Un análisis para comprender la seguridad ciudadana en el Ecuador

Un análisis para comprender la seguridad ciudadana en el Ecuador

febrero 25, 2016
in Category: Perspectivas
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Un análisis para comprender la seguridad ciudadana en el Ecuador

Introducción

Uno de los fenómenos que estremece al mundo actual es la violencia. Ella está omnipresente en la vida cotidiana; se halla en todos los espacios y dimensiones (política, económica, social, religiosa y cultural). De allí su ubicuidad.

Entre las múltiples formas de violencia, se destacan la violencia delictiva o criminal y la violencia social. La primera, gracias a su carácter mutante y camaleónico, ha logrado penetrar espacios y niveles públicos y privados, al punto de desafiar la imaginación y ficción, y convertirse en un verdadero fantasma que acecha la vida cotidiana.

La violencia social es de carácter multicausal, afecta la convivencia cotidiana a través de los conflictos sociales, económicos y culturales al punto de volverse un fenómeno, hasta cierto punto, legítimo, normal, lo que explicaría en buena medida su naturalización.

Las características destacadas vuelven complejo y difícil el conocimiento de la etiología de la violencia delictiva o criminal y, por tanto, las formas de enfrentarla y combatirla.

La violencia delictiva o criminal penetra ámbitos y espacios antes impensados. Esta característica es objeto de morbo, ficción e imaginación, que se expresa particularmente en el mundo de la producción literaria, fílmica y mediática. La violencia delictiva ocupa un lugar privilegiado en las estadísticas oficiales, además, se ha constituido en el indicador estrella –tasa de seguridad– que pretende medir el grado de seguridad que vive un país.

Medir la violencia a través de la tasa de seguridad es, sin duda, un mecanismo conceptual que además de disfrazar y deformar la realidad que vive un país, es muy rentable políticamente cuando se afirma que una tasa baja implica mayor seguridad y tranquilidad para la ciudadanía.

Este artículo pretende cuestionar el reduccionismo del concepto de seguridad al ámbito delictivo-criminal, al utilizar como indicador estrella de la seguridad del país la tasa de seguridad. Cuestionar el uso eventual, desordenado e inconsistente de variables que impiden realizar comparaciones entre años, lo que favorece un manejo coyuntural y político. Y, finalmente, fundamentar la necesidad de redireccionar la investigación en el ámbito de la seguridad, que permita comprender este fenómeno y cómo está afectando a la población y al país, en especial, respecto de las posibles causas y factores explicativos tanto del decrecimiento estadístico de la violencia criminal como el crecimiento de la violencia social. La exposición del tema se ha estructurado en tres partes: conceptual sobre violencia social y violencia delictivo-criminal; información oficial sobre homicidios causados por “convivencia social” o por “motivación”, y reflexiones finales.

Algunos problemas teóricos, ideológicos y políticos inmersos en una definición amplia de violencia

Hablar de violencia supone referirse a algo cuyo sentido es ambiguo. El término violencia tiene muchas connotaciones, de allí la imposibilidad de lograr consensos conceptuales que permitan operar con una sola significación. Esta dificultad se complejiza aún más cuando se trata de fenómenos atribuibles a la violencia social, en razón, principalmente, de su invisibilidad y normalización. Por ello, resulta complejo y difícil conocer la etiología de la violencia y, en consecuencia, las formas de enfrentarla y combatirla.

El punto de partida para analizar el concepto de violencia, apunta Ignacio Martín Baró (2003), debe situarse en el reconocimiento de su complejidad. No solo hay múltiples formas de violencia, cualitativamente diferentes, sino que los mismos hechos tienen diversos niveles de significación y múltiples efectos históricos. Además, el carácter polimorfo de la violencia en el que se incluyen perspectivas ideológicas políticas, dificulta una definición consensuada. Por ello, la búsqueda de consensos en las definiciones de violencia es un imperativo.

