La benevolente sociedad ecuatoriana que tapa la crueldad con sábana sucia

La benevolente sociedad ecuatoriana que tapa la crueldad con sábana sucia

diciembre 12, 2017
in Category: Perspectivas
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La benevolente sociedad ecuatoriana que tapa la crueldad con sábana sucia

Si todo espejo guarda fantasmas, Ecuador tiene una tarea pendiente; y no es llenar la plana del cuaderno colectivo con la frase ‘Los niños son el futuro de la patria”, sino rehacer una declaración de amor en hechos a las más heridas y los más abusados, con la caligrafía de la impotencia ciudadana y la ortografía del encubrimiento, hasta que no solo se horrorice, sino que masivamente actúe ante la catarata de denuncias de la masiva violencia sexual contra cientos de niñas, niños y adolescentes en su sistema educativo.

Naturalizado el horror, hipnotizado en el ensimismamiento de quien no quiere verse al espejo, el país cree que la violencia sexual  ‘es un problema’ nuevo que surgió de la noche a la mañana, como por asalto, casi como una conspiración paranoica para perjudicar a un gobierno yerto, como si fuese el paraíso o la falaz “isla de paz” que no tuvo parangón en sus indicadores de crecimiento material, o que es el país modélico que respeta mejor que nadie los derechos de sus ciudadanos y que trata de maravilla a los más vulnerables, en especial a niños y niñas por quienes, supuestamente, hacemos ‘todo’ para que tengan una vida feliz, próspera, segura y tranquila.

Narcotizados por la conformista hipnosis de no querer mirarnos en la realidad de horror a la que sometemos a los grupos de atención prioritaria, viramos la cara, hacemos como que no fuera con nosotros, mientras las cifras del terror nos dicen cada amanecer que otro niño fue violado por quienes debían enseñarles las vocales en sus aulas o acunarlos en su camita en la casa.

Como la sociedad argentina de 1976 que decía: “No te metás…” o “… Por algo habrá sido”, el Ecuador de hoy se niega a ver su lado oscuro como cuando alguien cierra las puertas de su casa y apaga las luces mientras oye en plena medianoche alaridos de mujer o llantos de niños golpeados.

Porque en medio del silencio cubriéndolo todo y de una ignorancia cómplice y encubridora, el horror no pasó lejos, en otras latitudes y otros tiempos: estuvo aquí durante años, día por día lo padecían nuestros ellitos, y pasó quizás en décadas, en cientos de escuelas, en baños, aulas, casas, edificios, barrios, parques, buses y familias que se educaron en cívica y como Dios manda. Entrenados en el mito de ser una isla de paz, un día creímos necesitar líderes fuertes (“falta el hombre” o “con pantalones” se dijo siempre) que a costa de tratar a la patada al más débil o al disidente, nos educó para algo no admitido: multiplicamos nuestro propio tratamiento impune contra lo más débil y disidente casa dentro.

“En el principio las tinieblas estaban sobre la faz del abismo…”

Aquí, querido país desmemoriado, hubo un origen para tanto maltrato, muerte de mujeres y, en concreto, abuso sexual infantil, escolar y casero: su génesis fue la cultura maltratadora de la sociedad ecuatoriana, que nos formó durante siglos en el castigo, físico incluso, y en el no creer a los más pequeños y ‘débiles’; esa cultura de maltrato no es reconocida porque incomoda, más resulta imposible negar su existencia desde que fuimos niños y niñas. Durante décadas esa cultura naturalizó la agresividad, la golpiza, “la vista de ojos”, la violación masiva o el manoseo, la discriminación y maltrato a niños, adolescentes, mujeres, ancianos, indígenas, minorías sexuales, afroecuatorianos, personas con discapacidades y, por ende, todo aquello que signifique ser persona -o grupo- humano vulnerable.

Un ejemplo concreto de eso que Ecuador creyó y cree normal, fue la costumbre de pedir al profesor, que “le castigue nomás”, incluso con el coscacho, la vara, el cabestrillo, la correa, la regla o el chirlazo, al niño o la niña desobediente; o exigirles, como cosa natural, a los niños y niñas en los buses de servicio público, que ellas y ellos sean quienes deban levantarse y cedan el asiento a los mayores.

