La atención a las mujeres siempre debe ser una prioridad para la justicia

La atención a las mujeres siempre debe ser una prioridad para la justicia

febrero 25, 2016
in Category: Género
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La atención a las mujeres siempre debe ser una prioridad para la justicia

Nuestra sociedad se ha construido con una lógica dual que ha incidido en las relaciones entre hombres y mujeres, marcada por una perversa jerarquía que le dio un privilegio de superioridad a lo masculino frente a lo femenino. En el (in)consciente de la sociedad fácilmente se asocia la razón, el poder, la objetividad, la racionalidad, lo activo a los hombres, mientras que para las mujeres queda la irracionalidad, la sensibilidad, la subjetividad, la sumisión y la pasividad.

Este imaginario se ha construido en desmedro de las mujeres, sin embargo, con los años, con las investigaciones, con la misma realidad queda demostrado que esta comprensión sobre es equivocada, lo lamentable, es que romper ese ideario es muy complejo porque está enraizado en la conciencia social.

En ese contexto, es preciso reconocer que el derecho también ha sido desarrollado con una visión hegemónicamente masculina, bajo la cual lo masculino es universal y lo femininoparticular y como muestra de ello, el derecho es entendido como racional y objetivo, dos características consideradas “propias” de los hombres.

Fueron entonces las luchas de las mujeres y la escandalosa represión ejercida desde el poder de los hombres, los elementos constitutivos para una profunda reflexión social que se tradujo en la preocupación de los estados, la academia y las organizaciones sociales y políticas para que ese desequilibrio sea revisado por el bien de todas las personas, y por justicia para las mujeres.

Nuestro país no fue ajeno a esta realidad y como en todas las sociedades se enraizó la violencia como un mecanismo de continuidad de este mal entendido derecho de superioridad. Las agrupaciones de mujeres, desde el activismo, desde la academia, desde la organización social y política, hicieron esfuerzos para que este tema sea considerado como un problema social que demanda atención integral. A partir de los años ochenta se difunden las primeras investigaciones que mostraban su gravedad, constituyéndose en un problema evidente de violación de los derechos humanos de las mujeres.

El estudio “La Violencia de Género en Contra de las Mujeres en el Ecuador”, realizado por el Consejo Nacional para la Igual de Género en el año 2011, en el capítulo de las relaciones familiares y violencia de género contra las mujeres, descubre la magnitud y constancia de este problema. Se evidencia que seis de cada 10 mujeres de 15 y más años (60,6%) declaran haber vivido una o más formas de violencia de género por parte de cualquier persona conocida o extraña, en varios escenarios en los que se desenvolvieron.

La forma de violencia más frecuente es la sicológica o emocional, pues 53,9% de las mujeres de más de 15 años la ha sufrido; le siguen la violencia física con el 38%; la sexual es proporcionalmente la tercera causa de violencia pues una de cada cuatro ecuatorianas han sido víctimas de alguna forma de este tipo de agresión 25,7%, y el 16,7% de las mujeres ha sufrido violencia patrimonial.

Al ser desvelado este episodio destructivo en contra de las mujeres y en razón de la necesidad de nuevas leyes que se apeguen a la Constitución del año 2008, se incluyeron procedimientos y capítulos normativos que previenen o al menos intentan atender de manera eficaz cualquier acto que lesione sicológica o físicamente a una mujer. La vigencia del Código Orgánico Integral Penal afianzó la atención que la Defensoría Pública ofrece a las víctimas, y con el fin de cumplir estas acciones emitió un instructivo para atender de manera eficiente su servicio.

Caso ejemplificador es la Unidad Judicial de Violencia contra la Mujer y la Familia de la Defensoría Pública, creada en la provincia de Pichincha, con ocho defensores asignados exclusivamente para atender a víctimas. Mensualmente se atiende un promedio de 130 usuarios de los cuales el 13% son hombres y 87% mujeres. A nivel provincial la Defensoría Pública, en el 2015, atendió 19 740 procesos por violencia intrafamiliar, siendo la gran mayoría requerimientos de patrocinio por parte de cada una de las personas atendidas.

La mujer que toma la decisión de emprender un proceso legal en contra de su agresor viene incluida con una carga emocional de culpa, es por eso que es repetitivo en nuestras usarías observar que en muchos casos son las mismas víctimas quienes terminan cancelando las multas impuestas al agresor, abriendo la brecha para que se repita reiteradamente el circulo de violencia en su vida. A pesar de que la justicia en la actualidad permite llevar de manera rápida una denuncia y su posterior tramitación con las medidas de protección necesarias para garantizar la no repetición de estos eventos, prima en las denunciantes el sentimiento de responsabilidad, el temor a quedarse “sola” y verse obligada a afrontar la manutención de sus hijos sin apoyo.