Las características de la violencia delictiva contemporánea, en especial su carácter mutante y multicausal, entorpece su conocimiento y explica, en buena medida, la vertiginosa obsolescencia conceptual y, por cierto, jurídica de la seguridad ciudadana. La visión reduccionista de la violencia la restringe, por una parte, a hechos delictivos y, por otra, a un asunto de poder o a comportamientos patológicos. Este enfoque conduce a excluir la violencia social.

Hablar de la violencia implica siempre el riesgo de referirse a algo cuyo alcance es ambiguo y plural. El término ‘violencia’ tiene muchas connotaciones y en su definición intervienen juicios morales y situacionales.

La violencia se encuentra omnipresente: en la vida cotidiana, en el hogar, en el sistema escolar, en las religiones, en el sistema político, económico, judicial, policial, y en la calle. En otros términos, la violencia, al ser ubicua, está presente en un mismo tiempo, en todas partes y no tiene límites.

Breve aproximación conceptual a las violencias

Una breve revisión de la vasta literatura sobre el término violencia propuesta por las diferentes disciplinas, enfoques y paradigmas lleva a la conclusión de que no existe una definición clara y globalizadora. Esto, entre otras razones, justifica una aproximación conceptual ejemplificativa sobre este término.

Según el Diccionario de la Real Academia Española (RAE, 2014), la palabra ‘violencia’, etimológicamente, viene del latín violentia. Precisa cuatro acepciones: 1) cualidad de violento; 2) acción y efecto de violencia; 3) acción violenta o contra el natural modo de proceder; y, 4) acción de violar a una persona. Mientras tanto, para ‘violento’, la RAE formula siete acepciones: 1) dicho de una persona que actúa con ímpetu y fuerza y se deja llevar de la ira; 2) propio de la persona violenta; 3) que implica una fuerza o intensidad extraordinarias; 4) que implica el uso de la fuerza física o moral; 5) que está fuera de su natural estado, situación o modo; 6) dicho del sentido o interpretación que se da a lo dicho o escrito: falso, torcido, fuera de lo natural; y, 7) dicho de una situación embarazosa (Tomo II: 2247).

La Enciclopedia de la Política (en línea), de Rodrigo Borja, más que caracterizar a la violencia intenta identificar su origen. Desde su criterio, la violencia se localiza en el mismo ser humano: es el único sujeto violento entre todos los seres vivos. Capaz de destruir a seres de su propia especie, el individuo ha dedicado buena parte de sus inventos y creaciones a producir armas para destruir. (Aunque en su Enciclopedia, Borja se refiere al ser humano como un “ser esencialmente agresivo”, los ejemplos y el desarrollo del contenido permiten pensar que para el autor la agresividad y la violencia son sinónimos).

Paradójicamente, asegura Borja, el ser humano suele calificar a otras especies animales como “bestiales”, cuando entre ellas no se encuentran evidencias de tanta crueldad como la que él ha ejercido históricamente. “El ser humano es, de todos los seres que pisan la tierra, el más bárbaro y desalmado en sus odios y venganzas, en sus emulaciones y rivalidades, en sus ansias de poder y riqueza” (Borja, s/f, www.enciclopediadelapolitica.org).

En el Diccionario de Política de Bobbio y Matteucci y Pasquino (1997), se entiende la violencia como “la intervención contra otro individuo o grupo (o también contra sí mismo). Para que haya violencia es necesario que la intervención física sea voluntaria […] el automovilista implicado en un accidente vial no ejerce la violencia contra las personas que quedan heridas, pero sí ejerce la violencia el que embiste intencionalmente a una persona odiada. Además, la intervención física en que consiste la violencia tiene por objeto destruir, dañar, coartar. Es violenta la intervención del torturador que mutila a su víctima, pero no lo es la intervención operatoria del cirujano que trata de salvarle la vida […] De ordinario la violencia se ejerce por tanto contra la voluntad del que la sufre: aunque hay notorias excepciones, como el suicidio o los actos de violencia provocados por la víctima con fines propagandísticos o de otro (pág. 1627)”.