Pero los antecedentes no solo fueron atávicos sino previos, sobre todo en la pedagogía de impunidad. Ocurrió al más alto nivel en una década y junto al uso abusivo del poder, vimos como cosa cotidiana su faceta más chocante: el que alentara impunidades. El vergonzoso ejemplo se convirtió en código no escrito de conducta estatal, judicial y social. ¿Qué mensaje se mandaba a la sociedad y sus abusadores sexuales de niños, niñas y adolescentes, si nada menos que el abogado personal de un ex-presidente, y su propia esposa, acudieron a defender al acusado de cometer abuso sexual contra un niño?

¿Qué mensaje se mandaba a la sociedad desde la altura del poder si durante mucho tiempo las instituciones encargadas de investigar y hacer justicia, protegieron al padre de otra importante autoridad, tras ser acusado de cometer abusos sexuales contra una menor en un centro escolar que regentaba? Solo cuando la sociedad mostró su profunda aversión a esta actitud protectora del “anciano régimen”, se emitió la orden de detención y arraigo a dicho señor que se hallaba prófugo en otro país sudamericano, retornando no a una cárcel sino a un centro de salud para cumplir el proceso y la ‘condena’.

“La brutalidad cotidiana como el polvo en los muebles”

Ocurren hechos espeluznantes que construyen los titulares ya no de crónica roja, sino de la  primera página: violaciones a menores de edad, es decir, a hijos, sobrinos o nietos; golpizas a mujeres hasta la muerte, con cuchillo, martillo, garrote o machete, todos ensamblados en la antiguamente amada mano de la pareja.

A Marcia Ordóñez le ocurrió el 3 de enero de este año. Su esposo le clavó una puñada en el pulmón que le ocasionó la muerte. Hay cinco niños que quedaron casi en el desamparo, con los padres de ella, una familia semianalfabeta que vive haciendo ladrillos. En noviembre pasado, la justicia sentenció a 34 años a un hombre por asesinar a Evelyn Méndez y a sus cuatro hijos, porque el femicida estaba convencido de que “si no eres mía, no serás de nadie”. Es decir, la mujer como propiedad hasta en el cementerio, como nicho adelantado sin derecho a lápida que explique la atrocidad del ‘amor’ padecido. Desde agosto de 2014, hasta la fecha de esta publicación, contabilizamos 243 femicidios.

Yuri, una niña de diez, fue violada por su vecino, considerado su abuelo (de 65 años), en plena noche, en su casa. Compartían la cocina, él solía regarle dulces, helados, a veces ropa, hasta que el 28 de junio de 2016 cuando se toparon en la cocina, él iba por café, la niña por agua, le tapó la boca, se la llevó a su cuarto y la violó. Lo que queda de Ella, espera la sentencia.

Y si no es en la casa, es en la escuela. Ahora mismo el Ecuador habla de casi mil abusos sexuales en el sistema de educación público. La estadística dice que cada dos días, al menos un menor de edad, en particular niñas, son víctimas de violación en nuestro país. Allí donde los padres dejan a sus hijos ‘para que los formen y sean personas de bien’, hay maestros que tapan las ventanas de las aulas, violan niños y niñas, y algunos son tan audaces que filman para vender y ganar dinero con pornografía infantil. Otros, igual de siniestros, llevan a los pequeños a los baños y abusan de ellos, no una vez, sino varias.

En todos los casos hay exhibición impune de poder y amenazas para aterrorizarlos más: “Si hablas, matamos a tu mamá”. Y si los numerosos delitos se hacen públicos, “los colegas” profesores e inspectores tapan los hechos; los directores, preocupados por “el buen nombre de la escuela” y “el prestigio de la institución”, desechan las denuncias. Mientras tanto, los depredadores sexuales siguen campantes: sus hazañas de horror no logran movilizar al unísono a más de cien personas en un país que se jacta de tener 14 millones de creyentes que dicen, tan campantes: “Con mis hijos no te metas”.

¿Cómo se entiende que el hombre con el que una mujer duerme, la mate? ¿Cómo se entiende que el profesor, que debe educar y proteger, sea el violador del niño o la niña en el aula? No es nuevo ni es de ahora, y es claro que se trata, siempre, de un tema de poder. Uno que somete a otro, más pequeño; uno que vulnera a otra, más vulnerable; uno que al otro no es capaz de verlo como un igual.

