Cómplices y encubridores del acoso escolar, una situación crítica

Cómplices y encubridores del acoso escolar, una situación crítica

abril 5, 2016
in Category: Perspectivas
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Cómplices y encubridores del acoso escolar, una situación crítica

La violencia en la escuela es probablemente uno de los problemas más arraigados en nuestra sociedad. Se trata de un fenómeno que afecta a buena parte de los actores de la comunidad educativa, especialmente, a la población estudiantil, sin embargo y paradójicamente, es aceptado como una forma “normal” de convivencia.

No es una exageración afirmar que el acoso escolar, contemporáneamente conocido como bullying, constituye un verdadero flagelo en el desarrollo de niñas, niños y adolescentes, a pesar de ello, la permanencia y consecuencias de este fenómeno no ha sido objeto de preocupación y peor aún de interés por parte de la academia, las organizaciones defensoras de los derechos de niños y niñas, adolescentes y jóvenes y, por cierto, por las autoridades gubernamentales. Este desinterés evidencia la normalización de la violencia entre pares en la escuela e, incluso, que este fenómeno sea considerado una característica inherente a la institución (ODNA, 2012:196).

El bullying  es un anglicismo derivado de bully: “valentón”, “matón” traducido al español como acoso escolar, maltrato entre iguales o amenaza y hostigamiento. Dan Olweus define “el acoso escolar como una acción negativa que puede realizarse a través del contacto físico, palabras, comportamiento no verbal (gestos, caras), y por la exclusión intencional de un grupo”.

Es un tipo de violencia escolar, que estudia conductas agresivas y dañinas efectuadas repetidamente por un estudiante o un grupo de ellos, contra otro (http://www.uc.cl/medicina/medicinafamiliar/html/articulos/140.html). Asimismo, Alternativa Joven de Extremadura coincide con esta definición, puntualizando que este tipo de situaciones de acoso y victimización a los que está expuesto un estudiante son por un largo período.

El concepto de bullying surge como universal para referirse a todo tipo de agresión escolar. Pero cabe aclarar que es solo parte de una realidad mucho más amplia que es la violencia escolar. Esto se evidencia cuando ciertas manifestaciones del bullying son pasadas por simples bromas o jueguitos entre estudiantes. A menudo se escucha decir, desde ciertos establecimientos, que en ellos no existen casos de bullying, y es justamente porque a partir del malentendido sobre los conceptos -intimidación y hostigamiento- se lo ha naturalizado, lo que impide que sea visualizado en su real dimensión.

El pediatra chileno, Alberto Trautmann, afirma que el tema del bullying en muchos centros educativos, es tratado desde una actitud indolente y sin mayor compromiso: “se ha considerado un proceso normal dentro de una cultura del silencio que ayuda a su perpetuación”.

13Precariedad del conocimiento científico sobre del acoso escolar bullying

Es necesario reconocer que durante largo tiempo el acoso escolar no ha sido objeto de investigación científica y por tanto de una legislación y políticas nacionales y locales que, con los debidos recursos, enfrenten este fenómeno. No son más de 45 años que en Europa se desarrollan estudios, inicialmente descriptivos y posteriormente explicativos; estudios que además de profundizar el conocimiento del acoso escolar, abren un campo de investigación que ha servido de base para el conocimiento de este fenómeno en América Latina.

Tres académicos suecos contribuyeron a visibilizar esta problemática. El médico Peter-Paul Heinemann fue el primero en describir esta conducta agresiva a partir de sus propias observaciones en patios de recreo. Poco después, Dan Olweus, sicólogo y profesor, publicó su reconocido estudio sobre bullying entre los varones preadolescentes suecos. Y el sicólogo Anatol Pikas centró sus reflexiones alrededor de cómo detener el bullying.

Dan Olweus, en la década de los 70, decidió estudiar ciertas manifestaciones de agresión escolar entre pares, en Suecia. En 1983, tras el suicidio de dos estudiantes (en una misma semana) en Noruega, varios países europeos empezaron a preocuparse por el tema y realizaron investigaciones sistemáticas para la detección y prevención. Por ejemplo, en Inglaterra se instauraron tribunales escolares (bullycoufls) para tratar situaciones de bullying (2004).