Fernando Carrión (2009:14-15) afirma que la violencia debería comprenderse “[…] como una condición social que tiene múltiples actores directos e indirectos, que es cambiante en la historia y en el espacio y, por tanto, no existe un antes ni un después de un evento, es decir un continuo, sino un objeto (la violencia) construido socialmente en un lugar y en un momento particulares (espacio-tiempo)”.

Como se puede apreciar, el concepto de violencia es construido sobre la base de determinadas perspectivas teóricas, e incluso intereses.

Presupuestos de la violencia

Martin Baró (2003:81,82) identifica tres presupuestos (o tipos) de violencia. Según el primero, la violencia presenta múltiples formas y, entre ellas, pueden evidenciarse diferencias importantes. Se trata de un conjunto cambiante de conductas y actitudes, no de un esquema comportamental permanente y bien definido: una es la violencia estructural exigida por todo ordenamiento social, y otra muy distinta es la violencia interpersonal, que puede materializar la estructural o expresar un carácter más autónomo; una es la violencia educativa por la que los padres y maestros obligan al niño a realizar determinadas actividades o ejercicios; y otra, la violencia personal, cuando alguien “hace violencia” para cumplir con su obligación o para superar su repugnancia frente a una determinada área.

El segundo presupuesto consiste en que la violencia tiene un carácter histórico y, por consiguiente, es imposible entenderla fuera del contexto social en el que se produce. La necesaria vinculación entre violencia y justificación obliga a examinar el acto de violencia en el marco de los intereses y valores concretos que caracterizan a cada sociedad o a cada grupo social, en un momento determinado de su historia.

“Al remitir la violencia a cada contexto social histórico, se descarta la posibilidad de aceptar un enfoque epidérmico, formalista que no pondera el significado concreto de cada acto de violencia con respecto a la totalidad social, particularmente por los efectos que produce. Uno de los planteamientos más falaces es el de condenar la violencia ‘venga de donde venga’, haciendo tabla rasa de su génesis, significación y consecuencias […] una cosa es el soldado muerto en enfrentamiento con fuerzas insurgentes y otra muy distinta, el sindicalista sacado de su casa, torturado y asesinado por cuerpos policiales adictos a un régimen (Baró, 2003:81)”.

El último supuesto se refiere a la llamada espiral de la violencia: “Es un hecho continuamente verificado que los actos de violencia social tienen un peso autónomo que los dinamiza y los multiplica. La agresión desencadena un proceso que, una vez puesto en marcha, tiende a incrementarse sin que para detenerlo baste con conocer sus raíces originales (Baró, 2003:82)”.

10Características relevantes de la violencia

Es un producto social que se aprende. Estudios e investigaciones muestran que la violencia es el resultado de factores aprendidos en la familia, en la escuela, en el medio social y cultural. Es un producto que altera el equilibrio natural de la agresividad, que se halla condicionada por múltiples factores: individuales, sociales, estructurales.

Desconoce al otro como igual. Implica la renuncia a la representación del otro como igual, lo que supone considerar al otro como un inferior en dignidad y derechos, por el que ejerce la violencia. Todos los tipos de violencia tienen en común el que las personas que son víctimas de ella sufren un ataque en cualquiera de los niveles que este se expresa. Es el resultado de una interacción social en la que determinadas personas o cosas resultan dañadas de manera intencionada, o sobre las cuales recae la amenaza creíble de padecer quebranto, inmediata o mediatamente. Pueden resultar afectadas físicamente, en su identidad personal, en sus creencias o en sus posibilidades materiales. Pero, en todos los casos, las víctimas de la violencia no desean la violencia y al recibirla soportan un grave perjuicio.

