La sicosis del crimen o la cárcel como meta en una sociedad del castigo

La sicosis del crimen o la cárcel como meta en una sociedad del castigo

octubre 18, 2015
in Category: Perspectivas
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La sicosis del crimen o la cárcel como meta en una sociedad del castigo

¿Cuál es la política criminal del estado ecuatoriano? Para intentar una respuesta, conviene mirar el entorno, identificar las pilastras más sobresalientes, darnos cuenta de los volúmenes reales, de sus diseños y fundamentalmente de la materia de que están hechos.

Las palabras crean la realidad. De eso no hay duda. Y una palabra fuerte en el concepto de política criminal se llama “cárcel”. De un tiempo acá se nos ha hecho creer que esta institución es la única alternativa para solucionar los conflictos que se suscitan en el hogar, en la vecindad, en la vía pública, en las relaciones sociales, en las disputas políticas, en los desacuerdos comerciales y en un sinnúmero de actividades que la ciudadanía ni siquiera podría imaginar.

Poco a poco, sin que figure como un hecho notorio, nos hemos ido convirtiendo en una sociedad castigadora, represiva, en una “democracia disciplinaria”, que lamentablemente está acostumbrándose a mirar su seguridad desde la lógica de las rejas.  Sino, veamos el código penal vigente (COIP) y supongamos los infinitos caminos que se le ofrece a la población para ir a parar a la cárcel.

Intentemos algunos ejemplos:  las mujeres encontraron los medios expeditos para que los hombres paguen por su violencia en la cárcel; los curas y las beatas consideran fabuloso que las mujeres que abortan, así sea después de una violación, vayan a parar a la cárcel; las sociedades protectoras de animales están convencidas que la cárcel es el único destino para quienes traten mal a una mascota; los municipios tienen ahora la posibilidad de enviar a sus contribuyentes a la cárcel, por el abuso de irrespetar la “línea de fábrica” o construir una “mediagua” sin el permiso respectivo; un conductor tiene que ir a la cárcel por llevar en el balde de su camioneta a un par de “raidistas” o vecinos, aunque no exista otro medio de transporte para llegar a sus comunidades o barriadas; un consumidor de marihuana tiene que probar con su sangre su condición de tal, caso contrario le espera la cárcel por microtráfico; cuidado con insultar a su vecino y menos a una autoridad, porque corre el riesgo de podrirse en la cárcel; si se prueba el engaño a un comprador, una persona puede ir a la cárcel entre seis meses y un año; los bomberos y los ecologistas desean la cárcel para los supuestos autores de los incendios de verano; si alguien eleva su protesta contra la minería a gran escala o por la defensa del agua, podría ir varios años a la cárcel. En síntesis, por los cuatro puntos cardinales de lo penal, la opción de primera mano es la cárcel.

Los ejemplos llenarían fácilmente varias páginas y aún serían incompletos, porque se ha legislado con un imaginario falso: la cárcel como solución hegemónica a los conflictos que ocurren en una sociedad, la política criminal edificada con esta institución (la cárcel) como centralidad, cuyos símbolos visibles a kilómetros de distancia son precisamente las tres cárceles regionales.

29No obstante, para construir una política criminal se hace necesario algo más que unas rejas, unos sistemas carcelarios que en todo el mundo adolecen de mala reputación.  Una cárcel no es sino una escuela del delito, se dice en la sobremesa y su veracidad no se pone en cuestión.

Pues bien, una política criminal contemporánea no podría dejar de lado lo mejor del pensamiento humano, las más experimentadas lecciones de los expertos, los postulados de  maestros como Foucault y que “vigilar y castigar” no es ajeno a su universo interpretativo; que para su formulación hace falta estudiar las teorías postestructuralistas, que con algo de sofisticación se debe tomar como bandera la necesidad de “descolonizar el saber”, tal como han señalado con insistencia pensadores de la talla de Boaventura de Sousa Santos; que en la redacción de esa política criminal no puede ser extraño en su menú de citas el propio Zaffaroni, un crítico rotundo del encarcelamiento para delitos menores, porque “enseñarle a vivir en libertad a alguien encerrándolo es absurdo”, es más, “es un milagro que cuando salgan no reincidan”.