En América Latina, los estudios y programas estatales empezaron hace aproximadamente una década en México, Argentina, Brasil y Chile. El interés por el tema, en el resto de países de la región, es todavía incipiente, lo que permite entender la precariedad o inexistencia de programas o proyectos para afrontarlo (Ronald, 2010).

Desde las primeras aproximaciones conceptuales al fenómeno, que algunos autores le denominan “maltrato entre pares”, hace referencia al “establecimiento y mantenimiento de relaciones de poder entre sujetos que conviven en contextos compartidos del entorno escolar, durante espacios de tiempo prolongados, en las que se establecen dinámicas de dominación y sumisión, que desembocan en agresiones de quienes ejercen el poder en forma abusiva hacia quienes son sometidos, al papel de blancos o víctimas de esos abusos” (Avilés Martínez y otros, 2011: 59, citado por Poggi 2015:106).

Entre las definiciones aceptadas actualmente se establecen los siguientes criterios: 1) la existencia de diferencia de poder entre víctima y agresor que deberá entenderse como el uso deshonesto, prepotente y oportunista del poder sobre el otro sin legitimación alguna (Ortega Ruiz, 2006 citado por Poggi, 2015:109); 2) la frecuencia y duración de la situación de maltrato, con una frecuencia mínima; 3) la intencionalidad y el carácter proactivo de la agresión; y, 4) la pretensión de crear daño (Olweus, 2006, citado por Poggi, 2015:109).

El acoso escolar-bullying como parte de la cultura cotidiana.

Hasta hace unas pocas décadas el acoso escolar fue y en cierta medida continúa siendo concebido como un comportamiento social que forma parte de la cultura cotidiana, que generalmente se manifiesta como un modo de diversión o entretenimiento entre los adolescentes o como una forma de intercambio agresivo de palabras, generalmente, despojado del abuso de la fuerza (Shephard, Ordoñez y Rodríguez 2014). Esta “normalización”, por tanto, no requiere ser combatida.

La ausencia de conocimiento de la etiología y factores que gravitan en el abuso escolar explican, en parte, un conjunto de creencias erróneas del profesorado y autoridades escolares, de la familia y posibles consecuencias. Creencias como aquellas que niegan este fenómeno al afirmar “que se trata de un asunto de niños” o de “chiquilladas”, que “siempre han ocurrido estas cosas”, “que los niños(as) no son santos, que se meten frecuentemente en peleas” por temas o problemas muchas veces intrascendentes. En este contexto es todavía frecuente que numerosas familias transfieran algunas de las responsabilidades que les son propias, a la escuela, sobre todo, en cuanto a la formación en valores para sus hijos.

14Características del acoso escolar –bullying-

El acoso escolar, según Olweus, presenta tres características básicas: a) causa daño a través del maltrato físico, emocional, sexual o por la exclusión social; b) conducta que se ejecuta en forma repetida a través del tiempo; y, c) evidencia un desequilibrio de poder. No es un comportamiento puntual ni una respuesta esporádica, sino una secuencia de acciones reiteradas entre los protagonistas, agresores y la víctima, cuya relación persiste en el tiempo y desarrolla una dinámica en el grupo. Tampoco se trata de un ataque simple ni de una pelea, sino de un modelo de relación desigual entre quienes deberían establecer una relación equitativa.

Es importante agregar a las características señaladas que en el acoso escolar rige la “ley del silencio”, en la que participa el acosador (bully), la víctima y otros alumnos como espectadores de los episodios agresivos. Este tipo de violencia puede expresarse de manera explícita, directa o encubierta. Dentro de la primera se encuentran formas físicas, como patadas, empujones, tirones de pelo, y formas verbales como insultos, burlas, amenazas. Entre modalidades encubiertas se describen las de carácter físico, que consiste en romper u ocultar elementos o robar materiales, y las de orden verbal que incluyen poner apodos, hacer correr rumores y promover el aislamiento de la víctimas (Díaz-Aguado Jalón,2005c, citado por Poggi, 2015:109).