Supone la relación entre actores activos y pasivos. La violencia es una relación social de conflicto que vincula por lo menos a un par de oponentes, actores, individuos o colectivos, pasivos o activos, en la relación. La violencia es equivalente a desigualdad social u otros condicionamientos sistémicos que impiden el pleno desarrollo de la vida individual, como pretenden los teóricos de la llamada violencia estructural.

En el lenguaje común se usa en forma indiscriminada. El uso indiscriminado del término violencia, que se expresa en múltiples intervenciones, coloca dentro de una misma categoría relaciones de poder de carácter estructural, coyuntural, así como aquellas de índole patológica. La palabra violencia está inmersa en una amplia área de significados en el lenguaje común. Está presente en las relaciones de coerción y manipulación, en donde quien ejerce el poder obliga a otro, abierta u ocultamente, a adoptar una conducta desagradable y, por lo mismo, ejerce violencia, en cierto modo, sobre su voluntad.

Es plural. Existen varias violencias, tienen historia y son históricas. Cada violencia posee características específicas y, por tanto, formas diversas de ser tratada. Se trata de un fenómeno complejo, que cambia según los grupos sociales, el momento histórico (tiempo) y el lugar (espacio), es decir, es un objeto histórico, en el sentido de ser una construcción social que tiene un lugar y un lapso específicos (Carrión, 2009).

Se transforma aceleradamente. La capacidad de mutación y de variación de las violencias complejiza su comprensión, puesto que no solo aparecen nuevas violencias, sino que las actuales se transforman e incrementan. Se observa la aparición de una violencia moderna, que supera y coexiste con la violencia tradicional. Esta última es la expresión de un hecho cultural (asimetría familiar) o de una estrategia de supervivencia de ciertos sectores empobrecidos de la población; mientras que la violencia moderna tiene una predisposición explícita para cometer un acto violento, lo cual le lleva a construir una organización explícita (división del trabajo), contar con amplios recursos, con un manejo con criterio empresarial, con la presencia de tecnología avanzada, con la aparición de nuevos actores, con la transnacionalización de sus acciones y con la infiltración al sistema sociopolítico. Es esta violencia la que se expande con fuerza desde mediados de la década de los ochenta y genera, a su vez, el incremento del conjunto de los hechos delictivos (Carrión, 2009:11).

No es lo mismo violencia y delincuencia

Definir la violencia social y diferenciarla de la violencia criminal o delincuencial es una tarea no solo compleja, sino oscura y sinuosa. ¿En qué momento la violencia social pasa a ser violencia criminal? ¿En qué se diferencian las protestas callejeras que reclaman el cumplimiento de uno o varios derechos, de los homicidios por conflictos interpersonales, sea por venganzas, por problemas pasionales o por violencia intrafamiliar? Todos ellos son actos de violencia, pero no por ello constituyen violencia criminal; tampoco pueden limitarse a clasificaciones patológicas.

Las violencias, afirma Máximo Sozzo (2008), se originan básicamente en relaciones sociales particulares, en contextos de una compleja construcción social y política. A pesar de ello, la inseguridad ciudadana es asociada e, incluso, reducida a la violencia delictiva o criminal. Este último enfoque deforma y entorpece la complejidad y extensión de la violencia y, consecuentemente, la eficiencia de las políticas. Los planes se reducen a combatir la violencia criminal, y excluyen la intervención de la seguridad ciudadana, medidas y acciones de prevención de la violencia social; de allí, la necesidad de analizar, replantear y ampliar la comprensión de la (in)seguridad.

11Violencia social

La violencia social, al igual que la violencia delictiva, está presente en la cotidianidad, pero se diferencia básicamente por su carácter todavía privado, lo que explica, en parte, el mínimo porcentaje de denuncias; hecho que demuestran las estadísticas públicas y privadas. La violencia social (violencia intrafamiliar, acoso escolar, bullying, violencia sexual, homicidios por riñas y venganza y criminalización de la protesta social), supera estadísticamente el porcentaje de homicidios causados por la delincuencia. No obstante, a pesar de registrar mayor magnitud que la violencia delictiva o criminal, la violencia social no es parte del concepto de seguridad ciudadana ni de los planes y políticas en este ámbito.

