Las palabras construyen la realidad que aprendemos a diario

Las palabras construyen la realidad que aprendemos a diario

junio 11, 2015
in Category: Género
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Las palabras construyen la realidad que aprendemos a diario

No hay nada antes de las palabras, porque las palabras inventan la realidad y lo que existe adquiere conciencia porque es nombrado. Así, el pensamiento humano es lo que es porque ha sido dicho, se materializa en los lenguajes oral y escrito para tomar vida. Es pronunciado y escrito y nuestra humanidad se dota de conciencia: estamos claros de existir.

El lenguaje tiene su base en el alfabeto, la creación de las letras le otorgan una froma a lo que decimos, es la grafía de lo que hablamos, de ahí que Hobbes lo considerara un invento esencial de la humanidad: “Pero la más noble y provechosa invención de todas fue la del lenguaje, que se basa en nombres o apelaciones, y en las conexiones de ellos. Por medio de esos elementos los hombres registran sus pensamientos, los recuerdan cuando han pasado, y los enuncian uno a otro para mutua utilidad y conversación. Sin él no hubiera existido entre los hombres ni gobierno ni sociedad, ni contrato ni paz, ni más que lo existente entre leones, osos y lobos”. (Hobbes, en el Leviatán, acápite sobre el Lenguaje).

Interpretando a Hobbes, el poder del lenguaje está en nombrar y nombrar significa crear. De ahí que se pudiera entender, bajo el análisis que también hace la pensadora feminista, Alda Faccio, que lo que no se nombra no existe. Una idea similar cruza en los medios de comunicación que tienen la responsabilidad de informar: es muy común escuchar entre periodistas aquella frase sobre que “si no lo cuenta un medio, no existe”.

Y volviendo a Faccio: “A través del lenguaje se ve reflejado el modelo de sociedad existente en un determinado lugar y un período histórico”       (Feminismo, género y patriarcado).

¿Qué tipo de sociedades ha construido la humanidad a lo largo de su historia? Se puede considerar que es amplia y variada, no obstante, comparte características en común y una de ellas es el trato que reciben las personas consideradas de menor ralea. Estamos llenos de ejemplos: la esclavitud hacia los negros, la explotación inmisericorde a los indígenas, el desconocimiento de las mujeres como seres capaces de representarse a sí mismas… La lista de los maltratados por un sistema que ha reconocido al varón como el centro de la vida es larga, y aunque las sociedades están cambiando, con énfasis a partir del siglo XX, aún hay mucho por hacer y por entender.

Este aprender a nombrar las cosas, la vida misma, tiene sentido en las culturas. Y así como Alda Faccio señala que “el poder de nombrar -es decir, de crear y definir las palabras, de crear y definir las reglas gramaticales de un lenguaje determinado, de proporcionar a las cosas identidad, evocándolas y estableciéndolas como puntos de referencia o relacionándolas unas con otras- es el poder de conformar una cultura determinada, de establecer lo que existe y lo que no existe, lo que se considera natural y lo que no lo es, lo bueno y lo malo. El poder de la palabra es el poder de escoger los valores que guiarán a una determinada sociedad, pero más aun es el poder de crear una determinada realidad” (Feminismo, género y patriarcado).

21-16Entonces, las culturas nombran y construyen, pero hay más: no solo que describen el mundo, sino que lo moldean con el lenguaje. “Lo que cada individuo ve, interpreta y juzga depende, así, del universo simbólico en el que se ha formado y desde el cual establece un vínculo determinado con aquello que desde su sentido común es simplemente la realidad” (Cultura, política y discriminación, Roberto Gutiérrez).

La fuerza de nombrar es un acto político y un ejercicio de poder, y en la humanidad, el poder generalmente ha estado en las manos de los hombres que supieron construir un mundo que protegió sus intereses en los ámbitos público y privado. En ese nombrar, las mujeres hemos vivido dos condiciones: la discriminación y la ausencia. Vuelvo a Alda Faccio: “(…) en una cultura en la que el lenguaje no registra la existencia de un sujeto femenino podríamos concluir que no existen las mujeres o estas no son vista como sujetas de dicha cultura” (Feminismo, género y patriarcado).