Uno de los problemas que presenta el fenómeno del bullying es su carácter multicausal y plural, lo que implica que existen varios factores tanto internos como externos: contexto social, desigualdad, exclusión social, medios de comunicación, modelo educativo familias, clima escolar y las relaciones interpersonales predominantes entre estudiantes y entre estos con los profesores y las características individuales de cada miembro de la comunidad escolar (Sacavino, 2012:27).

El acoso escolar se desarrolla en un círculo altamente complejo y mutante, dependiendo del contexto y del papel que desempeña cada actor vinculado sea víctima o victimario de la violencia. Así, si la violencia física era, en una época, una forma recurrente de trato de los docentes a sus estudiantes, en la actualidad se advierte otras formas veladas, mucho menos visibles de ejercer la violencia, especialmente en el ámbito sicológico, pero con severos efectos en el desarrollo de los niños(as) sujetos de acoso.

Generalmente, el bullying es protegido o encubierto por la institucionalidad escolar: los superiores ocultan actos violentos de miembros del grupo, con la finalidad de mantener el prestigio de la institución. Entre las principales consecuencias para la víctima se encuentran el bajo rendimiento académico, pérdida del año, deserción escolar, trastornos sicosomáticos, estrés postraumático, lesiones físicas, -caldo de cultivo para conductas delictivas posteriores e incluso suicidio-. Quizá lo más grave y complejo para la víctima consista en transmitir el mensaje de responsabilizar la sobre los actos violentos de los que fue objeto.

Para los familiares puede ser motivo de profundización de conflictos, pero también de justificación o legitimación de la violencia en el sentido de que con la violencia es posible resolver el problema, conseguir el control sobre otros bajo la consigna de expresiones como “no te dejes, si te pegan, pégale”. Probablemente, en el fondo se trata de un problema de sobreprotección de los padres.

Para el agresor también existen consecuencias como la expulsión del colegio, los conflictos familiares, el desarrollo de conductas delictivas, nulidad autocrítica, crueldad, problemas con la ley, entre otros.

15Estudios sobre el acoso escolar-bullying en Ecuador

Defensa de Niñas y Niños Internacional (DNI) y el Instituto Nacional del Niño y Familia, en 2008, realizaron una encuesta que abarcó a 980 niños, niñas y jóvenes de instituciones educativas de Quito. Los resultados de dicha encuesta encontraron que un 32 por ciento de los niños había sido golpeado e insultado “a veces” por sus compañeros.

El estudio elaborado por el Observatorio Social del Ecuador, Plan Internacional, World Vision, Care y Save the Children (Observatorio Social del Ecuador, 2016) afirma que, en 2015, cuatro de cada 10 niños y adolescentes recibieron un trato violento por parte de sus padres, como golpes, baños de agua fría, insultos, burlas y otras formas, como dejarlos sin comer y sacarlos de la casa.

El informe agrega que los más afectados son los niños y niñas de entre 5 y 12 años, pues casi el 50 por ciento fue agredido física y sicológicamente, y que la mayor prevalencia de la violencia en el hogar se registra en la zona rural (42 por ciento), mientras en la urbana es del 36 por ciento.

Entre las conclusiones se destaca que el 26 por ciento ha recibido trato violento de sus profesores ante el cometimiento de una falta o no cumplimiento de los deberes. Estos datos hacen un llamado a poner la mirada, no solo en el hogar, sino también en el acoso escolar.

En el 2009, la Facultad de Sicología de la Universidad de Cuenca emprendió una investigación sobre la violencia escolar entre pares que contempló dos fases: la primera, de carácter básicamente empírica a través de una encuesta realizada en 77 escuelas de Cuenca. Y, la segunda, un operativo  de campo orientado a indagar soluciones alternativas de prevención y atención de la violencia escolar.