La violencia social rara vez puede encontrar una sola explicación. Es un fenómeno multicausal, que no solo afecta la convivencia y la vida cotidiana, sino que representa ingentes pérdidas de vidas y económicas. En América Latina, a inicios del siglo XXI, la violencia social causó tantos hombres muertos, mujeres viudas y niños huérfanos, como los provocados por las guerras que se viven en otros lados del planeta.

La violencia social expresa conflictos sociales y económicos. No tiene un campo privilegiado de acción en las zonas rurales, sino en las ciudades y, sobre todo, en las zonas pobres, segregadas y excluidas de las grandes ciudades.

La violencia social, que ha permeado las relaciones y las instituciones a todo nivel, ha llegado a formar parte de la cotidianidad. Por eso, es posible hablar de la naturalización de la violencia social, al punto de volverse un fenómeno normal. El abuso del alcohol y de las drogas, y sus efectos en la ocurrencia de actos violentos se ha convertido en parte de la historia diaria.

La violencia social, en algunos casos, es circunstancial; en otros, en cambio, es estructural, es decir, la propia organización de la sociedad permite que ciertos grupos vivan en condiciones de inferioridad y estén obligados a aceptar alguna forma de violencia. En este sentido, es fundamental indagar la relación entre la violencia callejera y la violencia pasional, que sirve para expresar un furor colectivo o individual; las causas y efectos de la agresión discursiva degradante; la violencia familiar y de género; el abuso y el acoso en un medio escolar.

Quienes detentan el poder pueden volverse fácilmente insensibles a los efectos de la violencia social y referirse a otras personas de modo deshumanizado, pero también la sociedad puede llegar a aceptar comportamientos violentos como algo natural, legítimo y pertinente en la vida cotidiana. Frases como “la letra con sangre entra”, “una buena paliza a tiempo evita problemas” o “aquí hace falta una mano dura” reflejan la aceptación de la violencia como medio normal para “curar” la violencia (Corsi, 2003: 30).

Cuando las acciones violentas predominan, se genera un efecto muy similar al de la tolerancia a la droga que ocurre en las adicciones: se requieren dosis cada vez mayores de violencia para producir algún efecto. Este proceso de acostumbramiento social da lugar a que solo los actos más escalofriantes logren conmover a la opinión pública.

En el caso de la violencia de pareja, una de las explicaciones más habituales del agresor es: “yo trataba de que ella entendiera cómo son las cosas realmente”. Entender quiere decir, en este caso, aceptar incondicionalmente los postulados o “las formas de percibir una cuestión” (Corsi, 2003: 60, 69 y 70).

Cuando se trata de actos violentos en contra de niñas y niños, es muy común que la persona adulta subraye ideas como estas: “eres muy chico, por eso no entiendes nada; el que sabe soy yo; tienes que aceptar lo que yo digo, simplemente porque soy tu padre”.

El encubrimiento de la violencia ocurre con mayor frecuencia en organizaciones en las que los superiores ocultan actos violentos de miembros del grupo, con la finalidad de mantener el prestigio de la institución. Ello sucede en el caso de la violencia escolar y, en particular, del acoso escolar o bullying.

