Narcos: la glorificación a través de series y películas es pan de cada día

Narcos: la glorificación a través de series y películas es pan de cada día

diciembre 12, 2017
in Category: Análisis jurídico
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Narcos: la glorificación a través de series y películas es pan de cada día

A propósito de la presentación de la tercera temporada de la serie Narcos, producida por Netflix, es oportuno compartir un conjunto de reflexiones e inquietudes vinculadas con la potencial o real influencia de la producción cinematográfica en la sociedad, en especial, alrededor del tema del narcotráfico y los narcos.

De Narcos vale destacar, al menos, tres hechos. El primero se relaciona con el asesinato de Carlos Muñoz Portal, cineasta dedicado a la búsqueda de locaciones para filmar la cuarta temporada de la serie Narcos. Muñoz fue acribillado en un paraje rural en el estado de México, cerca de la frontera con Hidalgo, una de las zonas más golpeadas por la violencia narco. Segundo, tras la muerte de Muñoz, el hermano de Pablo Escobar, Roberto de Jesús Escobar Gaviria –antiguo contable del cartel de Medellín y heredero de los derechos de imagen de su hermano–, en una entrevista para The Hollywood Reporter, demandó a Netflix por mil millones de dólares por el uso no autorizado del nombre de su hermano. Según Roberto Escobar, los derechos le pertenecen a la compañía Escobar Inc. y advirtió a Netflix: «No quiero a Netflix ni a ninguna otra productora de cine filmar ninguna película en Medellín o Colombia que se relacione conmigo o con mi hermano Pablo sin la autorización de Escobar Inc. Es muy peligroso. Especialmente sin nuestra bendición. Este es mi país». Además, amenazó con «cerrar su pequeño show, si no recibe dicha cantidad». El reclamo pretende “fundamentarse” en los derechos de imagen. Finalmente, Escobar sugiere a Netflix que, para su seguridad, contrate a sicarios para el rodaje en México (El País, 10-09-17).

Los abogados del hermano de Pablo Escobar, de la firma Browne George Ross LLP, recuerdan: “estamos en conversaciones con ellos a través de nuestros abogados para obtener nuestro pago de mil millones de dólares. Si no lo recibimos, cerraremos su pequeño espectáculo”.

Tercero, Sebastián Marroquín, hijo de Pablo Escobar, no solo cuestionó a Netflix por cometer errores históricos, sino por presentar una imagen equivocada de los capos del crimen organizado. Marroquín declaró públicamente lo siguiente: “todos los días recibo docenas de correos de niños de todo el mundo que dicen que quieren ser como Pablo Escobar porque vieron Narcos”.

La importancia de este fenómeno explica el interés del Senado mexicano, de finales del 2016, por tratar de legislar para evitar que, en horario triple A (de máxima audiencia), se transmitan series con alto contenido de violencia, por considerar que “promueven la apología de la violencia y hacen ver al narcotráfico y sus actividades como un modelo de vida operacional”, esto es aquella persona que se identifica con lo que puede llegar a ser, sin tener en cuenta si es realista el camino para conseguirlo.

En relación con el efecto de estas series y cualquier otro tipo de géneros televisivos o cinematográficos, el diario mexicano El Mañana, de Nuevo Laredo, señala que es muy remota la posibilidad de que la violencia en la televisión provoque violencia en los televidentes, ni imitación directa e inmediata e, incluso, que los televidentes se involucren en el crimen organizado (El Mañana, 15 de septiembre de 2017).

En el ámbito de la literatura se destacan dos novelas colombianas llevadas al cine: La Virgen de los sicarios de Fernando Vallejo y Rosario Tijeras de Jorge Franco. Los filmes presentan una versión menos violenta que otros textos, al enfocar el lado humano-romántico de estos personajes. De esta manera, pretenden minimizar el carácter violento del sicario y el ambiente de caos que se vivió en Medellín, por los actos terroristas del narcotráfico.

Ahora mismo es posible acceder a la galería de propuestas que presenta Netflix: diez películas, series y documentales sobre narcos. Entre los títulos en el servicio en streaming, se encuentran El señor de los cielos; películas como El Infierno; series como Narcos y El Patrón del Mal, cuya temática central es la vida del colombiano Pablo Escobar. La película Traffic ganó cuatro Óscar, incluyendo mejor director y mejor actor de reparto. La teleserie El Capo ha sido ampliamente difundida y comentada por diversas audiencias, por cierto, con un notable éxito de compras y ventas.

El reciente festival de Venecia presentó la nueva película de Fernando León de Aranoa: Narcos y Loving Pablo, con los españoles Javier Barden y Penélope Cruz, como protagonistas principales.

La estrategia de adaptación con la que opera la internacional Netflix a las preferencias de la audiencia -como es común a las otras cadenas televisivas- busca un mayor impacto fuera de lo inmediato y lo local.

En este contexto, Pablo Escobar se ha convertido en una oscura leyenda de ficción. En lo que va del presente siglo, este personaje ha inspirado obras de literatura, cine, televisión y hasta videojuegos. Escobar es motivo de inspiración, idealización o referencia para determinados grupos sociales o etarios.

Esta diversidad de obras alusivas al narcotráfico vuelve a plantear la existencia de un grave y profundo problema relacionado con la posible o real incidencia de este tipo de producción en la sociedad contemporánea, en especial, en los adolescentes y jóvenes. Estos problemas pueden resumirse en las siguientes preguntas, como señalan Corsi y Peyrú, en su texto Violencias sociales (2003, pág. 28).

“¿Estas narcoseries son un nuevo tipo de “entretenimiento” mediático que pretende reproducir la realidad, ser reflejo o un espejo de lo que sucede en la realidad y a la vez ser una advertencia, o mecanismo de prevención frente a situaciones de violencia?