El estudio evidencia que el bullying “se manifiesta en mayor porcentaje en los niños y niñas de 7 años (11 casos que equivalen al 16,9 por ciento) y de 6 años (4 casos que equivalen al 12,5 por ciento) y que disminuye en edades superiores”.  En este sentido, el informe comenta que contribuye a “destruir el mito sobre el acoso, que hace referencia al hostigamiento mayormente en los años superiores” (Estudio sobre acoso escolar, Facultad de Psicología, 2014:21).

Los ámbitos y espacios en los que ocurre el abuso escolar son “en el aula, cuando no se encuentra presente el docente (38 por ciento) y en el patio (25,8 por ciento). En cuanto a los tipos de acoso, el 47,3 por ciento molestan con apodos, 9,2 por ciento manifiestan que la manera de molestar a los compañeros es haciendo daño físico y 29 por ciento expresa que la manera de molestar es rechazando al compañero”. Se precisa, además, que “la agresión  verbal directa (poner apodos) se incrementa en relación al desarrollo evolutivo del niño(a): así tenemos que de 6 a 8 años el poner apodos se presenta en un 30,8 por ciento, incrementándose a los 9 y 10 años con un 50 por ciento y, finalmente a los 11 y 12 años se manifiesta en un 60 por ciento” (Shephard, Ordoñez y Rodríguez, 2014:23- 26).

El apodo es la forma de acoso que más se presenta y no existe mayor diferencia por sexo. En cuanto al clima de clase, en el que el profesor es el principal actor, su personalidad, conocimientos, normas que propone y su forma de interactuar son variables que estructuran el ambiente del aula.

Comparados los resultados desde la perspectiva institucional con estudios realizados en otros países, encuentra que está en niveles inferiores. Destaca también que “las normas y reglas en las escuelas son ambiguas, lo que genera confusión en los padres de familia y alumnos; que los profesores, compañeros de aula, padres y madres de familia, así como las autoridades del ámbito escolar, en la mayoría de los casos otorgan el poder al agresor y descalifican la identidad y el rol de la víctima” (Shephard, Ordoñez y Rodríguez, 2014:26).

Considera, además, que las autoridades y los profesores asumen conductas de observadores pasivos, permitiendo no solo la existencia del fenómeno bullying, sino que vayan escalando las conductas y sentimientos agresivos (…). Tanto los padres de familia como los profesores, cuando se presenta el acoso escolar, no tienen estrategias para intervenir en el momento preciso y oportuno” (Shephard, Ordoñez y Rodríguez, 2014:26:23).

A partir de los datos obtenidos en el 2012, Shephard, Ordoñez y Mora, en el 2015, realizaron una nueva investigación ligada al “Impacto de un Plan de Emergencias Psicosociales en la Disminución del Acoso Escolar –Bullying”, para lo cual actualizaron la base de datos con respecto a la prevalencia del acoso escolar. El estudio, que contó con el aval del Ministerio de Educación del Ecuador, Coordinación Zonal N.6, determinó una prevalencia del acoso escolar a nivel institucional de aproximadamente 9 por ciento en la institución A y 11 por ciento en la institución B, así como un preocupante 38 por ciento de potenciales víctimas en la entidad A y 35 por ciento en la B.

Entre las conclusiones más significativas se encontró un incremento en el porcentaje de acoso escolar, de un 6,4 por ciento que se presentó en el estudio inicial en 2012 a un 10,6 por ciento en la institución A y un 9,1 por ciento en la B en 2015. Datos que muestran un notable aumento de acoso escolar en las escuelas de la ciudad de Cuenca, comparado con los resultados de 2012 existe una prevalencia mayor frente a un 5,2 por ciento de acoso escolar a nivel internacional. No obstante, es importante explicar que la mayoría de datos que presenta este estudio no varían en relación con los resultados de la primera fase del estudio.