Violencia delictiva o criminal

La gran mayoría de expresiones de violencia criminal se encuentran contempladas en la legislación penal. Es más, en las últimas décadas, el desarrollo de la tecnología ha exigido incorporar nuevas formas de delincuencia: delitos bursátiles, delitos relacionados con el uso fraudulento de tarjetas de crédito, a través de la informática, delitos contra la propiedad intelectual o contra los consumidores, que revelan la acelerada adaptación de la delincuencia a los avances tecnológicos. No obstante, determinados delitos, como los “de cuello blanco”, no están tipificados dentro de la legislación penal, a pesar de representar una de las formas más graves de violencia institucionalizada o estructural, con mayor afectación y cobertura. ( Para ilustrar los efectos de este tipo de violencia, se podría volver a los fines de la década de los noventa, cuando el feriado bancario, que se prolongó por cinco días, supuso pérdidas económicas superiores a los 8 mil millones de dólares, y múltiples pérdidas sociales).

13Violencia delictiva medida por la tasa de inseguridad

El concepto de seguridad ciudadana -relación del número de homicidios por 100 mil habitantes-, excluye los homicidios causados por “convivencia social”. Es necesario destacar que la violencia delictiva, medida por la tasa de inseguridad, se ha constituido en un mecanismo no solo estadístico sino político, que le permite al gobierno afirmar que el descenso de la tasa es igual a mayor seguridad. En ese sentido, el gobierno nacional proclama que, en la medida en la que disminuye la tasa de segundad, el país se vuelve más seguro.

Dicha afirmación pretende sustentarse a través del descenso de la tasa de homicidios que en 1989 fue de 11,20 homicidios; crece a 15,25 en 1996; a 18,74 en 2009, año a partir del cual la tasa desciende bruscamente para ubicarse en 6,2 homicidios por cien mil, en el 2015. Esta tasa, asegura la información oficial, ubicaría al Ecuador detrás de Chile (4,6 por cada 100 habitantes) y Cuba (5 por cada 100.000), y delante de Costa Rica (8,5 por cada 100.000). Por tanto, se afirma que Ecuador está entre los países más seguros de América Latina.

Una visión conceptualmente reduccionista pretende limitar la violencia, por una parte, a hechos delictivos y, por otra, a un asunto de poder. En consecuencia, la respuesta apunta a enfrentarla a través de la ley y la resolución de conflictos, sean interpersonales, familiares, sociales o políticos. El reduccionismo conceptual respecto del contenido y alcance de seguridad ciudadana es, en buena medida, políticamente funcional a los gobiernos.

Homicidios causados por “convivencia social” o por “motivación”

Los homicidios producidos por la violencia generada en la convivencia diaria ponen en duda la afirmación formulada por las autoridades gubernamentales acerca de la seguridad en el país. La idea cae por su propio peso.

Revisemos la información que sobre homicidios causados por la violencia social presentan fuentes oficiales como el Observatorio Metropolitano de Seguridad Ciudadana (OMSC), a escala local, y el Centro de Análisis de Seguridad Integral, del Ministerio de Coordinación de la Seguridad.

Según el Décimo quinto Informe de Seguridad Ciudadana 2010 del OSMC, en la parte correspondiente a “móvil/causa de homicidios” 2008-2010, se señala que los homicidios causados por venganza alcanzan un porcentaje de 27%, y 20% a riñas. Si se suman estos móviles o causas de homicidios, se advierte que el 47% de los homicidios producidos en el Distrito Metropolitano de Quito corresponden a riñas y venganzas. Sobre la base de esta información, es posible interpretar que solamente los homicidios causados por riñas y venganza no fueron producidos necesariamente por delincuentes, sino por ciudadanos dentro de la convivencia cotidiana. Si a estas causas se agregan los homicidios causados por violencia familiar, violencia sexual y problema pasional, es posible concluir que los homicidios por convivencia son mucho más numerosos que los homicidios producidos por la delincuencia (OSMC, págs. 21 y 136).

