La ciudadanía universal y el problema del otro en tiempos modernos

La ciudadanía universal y el problema del otro en tiempos modernos

febrero 16, 2017
in Category: Perspectivas
0 9130 1
La ciudadanía universal y el problema del otro en tiempos modernos

Tomo prestada parte del título de un libro de uno de los más fecundos pensadores del siglo XX: Tzvetan Todorov, que acaba de morir a los 77 años el 7 de febrero pasado. Escribió “La conquista de América, el problema del otro” en 1982, dedicando el libro a la memoria de una mujer maya devorada por los perros. En los años 80, el sociólogo Lautaro Ojeda nos recomendó (obligó) su lectura en las aulas universitarias.

Y es que nunca como en esta época aciaga, estamos conviviendo con el “problema del otro”, entendido como el distinto, ingobernable, salvaje, de malas costumbres, primitivo, desconfiable, al que hay que cerrarle las puertas, mantenerlo alejado, separarlo de “nosotros”, cercarlo y mejor si edificamos un muro para impedir su proximidad que repugna.

El mundo está viviendo “el problema del otro” de una manera violenta, pero un tipo hegemónico, específico y exclusivo de violencia, no aquella violencia cometida por delincuentes comunes (esa violencia es de la mala), sino una violencia legitimada desde los Estados modernos, edulcorada con la píldora de la seguridad, que recurre a prácticas de segregación y de policialización, que ha diseñado además unos publicitados y visibles filtros de seguridad que otorgan altos ratings de popularidad a sus gobernantes (esa violencia es de la buena).

Para aplicar el recetario no importa tanto la orientación política de sus gobernantes: pueden ser de derechas o de izquierdas, eso es indiferente. Lo que importan son los resultados de las encuestas y de los estudios del neuromarketing sobre el grado de aceptación de la población durante el ejercicio de gobierno y de las intenciones del voto en períodos electorales.

Pero sucede que aquella mujer maya devorada por los perros es algo más que un anécdota, es la vívida representación del otro, así como Aylan Kurdi –el niño sirio que el mar arrojó a las playas kurdas-,  también como Noemí, la niña ecuatoriana de 12 años, que fuera víctima de violación y se suicidara en un albergue de ciudad Juárez, en un vano intento por encontrarse con su padre en Estados Unidos.

Por cierto, los trámites de repatriación de cadáveres son un proceso que se repite con espanto cada mes y no estamos exagerando ni construyendo hipérboles: “veintiún trámites de repatriación de cadáveres hizo la Cancillería a través de la Subsecretaría de la Comunidad Ecuatoriano Migrante en los últimos dos meses”, reportó el diario El Universo, el 18 de agosto de 2016, y nada nos indica que esa rutina haya cambiado.

¿Alguien se ha conmovido por estas tragedias, a más de sus familiares y allegados? Los medios de comunicación y los usuarios de las redes sociales generaron tendencia mundial con el niño Aylan, comprometiéndose con la misma fugacidad que el paso del cometa Halley. En ese sentido, toda la humanidad interconectada fue sensible al tema mientras duró su escenificación en las redes. Después el asunto pasó al olvido, hasta cuando ciertos episodios teñidos con esa misma tragedia irrumpan para despertarnos de nuestro letargo.

Es verdad que “todas nuestras sociedades tienen una pedagogía de la crueldad”, como dice Mariana Enríquez (Los peligros de fumar en la cama. Anagrama, 2017). En una entrevista a Letras Libres (15 de febrero), esta autora reflexiona en lo que generalmente no se repara: “El Estado ha abandonado a la gente, ha abandonado a esa clase media y la ha arrojado al reaccionarismo e, incluso, al fascismo. El fascismo es el miedo al otro y a ser como el otro, es el miedo a la pobreza, a la pérdida de lo que se es”.

