una tribuna política para unificar a la región para defender intereses mutuos, por ejemplo, el pago de la deuda externa, el manejo de los recursos no renovables, y los regímenes políticos distintos al de mercado.

Este interés del Imperio, de sofocar las posibilidades organizativas de la región, se evidenciaron en la propuesta de los tratados de libre comercio que no buscaban la liberalización del mercado con los Estados Unidos de América y sus empresas, sino destruir los procesos políticos de integración regional, puesto que se decidió negociar en bloque, pero con condiciones distintas para cada país, decididas por el Imperio. Hoy la Comunidad Andina y Mercosur son tristes cementerios de nuestra esperanza política integracionista.

Finalmente, la “doctrina Roldós” permitió, a partir de la “Carta de Intención de Quito”, la implementación de lo que hoy conocemos como Sistema Interamericano de Derechos Humanos (SIDH). Posiblemente, se temía que este mecanismo pusiera en cuestión los regímenes militares que fueron serviles con los intereses geopolíticos de EEUU. Sin embargo, posteriormente se las arreglaron para que la jurisdicción de la Corte operara hacia el futuro, con lo cual se crearon leyes que en la transición a la democracia garantizaron la impunidad de los militares que asesinaron a miles de personas en Sudamérica. A estos cuerpos legales se les llamó “leyes de punto fijo”. Hasta el momento, aún con la organización de Comisiones de la Verdad y algunas resoluciones de la Corte Interamericana, no se ha podido garantizar totalmente el derecho a la verdad y la reparación integral de las víctimas. Muchos genocidas murieron en medio de honores y olvido como Augusto Pinochet, la familia Duvalier, Jorge Rafael Videla, y Leónidas Trujillo. Unos fueron abatidos como sucedió con Anastasio Somoza y otros se han integrado invisibles a las nuevas instituciones y al retiro familiar.

En este contexto de hegemonía en disputa, la muerte de Jaime Roldós, presidente a quien intentaron boicotear por acusarlo de comunista en la campaña de elección, posiblemente tardó demasiado.

Por otra parte, lo que llamaremos “doctrina Unasur” aparece en un contexto de hegemonía totalmente consolidada. Para entonces, la OEA se ha convertido en un mecanismo de control político que ha remplazado a la CIA y a la cooperación internacional en sus labores de intervención. Su institucionalidad ha engordado y sirve para alinear a la Región a los intereses del mercado global decidido en el famoso “Consenso de Washington” (1990), celebrado casi inmediatamente al fin de la amenaza comunista luego de la caída del Muro de Berlín. Como nunca, las reformas legales promercado y las empresas transnacionales se introdujeron en nuestros países durante dos décadas, interviniendo en nuestros procesos electorales y regímenes políticos, incluso procesos constituyentes (Brasil 1988, Colombia 1991, Perú 1993, Argentina, Bolivia, México y Paraguay 1994, y Ecuador 1996 y 1998), por vía sutilmente institucional (la cooperación internacional siguió operando con más sutileza) y no abiertamente mafiosa como había sucedido en las anteriores décadas.

Además, el SIDH no incluyó a los Estados Unidos de América. El pretexto fue el sistema federal, por lo cual en más de 60 años el considerado mejor modelo de democracia del mundo ha podido hacer 24 enmiendas hasta para garantizar el derecho de sus ciudadanos a portar armas, pero no para aceptar la jurisdicción universal de los Derechos Humanos. ¿Qué posibilidades tiene el SIDH de cuestionar y responsabilizar al Imperio y sus empresas de sus atropellos? Ninguna más allá de sentencias e informes que tienen un efecto moral y simbólico. No obstante, la OEA y el SIDH se han institucionalizado y la cultura institucionalista también. Aquello quiere decir que nuestros ciudadanos aceptan las instituciones como una realidad natural aun cuando no funcionen para solucionar sus problemas ni sean un escudo en contra de los poderosos a nivel interno y externo.

