Drogas, éticas y derechos: Ecuador tiene que debatir sin prejuicios

Drogas, éticas y derechos: Ecuador tiene que debatir sin prejuicios

diciembre 12, 2017
in Category: Análisis jurídico
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Drogas, éticas y derechos: Ecuador tiene que debatir sin prejuicios

Como todos los países latinoamericanos, Ecuador se halla atravesado por la presencia de drogas que afectan su existencia cotidiana, su política nacional e internacional y su economía. Sobre todo afectan sus éticas y sus estéticas.

Éticas plurales que marcan las diferencias entre el poder social, el gran  traficante, el microtraficante y el usador. Las éticas de los poderes políticos se ubican preferentemente en la orilla del juzgamiento legal, moral e ideativo. Desde allí, las drogas pertenecen de manera inequívoca al orden del mal.

Sin embargo, el tema de la ética no es unívoco. Todo lo contrario, es eminentemente polisémico porque, aunque se haya creado un discurso oficial, esa oficialidad de ninguna manera destruye las diferentes apreciaciones que los grupos han construido sobre las drogas en general, sobre cada una de las sustancias, en particular, sobre la marihuana.

Por otra parte, rara vez se enfoca el tema de los usos de drogas desde los usadores y sin la mediación de aquel acervo de juicios previos y de prejuicios que constituyen el armazón que sostiene los discursos oficiales. De ahí que el tema de las drogas se sostenga no precisamente en el afán de entenderlas en su inmensa complejidad, sino en la simpleza tanto de su maldad como de la necesidad urgente de su eliminación. El paradigma mundial de esta simpleza se denomina guerra a las drogas. Cuando se declara una guerra, los combatientes poco o nada saben de las razones de la misma, simplemente pelean, matan y mueren por razones que desconocen y que les son absolutamente ajenas.

De hecho, todos los Estados se han propuesto eliminar las drogas a como dé lugar. La guerra a las drogas incluye tres momentos absolutamente simples, con una simplicidad que posee características de aberración significante. La producción, el tráfico y el uso constituyen tres momentos de la construcción lógica que justifica la guerra a las drogas, pero que no implican que hayan sido elaborados como representaciones sociales incorporadas al saber y al decidir de los sujetos pues pertenecen únicamente al poder.

Tres momentos ciertamente importantes, pero demasiado simples pues  reducen la inmensa complejidad de las drogas a una linealidad causal que se cae por sí sola. Ello explica el fracaso de casi todo lo que se ha realizado en esta guerra. No se ha querido ver que este terreno se halla absolutamente minado no precisamente por el narcotráfico sino por algo mucho más imperativo y complejo: minado por el deseo, el placer y el sufrimiento. De ahí su fracaso absoluto.

¿Qué es lo que intenta abordar y entender el discurso político? A veces casi nada porque todo él se halla atravesado por categorías demasiado moralistas como para abordar una realidad que, sin dejar de ser ética, es también social, psicológica y económica.

Acá lo económico no se refiere exclusivamente al tema dinero. Se refiere ante todo a las economías desiderativas y afectivas que ponen en juego tanto los usadores como el poder político. Se produce, pues, un enfrentamiento de realidades en sí mismas irreductibles. Estas realidades toman el nombre común de deseo. Los traficantes, los usadores y el Estado actúan desde  deseos irreductibles entre sí.

El país exige que se construyan nuevas certidumbres sobre las drogas. Sin embargo, esta tarea resulta ciertamente imposible si no se toman muy en serio las innumerables incertidumbres que se hallan en el núcleo mismo del tema de las drogas como, por  ejemplo, la gran incertidumbre del deseo y de placer. Parecería que en la actualidad resulta absolutamente inconsistente y vacua la ética que juzga la complejidad del mundo y de sus culturas desde la orilla del bien y del mal. Y, por desgracia, el tema de las drogas, en tanto usadas, se sustenta en un conflicto absolutamente ético-político. Toda política es, primero y ante todo, una ética del bien-estar de los ciudadanos.

En la actualidad ya no sirven las generalizaciones. Es necesario realizar distingos que permitan abordar el tema de las drogas desde el universo representacional y emocional de los usadores, particularmente de chicos y muchachas. El valor de significación que posee la droga para el productor, el traficante y el policía casi nada tendrá que ver con el sentido que se da a un porro compartido por un grupo de colegiales.

Por otra parte, los usos nunca son unívocos. Aunque se use la misma marihuana, las demandas que cada usador hace a la sustancia en un momento dado serán siempre distintas. A esto se podría denominar brecha de sentido que se convertirá en una suerte de obstáculo epistémico cuando se trata de entender los sentidos de los usos. Esta brecha de sentido ha sido prácticamente negada en los actos llamados de prevención.

Distinciones sistemáticamente desconocidas por los poderes fácticos porque van más allá de su objetivo específico que no es otro que la eliminación de las sustancias. Sin embargo, estas distinciones hacen que se descubran y se asuman las complejidades, los misterios de los usos.