Pero el problema del otro es un problema mío y nuestro, es un problema que nos atañe a todos, porque se trata de un problema de la humanidad como especie y quienes no quieren verlo de esa manera, están poniendo en cuestión su propio ethos.

La balcanización, la tribalización y la derechización del mundo

¿Qué ha pasado después de la primera década del siglo XXI, para que literalmente haya desaparecido de la faz de la tierra, toda la enorme y vital energía movilizadora de la “Primavera árabe”, del movimiento de “Los indignados” en España y de otros países de Europa, de los movimientos novísimos de “Occupy Wall Street” y particularmente de los progresismos latinoamericanos que se han desbarrancado a los abismos?

Pero más preocupante aún: ¿qué ha pasado para que en poquísimo tiempo el mundo haya cambiado tanto para peor?

En una especie de reproducción automática de la perversidad, todas las agendas democráticas, progresistas y humanitarias que encarnaban, se han ido convirtiendo en un “boomerang”, en una contra-agenda, en una plataforma de la ultraderecha y del neofascismo. Solo hace falta un breve recuento (aunque no exhaustivo) y su contraparte, para tener ese recetario: las migraciones, el refugio y el derecho internacional humanitario; la globalización y la apertura de fronteras; la liberación del cuerpo; la despenalización del aborto; la inclusión de las diversidades sexuales; la legalización de las drogas ligth para fines medicinales, terapéuticos y recreativos inclusive; la emergencia del derecho penal mínimo y del abolicionismo penal; la lucha contra la corrupción de la banca de inversión tipo Goldman Sachs; la defensa de las libertades, entre ellas la de expresión; la lucha por la conservación del medio ambiente; la defensa de la integración y de los acuerdos regionales, entre otros.

Pero sucede que esta enorme agenda civilizatoria, encarnada en millones de personas que se movilizaron durante los primeros años del siglo XXI, trastocó completamente su sentido y migró hacia sus antónimos más perversos, pues se tradujo rápidamente en una agenda retro-fascista que encontró amplia aceptación a sus peroratas simples pero tremendamente efectivas, por lo menos en las urnas.

La movilidad humana, las migraciones y el refugio son el capítulo de interés en este artículo, porque probablemente se trata de una de las más graves catástrofes humanitarias del planeta, que compromete la sobrevivencia de millones de personas y porque todas ellas son víctimas directas de un orden mundial profundamente injusto. Víctimas de conflictos armados internos, víctimas de invasiones militares de las grandes potencias, víctimas de enormes tragedias ambientales ocasionadas por empresas de esas mismas potencias, víctimas de profundas crisis económicas generalmente ocasionadas por los recetarios de los organismos financieros controlados por esas potencias, y para remate, cuando esta oleada de seres humanos se aproximan a sus fronteras, son víctimas del odio y la xenofobia, lo que demuestra la existencia de un orden mundial esquizoide, incapaz de procesar los conflictos que él mismo genera.

El informe Oxfam, año tras año reporta el gigantesco e inconmensurable grado de concentración de la riqueza mundial en poquísimas manos. En enero de 2017 publicó el último dato de escándalo: ocho personas (son ocho hombres en realidad) concentran una riqueza comparable con lo que poseen la mitad más pobre de la población mundial, es decir, 3.600 millones de personas, de las cuales una milésima parte migran intentando pasar aquellas fronteras en busca de un empleo. Este es el orden mundial –desorden en realidad- arreglado para que grandes empresas transnacionales no paguen impuestos, promuevan la devaluación salarial en los países donde instalaron sus empresas, presionen y claramente manipulen a esos países para criminalizar y asfixiar la protesta social.

Pero esta ola neoconservadora radical lamentablemente no solo se expresa con particular violencia en los países del norte (Estados Unidos y Europa principalmente), sino que vergonzosamente está proliferando en nuestros países del sur, donde varios gobiernos adscribieron a estas agendas. Insisto: no importa su signo ideológico, porque para el caso, da lo mismo si se definen de izquierdas, progresistas o claramente de derechas.