Por lo tanto, podríamos afirmar como primera hipótesis, que una política criminal lo suficientemente robusta está por construirse y su autoría tiene que ser colectiva, porque detrás de ella se prefigura el tipo de sociedad que queremos construir.

Un zoom a la realidad

En el Ecuador existen 68 lugares de detención, distribuidos en 20 provincias.  Con datos de mayo de 2015, se estima en 25 259 los privados de libertad, de los cuales un 6,09 por ciento (1538) son mujeres.

Los datos revelan un incremento constante del número de privados de libertad, si comparamos con períodos anteriores. Podríamos tomar como ejemplo tres hitos: el 2007, en el inicio del gobierno de la Revolución Ciudadana; el 2008, cuando se realiza el primer censo penitenciario; el 2009, luego del indulto presidencial a las “mulas” del narcotráfico, el 2014 y finalmente el 2015. La tendencia es notoriamente incremental.

Por ejemplo, si tomamos como referencia el inicio del gobierno, el 2007 se registraron 18 675 privados de libertad, de acuerdo a las fuentes de la Judicatura. Al año siguiente, se reduce drásticamente el número a 13 532 personas. Recordemos que en aquel entonces, el 60 por ciento de las personas detenidas carecían de sentencias y su reducción –que representó el 26 por ciento- supuso un acto de justicia, porque buena parte de ellos o fueron inocentes o superaron el tiempo legal de detención.

El año siguiente (2009) la tendencia continúa a la baja, llegando a 11 279 privados de libertad, lo que representa un 16 por ciento de reducción, siendo las hipótesis explicativas las mismas del período anterior, más el indulto a las “mulas” del narcotráfico, que fue adoptado por la Asamblea Constituyente de 2008.

Pero algo sucede a partir de entonces, como se puede observar en el gráfico: del 2009 al 2014 se incrementa el número de privados de libertad a más del doble, pasando de algo más de 11 mil  a 26 591 personas detenidas.

A partir del 10 de agosto de 2014, inicia un lento descenso hasta registrar en mayo de 2015 la cantidad de 25 259 personas privadas de libertad, lo que representa una disminución del 5 por ciento. En este caso en particular, es evidente que dicha reducción se debe a la aplicación del principio de favorabilidad en los delitos relacionados con droga, cuya legislación en el Código  Orgánico Integral Penal constituyó un hito a nivel nacional y en términos geopolíticos, una iniciativa respetable que proponía alternativas para descriminalizar el consumo, garantizar una proporcionalidad de las penas, así como establecer una tabla que identifique umbrales precisos para despenalizar o sancionar, según sea el caso.

Aquí encontramos algo más que un atisbo de política criminal, con unos horizontes bastante claros para los consumidores, para los delitos de narcotráfico, para la actuación de los miembros del sistema de justicia (jueces, fiscales y defensores públicos), y para la propia policía.

Sin embargo, se acaba de modificar esta tabla y se incrementaron las penas, con la aprobación de la nueva “Ley Orgánica de Prevención Integral de Drogas”. En el documento, aprobado por la Asamblea Nacional el 1 de septiembre del 2015, se dispuso una reforma al Código Orgánico Integral Penal (COIP) y un aumento de las penas por microtráfico.

Es decir, hemos vuelto a la lógica de combate al fenómeno complejo de las drogas a través del recurso penal, contraviniendo la historia, las experiencias de países vecinos y de la propia región, incluso desatendiendo los aprendizajes propios, pues parecería que la prisa en tomar medidas punitivas no nos dejó espacio para analizar en profundidad los datos.

En conclusión, una segunda hipótesis: se prevé que las últimas reformas penales provocarían un incremento aún mayor de personas privadas de libertad, sin que se avizore una disminución del consumo, sino al revés, un incremento del mismo.

¿Cómo salir del discurso de la cárcel?

