Análisis: Dependencia Política, desarrollo y derecho

Análisis: Dependencia Política, desarrollo y derecho

junio 27, 2016
in Category: Análisis jurídico
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Análisis: Dependencia Política, desarrollo y derecho

La “teoría de la dependencia” o, incluso más allá de esto, si toda la teorización, enfoques, tendencias o pensamiento sobre la dependencia es realmente un conocimiento científico. Es sabido que desde la hegemonía la estructura de una ciencia transcurre a través de principios racionalizados, un objeto concreto, los fines sistematizados y un método que permita explicar los hechos de manera comprobable. Por supuesto, esto impide que determinados conocimientos sean considerados como superchería (los conocimientos de medicina ancestral o la homeopatía). Bajo esta última perspectiva, la teoría de la dependencia sí cumple los requisitos por lo cual sí se la puede considerar como conocimiento científico.

No obstante, aquella no tiene autonomía, pues toma, de acuerdo a las corrientes señaladas, elementos prestados de varias ciencias e ideología, especialmente, de la sociología, la economía y las ciencias políticas. Esto impidió que se la pudiera, incluso, sistematizar la riqueza del análisis de estos teóricos latinoamericanos durante la década de los sesenta, como para poderla presentar cobijada por un orden programático que tuviera consecuencias prácticas. Esto, sin duda, es una de las razones por la cual, el análisis abstracto a partir de modelos del desarrollo prevalece por sobre el análisis histórico del producto social en los enfoques macros propuestos por Furtado.

Hay quienes consideran que debiera hablarse, más bien, de enfoques, tendencias o escuelas sobre el estudio de la dependencia, o tal vez, corrientes guiadas a fines prácticos, tales como crítica a los obstáculos al desarrollo, el proceso histórico del capitalismo en su fase imperialista o el análisis estructural de las condiciones de clase y mercado internacional.

Creo que el problema central no es fichar su pedigree científico, sino la ausencia de una epistemología propia, el análisis sobre la dependencia le tocó tomar las mismas teorías y categorías pensadas desde el centro, sin que se pueda adoptar una filosofía política desde el Sur, hecho ya notado, entre otros, por Santos. No se puede negar, sin embargo, que la teoría de la dependencia ha sido el esfuerzo más genial para pensarnos desde América Latina. Hoy, esta experiencia nos debe llevar a construir una filosofía crítica y liberadora que, sin renunciar a la acción política, dé luces para la construcción de nuestras democracias contrahegemónicas.

En todo caso, lo llamaré, en términos más amplios, “análisis sobre dependencia”, con el fin tiránico de eludir este debate estéril respecto de la generación de una teoría crítica.

Conectado con lo anterior, chocan en los análisis sobre la dependencia dos tradiciones. La ciencia fundada sobre la base del racionalismo hegemónico supuestamente neutro y la ideología que frente a esta como una imagen deformada de la realidad. Esta matriz extiende un velo negro sobre los intereses de clase en el ejercicio del poder a través de instituciones que perpetúan sus intereses, lo cual tiene su origen en la necesidad de las élites locales de legitimarse miméticamente a través de la promoción de los valores de los estados centrales en un proceso doble de asimilación cultural y de alienación social.

Esta alienación tendrá consecuencias concretas en las determinaciones del desarrollo, pues crea ceguera en las élites políticas de los estados de la periferia sobre la razón fundamental de la dependencia que es la asimetría en las relaciones de producción que, a partir de una división internacional del trabajo, compensan las contracciones del propio capitalismo que en los países centrales permite el crecimiento a partir del mejoramiento de las capacidades de producción (plusvalía relativa), a partir de la superexplotación del trabajo en la periferia (plusvalía absoluta). En lo social, los signos serían la inmovilidad, el determinismo, la apoliticidad, la negación de lo político.

Sin embargo, un problema podría ser, eso sí, la ortodoxia ideológica, pues esto sería una barrera invisible para la generación de un pensamiento latinoamericano realmente crítico. Esta ortodoxia, incluso puede ser liberal y crear un discrimen en el análisis tal como lo recuerdan Wilber y Jameson, según lo cual, el subdesarrollo, en una visión liberal (paradigma ortodoxo) ocurre por cuestiones culturales, irracionales o psicológicas, o por la excesiva intervención del Estado, respecto de centros urbanos, portadores del modernismo racional y el avance. Esto es lo que se ha denominado teoría dual del desarrollo, cuyos remotos orígenes podernos encontrarlos en el esquema propuesto por Rostow.