Así se fue configurando el teatro de operaciones de la política mundial y, para variar, América Latina, como buena representante de la periferia, se encuentra a la cola, tomando los desechos ideológicos del norte: el racismo y la xenofobia, los nacionalismos reaccionarios (todo nacionalismo tiene ese rasgo), los discursos de la seguridad, la policialización y el abordaje punitivo de la conflictividad social, así como una suerte de resucitación de las tesis más abyectas del conservadurismo patriarcal contra las mujeres.

Lo que desespera es que estas tesis se legitimen en las urnas. Eso pasó con el triunfo de Donald Trump en América del Norte; eso está pasando en Europa con la emergencia de partidos ultraderechistas, como el Frente Nacional de Francia; eso está pasando en América Latina, donde en sustitución de los gobiernos progresistas y debido principalmente a sus torpezas, desatinos políticos y corrupción, se han recompuesto las fuerzas políticas de derecha y han empezado a ganar elecciones, en un fenómeno al que se ha bautizado como el fin del ciclo progresista en América Latina.

El escritor mexicano Jorge Volpi opina que en aquellos círculos dominan unos entornos de bajo nivel intelectual, refiriéndose a Trump y los nuevos rostros de la Casa Blanca; Sin embargo, creo que de este mal no solo sufren los neoconservadores, sino ciertos personajes, círculos y/o gobiernos abiertamente disfrazados de seudoprogresistas, que pueden engañar con su retórica y su propaganda Goebeliana a nichos despistados extracontinentales y también de América Latina, pero que no pueden sostener un discurso coherente en sus países, donde reprimen con violencia la protesta social, criminalizando a sus dirigentes -muchas veces eliminándolos, como el caso de Lesbia Urquía y Berta Cáceres en Honduras-, procesándolas como si fueran delincuentes y/o acusándolos con barbaridades como aquella de ser agentes de la CIA.

Es claro que en estos entornos cala hondo un discurso ramplón que expresa posturas políticas xenófobas, homofóbicas, machistas, patriarcalistas, punitivistas y criminalistas de la peor especie.

El muro de Trump ya existe

Recuerdo otro texto de lectura obligatoria en los años 80, uno de factura poética del mexicano Octavio Paz, titulado “El laberinto de la soledad”, donde reivindicaba al chicano, ese ser que oscilaba entre la profunda mexicanidad y la máscara de la vida estadounidense. Un muro estaba allí, enorme y fabulosamente simbólico, construido en aparente silencio desde aquel despojo en las guerras de independencia.

Hoy en día, ese símbolo parece materializarse. En Estados Unidos y en el mundo, Donald Trump se ha erigido como un hito transmoderno del oprobio en contra del otro, con su política migratoria de deportaciones masivas de personas que se encuentren legal o ilegalmente en Estados Unidos, así como la idea delirante de la construcción de un muro en la frontera con México, la misma que ya se transformó en decreto. Desde esa perspectiva, el triunfo de Donald Trump es el triunfo de las fuerzas más oscuras de la política mundial, con libretos populistas del “puertas adentro”, del “América first” en el caso de Estados Unidos, pero extensivo al “Brexit” del Reino Unido y a la amenaza del “Frexit” en Francia.

Trump, fiel a su propuesta electoral, inició su mandato con la orden de impedir el ingreso de personas de siete países, en su mayoría musulmanes, aun cuando sean portadores de documentos de viaje y visa. Sin embargo, un sistema de justicia independiente enfrentó su decisión con la ley por delante y un juez suspendió el veto presidencial, desbloqueando el ingreso de estas personas. La decisión judicial fue calificada como “bofetada” al gobierno de Trump y victoria política de los demócratas. El autor de este acto de soberanía judicial, fue el juez federal James Robart, del Estado de Washington, cuya orden tuvo efecto inmediato sobre todo el país, favoreciendo el ingreso de personas procedentes de Irak, Yemen, Irán, Somalia, Sudán, Siria y Libia y refugiados.