El Informe presentado por el Centro Ecuatoriano de Análisis de Seguridad Integral (CEASI), sobre Estadísticas de Seguridad Integral de enero 2014, dentro de la categoría “Homicidios según motivación”, registra porcentajes elevados de homicidios por venganzas (34,9%) y por riñas (13,1%). La suma de estos dos porcentajes muestra que el 48% de homicidios son causados por estas dos categorías. Si a estos porcentajes se agregan: problema interpersonal (9,3%), problema pasional (4,7%), violencia intrafamiliar (4,0%), y violencia sexual (0,8%), los homicidios según motivación ascenderían a 66,8%; porcentaje verdaderamente alarmante (CEASI, 2014:32).

El Informe del Ministerio Coordinador de Seguridad sobre Información de Seguridad Integral, 2016, presenta el gráfico 3, donde se representan los porcentajes sobre presunta motivación del homicidio y asesinatos 2015. El gráfico incluye seis variables: violencia común (48,25%), comunitaria (39,32), intrafamiliar (10,68%), trasnacional (0,92), sexual (0,51%) y sicopatologías (0,31%). A continuación, suma los porcentajes de violencia comunitaria, intrafamiliar y sexual. Ello le arroja un porcentaje equivalente a 51,51% de los homicidios que “son producto de la violencia social, mientras que el 49,18% es producto de la delincuencia nacional y trasnacional […], esta información nos permite comprender que la violencia no solo es delictual, sino que también es de carácter social” (2016: pág. 24).

En las conclusiones del Informe CEASI, se subraya la necesidad de trabajar el tema de la “violencia social la misma que está legitimada e instalada en nuestra sociedad y que no es una patología, sino el resultado de la interacción social específica del conflicto; tiene una lógica explícita, pero además es plural e histórica” (2016: 59).

Para la Fiscalía General del Estado, reducir el diagnóstico de la inseguridad implica que “un número limitado de indicadores delictuales, imposibilita la comprensión de la violencia en el marco de los intercambios y relaciones sociales. Este es un enfoque discriminatorio que tiene la intencionalidad de mejorar la atención del conjunto prestando mayor interés a aquellos que aparentemente más requieren, que en la práctica conduce a la implementación de políticas situacionales y ambientales, este enfoque limita la posibilidad de actuar sobre conflictos sociales, culturales y económicos que son menos evidentes en la configuración de las violencias (FGE, Delitoscopio, 2014:52)”.

Reflexiones finales

A partir de los informes de seguridad tanto local como nacional presentados, es posible formular algunos comentarios de carácter teórico y metodológico. En primer lugar, el hecho de reducir la seguridad ciudadana a una sola variable o indicador (la tasa de homicidios por 100 mil habitantes) presenta una imagen de la seguridad ciudadana, por decir lo menos, deformada, incompleta y rudimentaria. Sin embargo, es rentable políticamente, pues permite al gobernante sostener, sobre la base de esta estadística, que el Ecuador es uno de los países más seguros de la Región. Esta imagen contrasta con la violencia social cotidiana expresada al interior de la familia como la violencia intrafamiliar, la del sistema escolar (acoso escolar o bullying), el número de homicidios por riñas y venganzas, y la criminalización de la protesta social. Presenta una realidad distinta de la situación de violencia en el país, cuya sociedad experimenta profundos problemas de violencia cotidiana, expresados en los ámbitos delictivos-criminales, como de violencia social presente, además, en los comportamientos gubernamentales represivos que se escudan en la legislación penal, como sucede con la criminalización de la protesta social. La inconsistencia conceptual y operativa de medir la seguridad y la violencia únicamente a partir de la variable homicidios delictivos, con exclusión de la violencia social, y restringirse a la violencia delictiva, obliga a debatir, repensar y definir un nuevo marco teórico y metodológico sobre el contenido y alcance de los términos violencia y seguridad ciudadana.

El direccionamiento hacia la investigación de las posibles causas y factores explicativos del decrecimiento real y estadístico de la violencia criminal, deja de lado, invisibiliza el aumento de la violencia social en el ámbito privado y público y la no denuncia, situación que favorece indudablemente la impunidad en la que permanecen estos hechos.

Lautaro Ojeda Segovia

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