La patriarcal, machista y apostólica sociedad nacional del siglo XXI, es cruel y violenta, pero no lo quiere admitir; enseñó a unos a mandar y a otros a obedecer, enseñó a unos que tienen ‘derecho’ a poseer el cuerpo de otros o arrasar con ellos sin pena ni culpa, o tomarlos y deshacerlos como propiedad.

La pensadora feminista Alda Facio dice que se trata de diez mil años de patriarcado: contra ese imperio, el más duradero de la historia, es que estamos luchando las mujeres y hombres feministas que creemos en la igualdad y en los derechos.

“Machitos con chiquitos”

La experiencia dice que hay unas personas con mayor riesgo de vulnerabilidad que otras: esa vulnerabilidad es mayor cuanto más femenino y empequeñecido, cuanto más sin poder y más noble es el ser sujeto violentado. La vulnerabilidad es una debilidad y la debilidad es “femenina” (el ‘sexo débil’ ¿recuerdan?). ¿Quiénes son los vulnerables?, ¿quiénes son los débiles? Las mujeres, que jóvenes o adultas, vulnerables son por igual: la mayor cantidad de víctimas de violencia sexual son mujeres. También son extremadamente débiles los niños y contras ellos se ensaña la brutalidad del patriarcado. Y están los gay, muy cercanos a la mujer, porque son igualmente vistos como ‘inferiores’; y lo mismo las trans, la mayoría hombres que mutan a mujeres porque así se reconocen.

Hay que volver a mirar, pues, por qué y cómo son asesinadas las mujeres trans: sus cuerpos son territorios acuchillados y sodomizados para la venganza machista que no perdona su transformación en femenino, es decir en deseo. Y el poder, lo que desea, debe destruir. Se llame gobernante enfermo de poder, o pareja infame que dice “es por amor” a la más canalla de sus acciones.

En la sociedad ecuatoriana hay fuerte devoción por el castigo y una enfermedad no reconocida, que es la dominación y el autoritarismo. Desde el gran patriarca (tuvimos diez años de prepotencia y abuso de un solo hombre que gobernó al país como evidencia de esos muchos hombres abusivos y prepotentes que cría la sociedad ecuatoriana), hasta el pelafustán que cachetea a la adolescente porque no le permite ver su celular. Y mientras más feminizada y femenina sea la víctima, la brutalidad alcanza niveles insospechados que, luego, se naturalizan: “Por algo habrá sido” o “No te metas, no es con vos”.

¿Podemos pedirles perdón?

Alguien debe pedir perdón en este año, en este siglo. Ese pedido de perdón general, en nombre nuestro, no envilece ni nos hace culpables. Y como urgente es pedir perdón a las centenares y miles de mujeres víctimas de femicidio y a los miles de niños y niñas abusados sexualmente, es esencial revalorizar lo que el Ecuador olvidó, de tan enajenado: Hay que volver a vivir, pensar y sentir, ‘desde el otro lado’, del lado de la sociedad, la ciudadanía, y ante todo, de las víctimas. Es hora de sentir la vida poniéndose en sus zapatos y mirar al mundo desde su realidad; no desde la transversalización del miedo mutado en costumbre.

Y, finalmente, es hora de solidarizarnos con esas familias quebradas y escolares que sobreviven en estados de depresión que jamás creímos que la infancia ecuatoriana sufriría: el suicidio no puede ser nuestro destino. Es hora, pues, de solidarizarnos como si ellas y ellos fuesen damnificados de terremotos de diez grados en escala Ritcher, sobrevivientes de hecatombes, cada 24 horas. Es hora de solidarizarnos otra vez, con hechos y sin fisuras, como mujeres y hombres que un día amamos la inocencia de un país pequeño, como hijas o padres, como amantes de un tiempo ya pasado ¿que siempre fue mejor?, para que la risa sea, otra vez, regalito navideño en el espejo de los inocentes, no la impune risa del canalla ni la sardónica sonrisa del olvido.

Amelia Ribadeneira y Alexis Ponce

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1 comment

  1. Jaime Balarezo
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    Excelente artículo que nos recuerda nuestro grado de responsabilidad por los silencios cómplices con los cuales dimos más poder a los delincuentes disfrazados de docentes o faamilias. Felicitaciones

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