Nos encontramos ante aquello que Horkheimer y la Escuela de Francfort llamaron razón instrumental. No conocemos otra realidad que la que crean las instituciones, que son un resultado de la democracia procedimental, aquella que se limita a considerar a la democracia como un simple procedimiento por el cual periódicamente se eligen a las autoridades (Shumpeter). Lastimosamente, este modelo es parte de la hegemonía cultural de nuestros días. En América Latina, donde las instituciones camuflan el poder, esta realidad es radicalmente perniciosa, puesto que, al mismo tiempo, legitiman las estructuras coloniales y la economía precapitalista en nuestros países. No obstante, nada puede pensarse por fuera del establishment político, y todo aquello que opere así simplemente debe ser eliminado y puesto en la política de seguridad para el continente: los procesos políticos de las nuevas izquierdas y los gobiernos progresistas, los movimientos indígenas y campesinos, nuevas estructuras de organización laboral, movimientos ambientalistas y de defensa de derechos.

De esta manera, aparece Unasur como una propuesta institucional de los gobiernos progresistas de las nuevas izquierdas, que actúa ante dos vacíos en la Región, mezquinos pero realistas: a) falta de liderazgo regional y alternativo en contra del Imperio; y, b) la ineficacia de la OEA para evitar los golpes de Estado en la Región. Y como parte de esta iniciativa, se ha propuesto la creación de una Corte Sudamericana de Derechos Humanos y una Corte Penal Sudamericana.

10No obstante, esta propuesta se pierde dentro de la hegemonía consolidada, pues apunta a lo institucional y toda su parafernalia fetichista (modelos de gestión, planes operativos, ingenierías y reingenierías de sistemas, etc.). Carece de una visión política estructural respecto de aquella. Por esta razón, mantiene los mismos espacios institucionales ya existentes, no los desconoce, sino que los fortalece. Respecto del liderazgo alternativo y contrahegemónico los avances son modestos luego de que muriera Hugo Chávez y Lula Da Silva dejara de apostar por la Región, por lo cual Brasil está más ocupado de manejarse en el protocolo de comportamiento del club de los países desarrollados del que se siente parte. Y más modestos son en la medida que el contexto económico favorable para la Región ha cambiado repentinamente por la crisis del petróleo, el desgaste político de algunos procesos progresistas en nuestra América y la injerencia directa del Imperio en nuestros asuntos. Apenas ha logrado Unasur ser un mecanismo de alerta temprana para evitar golpes de Estado, es decir, lo que perfectamente pudo hacer la OEA con la creación de una comisión de observadores que actúe rápidamente y que no presente sus informes seis meses luego de las crisis ni acomode sus recomendaciones al nuevo régimen. Unasur ha estado presente en varias crisis con éxito –aunque no fue el único factor-. Por ejemplo, en el denominado 30-S del gobierno de Rafael Correa, en las movilizaciones que han querido desestabilizar a Cristina Fernández y en el conflicto político de Nicolás Maduro y la oposición en Venezuela.

Nada de estas propuestas molesta a EEUU. Si acaso está convencido, como lo está Francis Fukuyama, que no hay otra realidad que el mercado y la democracia liberal. Que la historia ha terminado como lo hubo pensado Hegel cuando ingresaban las tropas de Napoleón en Alemania, supuestamente, trayendo la razón y la civilización. Fukuyama ya lo previó en su libro “El Fin de la Historia”: en la transición surgirán gobiernos de un signo progresista y de oposición al mercado, y la democracia liberal, pero eso sólo será momentáneo, pues luego tendrán que fatalmente aceptar esta realidad eterna y esta historia de muerte por siempre.

Luego, si vemos la “doctrina Unasur” respecto de las posibilidades dentro de la hegemonía institucional de la Región, ¿qué pueden aportar a lo que ye existe dentro de ese hegemón? El SIDH está siendo debilitado aún por los países del bloque que podemos llamar “liberal”. Perú y México, por ejemplo, han sido muy críticos con su actuación y Chile ha obstaculizado la ejecución de las sentencias de la Corte Interamericana que afecten los intereses del Estado, tal como lo han hecho también los gobiernos progresistas de la nueva izquierda.