Es necesario destacar la percepción del grupo de estudio sobre la presencia de patrones interacciónales proactivos intrafamiliares que “evidencia que la organización y funcionamiento del sistema familiar es funcional”. Por lo que concluye “que el sistema familiar no es el sistema facilitador directo de la violencia escolar, por lo que parecería que es el sistema escolar en donde se establecen patrones interacciónales violentos, si es que este sistema actúa como un sistema facilitador y no como un sistema contenedor de la misma” (pag. 160).

En relación con la etiología del acoso escolar, enfatiza el hecho de que cada uno de los actores tiene su propia percepción de la causa de los actos de acoso. Desde la perspectiva de las víctimas, se considera que el acoso se produce por el afán de molestar (11 por ciento institución A, y el 9,5 por ciento institución B) y por ser diferente (11,9 por ciento institución A y 9,5 por ciento institución B). La perspectiva de los agresores es que fueron provocados (13.8 por ciento institución A, y el 29 por ciento institución B) y los observadores de que es una broma (29,2 por ciento institución A, y el 25,6 por ciento institución B.

Ante el aumento de incidencia se hipotetiza que el clima escolar de las dos instituciones educativas participantes, se caracterizó por el incremento de patrones interacciónales de violencia coadyuvantes a la disminución del desarrollo de habilidades psicosocioemocionales.

Al igual que en el estudio del 2012, se constata en la segunda fase, que el mayor porcentaje de víctimas se encuentran en los años inferiores de escolaridad, por tanto, en los primeros años de escolaridad se reporta una mayor prevalencia del acoso disminuyendo en edades superiores.

Conclusiones

Las limitadas investigaciones sobre el fenómeno del acoso escolar en el Ecuador no permiten conocer su dimensión y peor aún la complejidad y posibles consecuencias en violencias tanto internas como externas. La carencia de datos sobre esta problemática además de limitar el conocimiento de la situación sicosocial del acoso escolar, plantea la necesidad urgente de conocer en profundidad sus causas, manifestaciones y consecuencias, y sobre dicha base planificar y ejecutar procesos de intervención en este ámbito.

La escuela debe enfrentar un escenario de alta presión que, en la actualidad, supone una dedicación especial. Presión que se ahonda a causa de las nuevas disposiciones y normas emitidas por el Ministerio de Educación, por ejemplo: mantenerse en las instalaciones de la escuela un mínimo de seis horas. El acoso escolar es una forma característica y extrema de violencia escolar, por lo que no debe concebirse de manera aislada de la comunidad de la que es parte, por ello, es fundamental ubicarla en los diversos contextos económicos, sociales y culturales en la que se desarrolla (Shephard, Ordoñez y Rodríguez, 2014:26).

Generalmente, los estudios sobre el fenómeno de bullying se realizan desde una perspectiva sectorial o unidisciplinar, cuando en la realidad la etiología y  consecuencias de este fenómeno es de carácter multidimensional, por lo que tanto la comprensión, la interpretación son unidimensionales y por tanto las políticas y planes son unidisciplinares.

Es fundamental reconocer que el acoso escolar no es un comportamiento puntual ni de una respuesta esporádica frente a determinadas motivaciones, sino una secuencia de acciones repetidas entre agresores y víctima, relación que persiste en el tiempo y que desarrolla una determinada y perversa dinámica en el grupo, por lo que es necesario adoptar políticas escolares que incluyan a todos los actores del acoso escolar.

Es importante así mismo enfatizar que la violencia escolar se caracteriza, básicamente, por la persistencia y desequilibrio de poder entre la víctima y acosador, a través de múltiples formas de amedrentamiento (riñas, discriminación, destrucción de la propiedad, venta, posesión y uso de drogas y alcohol, abuso sexual (entre compañeros profesores y estudiantes y profesores), y maltrato físico, emocional o mental.

Para niños y jóvenes, provenientes de familias donde se encuentra legitimado el maltrato, la escuela ocupa un lugar importante, una segunda oportunidad para ser bien tratado. De allí la enorme responsabilidad de analizar y aplicar formas de interrelación no violenta, de convivencia pacífica e incluyente.

Lautaro Ojeda Segovia

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