Pero Trump sigue incólume en su propósito. El muro tiene ya un decreto ejecutivo para su construcción, suscrito el 25 de enero pasado, destinando fondos federales para este cometido y recortando recursos para las “ciudades santuario”, que protegían a indocumentados y se negaban a proporcionar a las autoridades federales datos del estatus migratorio de las personas que detienen, entre ellas Chicago, Nueva York y Los Ángeles. Pero también reforzarán acciones de control y crearán nuevos centros de detención para inmigrantes detenidos en la frontera.

Las medidas tendrán, sin duda, unos efectos globales, porque se están legitimando procesos judiciales, procedimientos policiales y de seguridad, así como comportamientos ciudadanos con claras muestras de xenofobia, intolerancia y violencia, actos que en la práctica están progresivamente institucionalizándose no solo en Estados Unidos sino en el resto del mundo.

La Coalición Internacional contra la Detención (IDC, por su sigla en inglés), que reúne a más de 250 grupos de trabajo no gubernamentales y especialistas de más de 50 países, considera que la detención por razones migratorias, en primer lugar no es un medio de disuasión, en segundo lugar es incompatible con el derecho internacional humanitario, en tercer lugar es utilizada generalmente por los gobiernos como parte de sus políticas domésticas para distraer conflictos internos, y en cuarto lugar este tipo de detenciones han demostrado ser profundamente nocivas y perjudiciales para la salud y el bienestar de la sociedad en su conjunto, no solo de las personas detenidas.

Como se infiere, Estados Unidos es el país donde probablemente más centros de detención de migrantes existen, sin que se inmuten en las recomendaciones que realizan los organismos internacionales y sus especialistas, cuya casuística investigativa no ha recibido la más mínima atención. Al contrario, los gobiernos, sus organismos de seguridad y los funcionarios exhiben un desconocimiento profundo del derecho internacional humanitario, su irrespeto y sobre todo la violación sistemática de las normas y acuerdos internacionales.

De poco sirvió la condena unánime de líderes europeos a estas novísimas políticas migratorias de Trump. Recordemos que Angela Merkel intentó “explicar” al presidente de EE.UU. los contenidos de la Convención de Ginebra; el presidente de Francia, François Hollande; exigió “una respuesta de Europa” y la propia Unión Europea rechazó “una medida que pone bajo sospecha a personas de una confesión”.

Del Brexit al Frexit

Gran Bretaña, desde los ultranacionalismos, sorprendió al mundo con el voto a favor de abandonar definitivamente la Unión Europea, porque siempre estuvieron con un pie afuera (no dejaron la libra esterlina, por citar un ejemplo). Esa ola parece haber cundido en varios países europeos, entre ellos Francia.

Marine Le Pen y su ultraderechista Frente Nacional, se inspira en Trump, su elección “es una buena noticia para Francia”, dijo y si al presidente de Estados Unidos no le gusta la globalización, a ella tampoco: “la mundialización niega todos los valores en los que se sostiene nuestra identidad”, expresó con absoluta confianza, lo cual hace unos años atrás habría provocado urticaria e incluso náusea, como el título literario del gran existencialista Jean Paul Sartre. También incluye en su agenda política dejar el euro, volver al franco y salir de la Unión Europea.  “De ser elegida, en seis meses anunciaría un referéndum” para que el pueblo francés se pronuncie sobre estos temas, declaró el 14 de febrero pasado.

La señora Le Pen advirtió que las once ciudades bajo su gobierno, no aceptarán refugiados, o que no daría trabajo a un español si lo puede cubrir un francés. Imaginemos cuáles serían sus políticas en contra de nuestros hermanos latinos. Pero ella fue por más, desde 2014, en que se erigió como la nueva líder ultranacionalista, antieuropea y xenófoba, igual que su padre, Jean Marie Le Pen. “En algunas décadas, Francia, antaño país más seguro, ha caído en el salvajismo (…). No tenemos miedo a decir que la inmigración sin control ha acrecentado de manera considerable la inseguridad en nuestro país”, declaró.