“¿Contribuyen o incentivan la formación de falsos imaginarios, de una subcultura de violencia que representa un estilo de vida de éxito, que glorifica la violencia y transforma a los narcotraficantes en héroes, en referentes o arquetipos de vida, cuyos efectos probablemente incrementan la sensación de inseguridad o el temor a ser víctima?

“¿Se trata de una apología de las hazañas de sus protagonistas, que ayude a leer la propia realidad social, que genere reflexiones sobre sus causas y efectos, enraizados en la deshumanización del hombre?

“¿Estos programas acaban por transformar la realidad en un verdadero espectáculo a través del tratamiento de textos, imágenes, audio, que crean o construyen imaginarios y estereotipos favorables?

“¿El privilegio de imágenes violentas produce en los usuarios un efecto de naturalización e insensibilización, que lleva a aceptar los comportamientos violentos como algo natural y pertinente en la vida cotidiana?

“¿Las narcoseries son un mecanismo de entretenimiento que corre el riesgo de hacer apología a la violencia y el delito, de ensalzar a personajes malvados que han generado miles de víctimas con sus estructuras criminales?”.

A las preguntas destacadas se agregan las que por ejemplo propone el sociólogo Christian León al sostener que las narcoseries exponen una espectacularización de la violencia. “Se explota la narcocultura, con sus relatos y mitos, pero los medios, a través de estas producciones, también procesan las preocupaciones sociales, históricas, y políticas de Colombia, a través de un discurso con la violencia y el narcotráfico”. León añade que, con la internacionalización de los formatos también se exportan los imaginarios de Colombia en el exterior y a la vez se generan estereotipos y generalizaciones de una sociedad. Sin embargo, no considera que influyan en los valores del televidente. Si bien “construye relatos del narcotráfico, muestra algo, pero también oculta mucho, por lo que es una construcción estereotipada” (publicación en diario El Telégrafo).

Según Jenny Pontón, investigadora en temas de género, la inclusión de mujeres plantea que los protagónicos de las narcoseries no empoderan la imagen de la mujer ante los medios. “Simplemente asume los comportamientos de alguien que está dedicado a esa actividad ilícita, y muestra una imagen de la mujer colombiana que no es la real”. Añade que estas series reproducen los estereotipos de género, al mostrar «al macho violento y la mujer objeto», por lo que, como producto cultural, sí ejercen una influencia negativa”.

El dramaturgo y guionista Peky Andino considera que la producción de narcoseries no tiene un límite, porque se trata de un fenómeno social. “Aborda temas que se publican diariamente en los medios. Es una realidad que no se puede obviar y a la vez se convierte en una fuente de historias”. Señala que el fenómeno del narcotráfico, además, forma parte de la cultura (o más bien contracultura) de masas. Según Andino, no va a detenerse la producción de narcoseries por un tiempo indefinido. Para el diario El Telégrafo declaró que las narcoseries “son entretenimiento, pero se corre el riesgo de hacer apología a la violencia y del delito. Tienen el peligro de ensalzar a personajes muy malvados que han generado miles de víctimas con sus estructuras criminales. Solo con hacerles una serie a personajes como Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha, ‘El Mexicano’, o al ‘Chapo’ Guzmán, de alguna manera se les está haciendo apología, y confundirá al público porque en nuestros países los niveles de educación son bajos aún y se los puede tomar como modelos”.

Reflexiones finales

Es un hecho irrefutable que las series de narcos han proliferado abrumadoramente en la televisión comercial latinoamericana y por cierto ecuatoriana. En la mayoría de los canales y plataformas, abundan los programas que tratan directa o indirectamente este tema y que dramatizan la vida y las actividades de quienes se involucran en él.

A partir de la revisión de los estudios realizados por la academia y de las intervenciones políticas, sobre el tema objeto de este artículo, es posible aseverar que el debate, por decir lo menos, es incipiente, tanto en el ámbito académico como en el político, probablemente se deba a razones de complejidad metodológica o por los enormes intereses que encierra cualquier tipo de posicionamiento. Esto explicaría, en buena medida, la superficialidad con la que es tratada esta vinculación. Tampoco contribuyen a una comprensión cabal de su complejidad, magnitud y consecuencias, lo que limita la elaboración de sugerencias, políticas o medidas que lo enfrenten.

No es posible afirmar que la violencia y criminalidad existente en las sociedades son resultado de la intencionalidad y peor aún de la perversidad de los productores de programas en los que se presentan hechos o circunstancias violentas.

En el supuesto de que existiera una relación causal entre medios de comunicación y violencia, las consecuencias podrían ser graves pues conduciría a una censura radical en la producción y difusión de hechos relacionados con la violencia y la delincuencia. Pero si se acepta la existencia de una poderosa influencia mediática en la percepción y comportamiento de la población, las medidas se encaminarían a seleccionar y dosificar la información, particularmente a los públicos vulnerables a los que va dirigida. Y en el caso que se determine que los medios de comunicación no hacen otra cosa que reproducir la realidad “fielmente”, estos estarían liberados de cualquier tipo de responsabilidad sobre la violencia social y criminal.

Es necesario, como lo destaca De la Riva Barrientos, aprender a consumir los programas de violencia, lo que implica saber decodificar sus contenidos, reflexionar sobre sus impactos, antes que satanizarlos o adorarlos, y descubrir sus virtudes y defectos (Barrientos, Gabriela de la Riva, 2008 :177).

Los posibles efectos negativos se magnificarán en la medida en que seamos un público pasivo que acepta y asimila sin chistar las versiones ficticias y dramatizadas de lo que en la realidad se presenta de manera muy distinta.

Lautaro Ojeda Segovia

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