El leguaje que nombra a las mujeres las ha colocado siempre en desventaja en la sociedad. Lo femenino es sinónimo de debilidad, de perdición y si se quiere de pecado. Siempre es simbólico retomar el clásico ejemplo de las definiciones que da la Real Academia de la Lengua Española (RAE) a lo femenino: hombre público: “el que tiene presencia e influjo en la vida social”; mujer pública: “prostituta”. Hombre de letras: “el que cultiva la literatura o las ciencias humanas”; mujer del arte: “prostituta”.

Y los femeninos se siguen deteriorando cuando se compara con los animales. Probablemente, el jurista Luis Ávila que escribe en esta revista, tiene razón al señalar que los humanos dominamos y degradamos a los animales para poder someterlos y comerlos, porque asignarles categorías como el raciocinio y los sentimientos, pudieran adquirir una condición humana que limite nuestro inconsciente disfrute de ellos. Esa degradación se evidencia, por ejemplo (pudieran existir otros), en el uso de sus nombres para las ofensas cotidianas. Llamar burro a un hombre equivale a decirle ignorante; borrego, un seguidor sin pensamiento; loro, un hablador sin límite; bicho, un hombre dañino.

Sin embargo, si ese lenguaje es utilizado con perspectiva femenina, las mujeres salimos mal paradas. Cuando se le dice zorro a un hombre se refiere a un hombre astuto, cuando se llama así a una mujer, la imagen que se proyecta es de una prostituta como lo indicia la propia RAE. Otro ejemplo: cuando a un hombre se le denomina perro, se entiende que es un mujeriego o don Juan, una condición que es reconocida como una cualidad masculina y si se quiere tomar la definición de la RAE es aún más generosa: “Hombre tenaz, firme y constante en alguna opinión o empresa”. En cambio, llamar perra a una mujer no significa otra cosa que prostituta.

Es posible ser más radical y plantear que los animales no humanos y las mujeres estamos en la misma categoría. Con el diccionario en la mano se prueba lo siguiente: hembra significa “animal del sexo femenino” y también “mujer”; mientras que macho significa exclusivamente “animal del sexo masculino”, no hombre.

El lenguaje es demasiado poderoso como para que se considere secundario. No es una apreciación antojadiza del feminismo, que por cierto, continua soportando la campaña machista y hasta misógina de ciertos grupos que no dejan de desacreditarlo. Han creado otra palabra: feminazi, para señalar supuestamente a las mujeres que quieren tratar a los hombres como los nazis trataron a los judíos, es decir, como seres humanos sin derechos y sin dignidad. Sin duda, se trata de un absurdo.

Es por ello que tiene mucho sentido la insistencia de los grupos feministas de renombrar las palabras. No se trata de una concesión sino de un acto de justicia, pues si nombrar significa crear, es posible que la modificación del lenguaje o incluso su total transformación sea una opción real para mejorar el mundo y ayudarlo a liberar de la discriminación.

Como dice Aldda Faccio, “el poder de la palabra es el poder de escoger los valores que guiarán a un determinada sociedad, pero más aun es el poder de crear determinada realidad”. Como las palabras crean, entonces es posible incidir en el cambio de la humanidad. A través del lenguaje hemos construido un ideario que ubica a hombres y mujeres como seres de distinta categoría, donde los primeros ejercen control sobre ellas. Y este lenguaje ha sido sacramentado en las leyes, por ello, otra crítica feminista es la visión preponderante del derecho donde lo relacionado al hombre es universal y a la mujer es particular.

Transformar estas inmensas estructuras discriminatorias es complejo, porque significa que unos deben ceder y renunciar a sus privilegios, para que otros podamos alcanzar una vida enmarcada en la justicia y en la igualdad de oportunidades. ¿Por dónde empezar? Por el lugar donde empieza la vida: la casa y luego la escuela. Es decir, la educación como la matriz de mucho de lo que somos, creemos, hacemos. Para reconciliación con lo humano, la humanidad a diario da muestras de que puede vivir de una manera justa, equitativa, igualitaria.

Amelia Ribadeneira periodista y docente universitaria

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