30Es inevitable pensar la política criminal del Ecuador desde una perspectiva descolonizadora, que entre otros aspectos, supondrá atreverse a pensar con cabeza propia, a crear aún con el riesgo del hierro, pues la única manera de construir una nueva sociedad, es con la fuerza de lo nuevo, de la creación incesante, de la imaginación, desechando la copia, que generalmente siempre es mala o no suele dar los resultados deseados.

De estos temas hablamos cuando pretendemos incrementar las penas privativas de libertad, ya de por sí desproporcionadas y -como en los ejemplos anotados arriba-  absurdamente alejadas de nuestros contextos interculturales. ¿Por qué hasta el día de hoy, por ejemplo, no existe una campaña nacional de comunicación, de educación, de difusión sobre los temas fundamentales relacionados con las drogas? Tal como señala el Defensor Público General del Ecuador, Ernesto Pazmiño, ¿tendremos que conformarnos con unas charlas de la policía, de dudosa efectividad, en los colegios?

Por lo tanto, los ejemplos descritos anteriormente permiten concluir que es doblemente penoso que los representantes políticos de la sociedad encuentren una medida de populismo punitivo extremo para retirar rápidamente el conflicto de su campo de incumbencia, simplemente incrementando las penas para las mujeres pobres y los jóvenes consumidores de nuestro país.

De otro lado, lo más preocupante es que la sociedad en su conjunto haya sido atrapada bajo el mismo discurso, un relato facilista de escaso prestigio y de consecuencias nefastas. Hará falta crear una verdadera nomenclatura de la cárcel, y porqué no, una pedagogía de la prisión, para tener una idea cabal de hacia dónde se dirige la sociedad ecuatoriana, una altamente probable “sociedad carcelaria”, que prefiere resolver sus conflictos con un paradigma anticuado (medieval, dice el jurista Jorge Paladines), facilista, costoso y sobre todo absolutamente ineficaz.

¿Por qué ha logrado tal popularidad la idea de construir unas “fábricas de delincuentes”, como se conoce comúnmente a las cárceles? Porque ante el incremento de la delincuencia, cuyos factores socio-políticos han sido estudiados hasta el hartazgo, y que los sitúan en la injusticia como centralidad (paradoja de por medio), se tomó el camino fácil de la cárcel como paradigma de trasnoche que ha colonizado a toda la sociedad, con el peso aterrador de lo que constituye un paradigma medieval.

Siendo así, el modelo de justicia que propicia y pretende heredar el Estado actual, refundado apenas ayer, adolece de decrepitud acelerada, de un sorpresivo acartonamiento y de un atavismo vergonzoso en las formas y en los contenidos, en el pensamiento y en las acciones. No sería descabellado señalar que estamos viviendo un enorme retroceso en materia de justicia, más aún cuando se acaba de aprobar un incremento de penas para los delitos de drogas, con una ley de nombre larguísimo: “Ley orgánica de prevención integral del fenómeno socio económico de las drogas y de regulación y control del uso de sustancias catalogadas sujetas a fiscalización”.

¿Será verdad que en las actuales circunstancias la cárcel sirva como institución? Los conflictos humanos existirán mientras dure nuestra existencia y me temo que la cárcel también, pero estoy seguro que habremos evolucionado lo suficiente como para que sea recordada como última medida de solución de nuestros conflictos, como la vergonzosa acción punitiva de la sociedad, que fue incapaz de prevenir los delitos entonces y que debe mostrar la monstruosidad de la cárcel como el límite de nuestra crueldad, porque los mejores recursos humanos, técnicos y económicos se destinarán a la víctima.

Estoy seguro de que no será la cárcel recordada como la panacea, como la gran obra, porque no lo es, y que en el contraste figurarán otras opciones, más inteligentes, más edificantes, más humanitarias y más civilizatorias, porque tal como refiere Noam Chomsky, “el cuadro del mundo que se le presenta a la gente no tiene la más mínima relación con la realidad, ya que la verdad sobre cada asunto queda enterrada bajo montañas de mentiras”.

Marlo Brito

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