No obstante, la teoría de la dependencia ha brindado poco interés al estudio de las culturas e ideologías; y, lo más interesante, a mi parecer, es ver en los trabajos de Frank y Stavenhagen la ruptura de esta teoría dual que sigue la línea de los estudios de la cultura sobre la eliminación de la diferencia entre alta y baja cultura. Así, el desarrollo estaría encadenando a la evolución histórica del capitalismo, especialmente en las relaciones entre países del centro y la periferia, pero sin considerar que esta evolución sea lineal, cíclica y original, sino como un producto posterior. En otras palabras, el subdesarrollo ocurre por el mismo proceso histórico que produce el desarrollo económico: el propio desarrollo del capitalismo.

Creo provechoso, en definitiva, rescatar estas categorías de ideología y alienación para el fin que me he fijado en este texto.

Otro énfasis importante del análisis del desarrollo ha sido el origen del problema. Esto se sitúa en dos extremos, mientras de una parte se ve en los países centrales o en la forma de organización del mercado internacional; otros lo asumen como un problema de las estructuras internas, en la medida que no se han podido insertar en las dinámicas del centro o no han podido dar respuestas nacionales e independientes como un cuestionamiento de un orden internacional opresivo e imperialista. No obstante, el lenguaje, en ambos lados se inscriben neomarxistas, marxistas ortodoxos y estructuralistas.

Sin embargo, aparecen dos posturas que guardan una identidad suficiente para poder otorgar respuestas concretas para el desarrollo. Ambas tienen una gran actualidad en las decisiones y discursos políticos contemporáneos en la Región.

El primero, el referente es lo externo (el sistema capitalista). Es el llamado al desarrollo nacional que busca complejizar las estructuras internas, a través de la modernización y el uso estratégico de los recursos, con el fin de adecuarse a las condiciones del mercado externo: una especie de crecimiento desde adentro por imitación. Con esto se rompería la posible alienación y promovería un fortalecimiento sostenido de los sistemas políticos y la misma actividad estatal, acabando con la alienación social y política. También, aparece como indispensable la conducta de los grupos sociales en su actuación dentro de las estructuras sociales, con lo cual es indispensable la redefinición de la relación entre sistema político y económico de acuerdo a las condiciones favorables en los países centrales.

El segundo, el referente es lo interno (la acción política revolucionaria), nos lleva a buscar nuevas vías para la construcción de un nuevo orden mundial, puesto que no es posible que exista una sola historia, la del capitalismo mundial, por lo cual el subdesarrollo no es un estado anterior a aquel (precapitalismo), sino que es consecuencia de aquel, con lo cual permite la emergencia de capitalismos dependientes. Esto supone cambiar las “situaciones condicionantes” que impiden a las personas y colectivos elegir sino el esquema de vida hegemónico: se piensa la realidad desde los ejes del colonizador, desde lo externo. Es necesario cambiar radicalmente las estructuras internas (no reformarlas) para poder enfrentar el orden externo.

Lo que me interesa de estas dos posturas es destacar la dicotomía que parece ya superada en Latinoamérica entre reforma y revolución, arreglos institucionales y construcción democrática de la institucionalidad, formalización de los cambios y resistencia social. Esta dicotomía agónica duerme sigilosa esperando su oportunidad histórica. Sobran los comentarios.

Finalmente, a partir de las dos posturas del parágrafo anterior, ocurren dos formas de recetas que guardan actualidad, y se alejan de las más conocidas recetas de la pragmática cepalina: el desarrollo endógeno, y la industrialización por sustitución de importaciones, con Raúl Prebisch a la cabeza.

De la primera postura, aparecen las políticas de nacionalización (no sólo recursos, sino medios de comunicación, bancos, etc.) y extractivismo estratégico que, en su tiempo fue aplicada por casi todos los países de la Región y hoy lo aplican estratégicamente Bolivia y Venezuela, y en menor medida lo hace también Ecuador. También, se entienden las nuevas políticas de integración que ahondan en lo político para la construcción de frentes para combatir la hegemonía del centro (mejora de perfil de negociación) y abandonan la matriz puramente económica y de equilibrio de las balanzas de pago del proceso de integración andina y del Mercosur.

Y, de la segunda postura, en nuestras Américas, se abre una brecha oscura e incierta entre el socialismo que se quiere y el que es posible, socialismo pragmático e ideal, práctica populista emancipadora y movilización social para la sustitución de las estructuras sociales que fundamentan la opresión local más allá de las preocupaciones sobre el desarrollo. Potencial o no, utopía o realidad, otra Latinoamérica es posible.

Luis Ávila Linzán

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