Sin embargo, nadie es capaz de salirse del sistema OEA –Venezuela lo ha hecho parcialmente, y Bolivia y Ecuador han amenazado en salirse- ni de boicotear su funcionamiento abiertamente. ¿Qué posibilidades tiene la propuesta Unasur en ese escenario de debilidad? Y ¿qué opciones distintas ofrece una nueva Corte Sudamericana de Derechos Humanos? Por su parte, a la creación de una Corte Penal Sudamericana le sucede lo mismo, pues le toca competir con la Corte Penal Internacional que, a pesar de sus fracasos, es fruto de un consenso más amplio. Sumado a esto, si esta Corte requiere atender el lavado de activos únicamente, reproduce el eje de dominación de la política de seguridad del Imperio y no nuestra propia agenda regional.

En definitiva, la “doctrina Unasur” no es una propuesta contrahegemónica, y más bien fortalece la hegemonía, de por sí, bastante consolidada en favor del mercado, la democracia liberal y el imperialismo del norte. Por supuesto, eso no quiere decir que no sea viable dentro de la institucionalidad de la hegemonía y que, incluso, sea beneficiosa para los fines de Unasur y de nuestros países; pero bajo ningún concepto puede ser una propuesta revolucionaria ni mucho menos contrahegónica. Seguramente, un indicador burdo y rupestre de esto es que no traerá consigo ninguna muerte. Finalmente, en contraste y un contexto de hegemonía en disputa, la “doctrina Roldós” resultó ser contrahegemónica. Posiblemente, en el actual contexto de hegemonía consolidada ya no lo fuera, y el presidente Roldós viviera. Y, al contrario, la “doctrina Unasur”, en la década de los ochenta, pudiera ser contrahegemónica y habría sembrado más de un muerto.

No obstante, la probabilidad de trocar la “doctrina Unasur” en el actual contexto está en la decisión política de los gobiernos progresistas de las nuevas izquierdas de salir de la OEA y apostar por Unasur. Y conformar las nuevas estructuras políticas para resistir al capitalismo global, al imperialismo y a los intereses de las transnacionales. Aquello significaría fijarse como horizonte inmediato un estado federal sudamericano con un mercado fuerte y con moneda única, fuerzas armadas poderosas y comprometidas, nuestras propias instituciones y sistemas políticos participativos y socialistas.

Significa, además, esparcir finalmente las cenizas de la Comunidad Andina y Mercosur y decidir por este estado federal sudamericano y socialista. Solo así podremos disputarle la hegemonía al Imperio y superar la colonialidad, y fundar una nueva civilización a nuestro favor.

¿Qué de esto es posible en la realidad actual? No lo sabremos nunca si no lo intentamos ahora. No tenemos nada que perder, solo las cadenas de la opresión. Más bien, tenemos todo un mundo que ganar y una historia que conquistar.

11La historia, en todo caso, seguirá su curso llena de unos muertos que importan, como la de Jaime Roldós y los cientos de mártires en las luchas históricas de nuestros pueblos, y otros que no y se pudren en su miseria. Las futuras generaciones tendremos la oportunidad de gobernarla en la búsqueda de un mundo distinto mediante acciones políticas gestadas con y por los más débiles: “Muchos dicen que el hombre ha conquistado todo lo que debía conseguir en la libertad y la civilización, y que ahora no le toca más que gozar el fruto de sus luchas. Yo creo que en cambio hay mucho por hacer: los hombres solo están barnizados de civilización, y en cuanto se les rasca aparece inmediatamente la piel de lobo. Los instintos se han amansado, pero no se han destruido, y el único derecho reconocido es del más fuerte”. (Gramsci, “Oprimidos y Opresores”; 1910).

Luis Ávila Linzán

Abogado constitucionalista y profesor de posgrado.

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