Este podría constituirse en uno de los elementos que mayormente tributa a lo que Leonor Walker denomina ciclo de la violencia que está compuesto por tres fases: la primera es de acumulación de la tensión en la que se acopian tensiones de presión sicológica, que las mujeres las califican como menores siendo fundamentalmente gritos, peleas pequeñas, insultos. Esta fase puede durar días, semanas, meses o años. El conviviente se enoja por cosas insignificantes, está cada vez más tenso, más celoso, más irritado, todo le molesta. La mujer procura calmar a su pareja, hacer lo que le complace, asume que lo que ella haga logrará detener o reducir la conducta agresiva, le atribuye la agresividad al estrés, inicia el proceso de autoculpabilización. La segunda fase tiene como característica la presencia de incidentes agudos dando paso a descargas incontenibles e incontrolables de tensiones acumuladas y se expresa a través de violencia física y puede durar hasta 24 horas dentro las cuales la mujer violentada sufre fuertes traumas físicos y sicológicos que la obligan a permanecer aislada y deprimida, sintiendo una absoluta soledad e impotencia.

15La tercera fase se denomina de arrepentimiento y comportamiento cariñoso por parte del hombre agresor. En esta fase se construye una suerte de reconciliación, el tiempo que se emplea en la relación es un tanto prolongada, pero existe el aprovechamiento del agresor de los patrones o normas de juzgamiento de la sociedad con respecto a las relaciones entre hombres y mujeres. “Ella ha aprendido, por medio de la socialización, que debe soportar para mantener el matrimonio unido. Que una mujer sola o divorciada puede ser mal vista, que los hijos e hijas necesitan un padre a la par, etc. Ella puede entonces desistir ante la presión del agresor y ante la presión que ejerce la sociedad en general. Aquí es donde las mujeres agredidas pueden quitar las denuncias que han interpuesto”. En esta etapa tiene como efecto el posible arrepentimiento de las denuncias presentadas y la búsqueda de desistir de los procesos presentados ante el sistema de justicia.

No tener el convencimiento para denunciar cualquier mecanismo de violencia en contra de las mujeres es vergonzoso para toda la sociedad, porque no hemos sido capaces de convivir con esta verdad. Se mal entiende que las cosas que resultan íntimas o atentan al pudor es preferible que nadie lo sepa “para que no me juzguen”. Es entonces cuando la institucionalidad debe actuar para prevenir y no solo reaccionar ante hechos consumados, atender como una acción más un escenario de violencia nos transforma en tolerantes con estos problemas y hace que la colectividad se vuelva más agresiva. Son estos múltiples elementos los que nos obligan a brindar una atención prioritaria en beneficio de las mujeres con el afán de erradicar esta pandemia y generar en las presentes y futuras generaciones la relación entre seres humanos sin violencia, equitativas, libres de discriminación y con la capacidad de coexistir armónicamente.  De lo que se trata es que nunca más exista ningún tipo de violencia en contra de la mujer o miembros de la familia.

Julio Ballesteros Vaca

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1 comment

  1. Rodrigo Manzano
    Reply

    Erradicar la violencia patrimonial, física y psicológica ha sido la meta y se esta cumpliendo.
    MITOS.
    Habitualmente se justifica y se trata de dar explicación a este tipo de violencia atendiendo a:

    Características personales del agresor (trastorno mental, adicciones), ·
    Características de la víctima (masoquismo, o la propia naturaleza de la mujer, que “lo busca, le provoca, es manipuladora…”),
    Circunstancias externas (estrés laboral, problemas económicos),
    Los celos (“crimen pasional”),
    La incapacidad del agresor para controlar sus impulsos, etc.
    Además existe la creencia generalizada de que estas víctimas y sus agresores son parejas mal avenidas (“siempre estaban peleando y discutiendo”), de bajo nivel sociocultural y económico, inmigrantes… Es decir, diferentes a “nosotros”, por lo que “estamos a salvo”.
    Aquellos hombres que son alcohólicos y maltratan a sus mujeres, sin embargo no tienen, en su gran mayoría, problemas o peleas con otros hombres, con su jefe o su casero. El estrés laboral o de cualquier tipo afecta realmente a mucha gente, hombres y mujeres, y no todos se vuelven violentos con su pareja.

    En el fondo, estas justificaciones buscan reducir la responsabilidad y la culpa del agresor, además del compromiso que debería asumir toda la sociedad para prevenir y luchar contra este problema.
    Ventajosamente tenemos primero los mecanismos para erradicar este mal y hay también la voluntad de los operadores de justicia que están aplicando la ley como debe ser.

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