Le Pen le dice al mundo lo que muchos franceses piensan y se da por descontado que pase a segunda vuelta en las elecciones presidenciales del próximo 27 de abril, lo que ya de por sí constituye un revés histórico para las fuerzas democráticas, liberales y de izquierda. El problema mayor está en que las probabilidades de que gane la presidencia en mayo próximo son altas. De producirse este resultado, se estarían edificando estructuras de poder ultranacionalistas para una larga fase histórica.

Las contradicciones de América Latina, incluido Ecuador

En diciembre de 2016, las agencias informativas titularon la noticia de que Nicaragua expulsó con gases lacrimógenos a migrantes cubanos que tomaron la ruta centroamericana hacia Estados Unidos. Como se conoció, cientos de ciudadanos cubanos iniciaron su periplo en Ecuador, para luego pasar por Colombia, Panamá, Centroamérica y México, esperando cruzar la frontera. Muchos no lo lograron y existen testimonios de personas que habrían muerto en el trayecto.

Las políticas migratorias de Ecuador contemplan en la retórica constitucional nada menos que la tesis de la “ciudadanía universal”, la eliminación progresiva de la condición de extranjero, el derecho de las personas a migrar, la no criminalización al considerar que ningún ser humano será considerado como ilegal por su condición migratoria, la igualdad de derechos que los nacionales, entre otros. Sin embargo, en julio de 2016, el Ministro del Interior del Ecuador desalojó en horas de la madrugada a más de un centenar de cubanos y los detuvo en una unidad de flagrancia sin haber cometido ningún delito, para luego ser sometidos a procesos de deportación, incluso de aquellas personas a quienes los jueces negaron esa medida.

En Brasil, que tradicionalmente mantuvo una política migratoria relativamente abierta, el gobierno anuló una norma que garantizaba la residencia temporal de venezolanos. La Fiscalía General, a través de la Procuraduría Federal de los Derechos de los Ciudadanos se “sorprendió” por la medida y solicitó las “aclaraciones públicas necesarias”, pues el efecto será desastroso para cientos y quizá miles de ciudadanos de Venezuela, que tendrían como única opción de permanencia la petición de refugio, que se ha disparado en los últimos años. En 2010, hubo una sola petición y en 2016 se tramitaron 1805 solicitudes, con datos del Ministerio de Justicia recogidos del estado de Roraima, fronterizo con Venezuela.

Brasil es el país latinoamericano que recibió muchos más refugiados sirios que incluso varios países europeos como Portugal, España o Grecia. Según la BBC, la mayoría de solicitudes de refugio se tramitan en las embajadas brasileñas en Líbano, Jordania y Turquía. Argentina es otro de los países que recibe a ciudadanos sirios (233 desde el inicio del conflicto). Grupos menores fueron recibidos por Chile y México.

En contraste, Costa Rica fue el único país centroamericano que enfrentó la crisis de los cubanos con una política humanitaria, al otorgar visas extraordinarias de tránsito a más de 1500 isleños en su travesía hacia suelo norteamericano.

Llama la atención que la crisis humanitaria ocasionada por las migraciones de ciudadanos cubanos y que involucró a buena parte de los países de América Latina, no haya provocado una acción firme de los organismos regionales de integración. Más aún, llama poderosamente la atención que tampoco se hayan pronunciado frente a las políticas migratorias inhumanas del señor Trump. Parecería que se contentan con “la necesidad de promover una migración ´regular, ordenada y segura´ dentro de la región”, ignorando que nuestras migraciones y las extracontinentales se dan en condiciones irregulares, desordenadas y poco seguras.

Marlo Brito

,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.