No se cesa de hablar de la materialidad de las drogas y de los usos y sus consecuencias como si se tratase de una fatal relación causa-efecto. Esta posición simplista ha hecho mucho daño a las sociedades, a los poderes políticos, pero sobre todo, a los usadores que se presentan desprotegidos ante el poder. ¿Qué pueden hacer, de qué manera podrían defenderse los chicos y muchachas ante los policías que revisan sus mochilas o ante los perros que husmean hasta su intimidad? ¿Qué acontece ahí con el tema de los derechos y de la intimidad? Finalmente se criminaliza de igual manera a las drogas, a los traficantes y a los usadores despojados de sus derechos.

En estricto rigor, cada día se construyen nuevas actualidades lexicales y discursivas en la convivencia social. Nuevas actualidades, nuevas interpretaciones del mundo. Desde el poder, fácilmente se desconocen o se niegan estas realidades que; sin embargo, constituyen el corazón de la vida cotidiana.

Para entender el presente es necesario mirar el pasado, sobre todo mirar el futuro. El poder (familiar, escolar, político) difícilmente realiza ese ejercicio de pensar en el futuro, un futuro que no sea la repetición del presente. Siempre fue falsa, pero nunca más falsa que ahora, aquella afirmación de Bécquer: “Hoy como ayer, mañana como hoy. Y siempre igual”. No, el presente no es igual al pasado ni el futuro será la continuación o replica de este presente que se va inevitablemente como el agua en el cuenco de las manos.

Muchas cosas se han hecho para enfrentar el tema del uso de drogas en las nuevas generaciones. ¿Cuál ha sido el resultado? Exiguos, pobres resultados. ¿Por qué?

La primera y fundamental razón se halla en el hecho de que todo el discurso sobre las drogas se halla marcado por la negación del sujeto tras la máscara de las drogas. Este ocultamiento ha determinado que la lucha contra las drogas se convierta en guerra a los sujetos, usadores o no. Es cierto que las leyes no consideran al uso como un delito. Sin embargo, en la práctica, el usador es tratado como alguien que bordea los límites de lo delictivo y de una enfermedad que, para muchos, exige la reclusión en un centro de tratamiento en el que es, ha sido y seguirá siendo tratado como una cosa, un delincuente o, en el mejor de los casos, un enfermo incurable.

En el último tercio del siglo pasado, el mundo académico se planteaba el tema de la verdad. Los trabajos de Foucault sobre la sexualidad fundamentalmente fueron trabajos sobre la verdad. “¿Qué sucedió en Occidente para que se plantee la cuestión de la verdad a propósito del sexo?” (Foucault, M., Dits et ecrits, Paris, Gallimard, 1994, T- III, p. 312): Se preguntaba”: ¿qué nos ha acontecido que hemos colocado en las drogas las grandes interrogantes sobre los sentidos de las nuevas generaciones?

La verdad que construimos sobre las realidades sociales se basa en percepciones y en un sistema de valores. El poder analiza las realidades sociales desde la ideología que sostiene su posición política. Con frecuencia, los prejuicios sociales se convierten en el cimiento de los saberes y de las acciones del poder. Desde ahí el poder legisla, transmite saberes, juzga y castiga (Foucault: Vigilar y castigar).

En estos sistemas, la verdad se sostiene en la repetición. Sin embargo; cuando se trata de abordar temas tan complejos como el de las drogas, es indispensable reconocer que la verdad no consiste en la reproducción de la realidad sino en la producción de nuevos saberes.

Este aspecto es de suma importancia pues los sujetos y las sociedades de hoy no son los mismos de hace una década. Son otros chicos y muchachas, otros niños. Esto no se toma en cuenta cuando se habla de drogas. Posiblemente el colegio (el sistema educativo) sea el que menos ha cambiado en la historia del país.

Hay quienes están seguros de que la verdad es lo que se ve en la realidad. La percepción es apenas el camino, no al descubrimiento de la verdad, sino a su construcción. La verdad no existe: debe ser perennemente construida. La marihuana de los muchachos de hoy no es la misma que usó la generación de sus papás. Esto es precisamente lo que diferencia a una generación de otra.

Como decía Foucault, el poder no consiste en vigilar y castigar. Hay que reconocer que no han desaparecido las ideas, actitudes e incluso políticas de carácter eminentemente panópticas. Todavía se cree que vigilando y castigando se superan los problemas sociales.

También se debe reconocer que, en lo que respecta a los usos de drogas, no ha desaparecido esta idea panóptica tanto para controlar el fenómeno como para castigar a los violentadores de las leyes. Las leyes contra las drogas, en lo que tiene que ver con los usadores, no están llamadas precisamente a evitar su uso mediante sostenidos procesos educativos, sino más bien a juzgarlo y  castigarlo. Esa sería una de las razones de su fracaso.

El análisis de cualquier fenómeno social exige que se retorne al tema del sujeto. Cuando una sustancia (marihuana) entra en relación con el sujeto usador, deja de ser cosa pura para convertirse en un núcleo de significaciones producidas por cada usador. Y he ahí el inicio y el corazón de la complejidad  porque eso que acontece al sujeto en su deseo y en su actuar, en gran medida, pertenece al misterio.

Hablar del sujeto exige miradas teóricas desde la psicología, la sociología, la política. Ya no es dable que en lugar de estas reflexiones se ingrese a un establecimiento educativo con policías y perros para salvar a las nuevas generaciones del mal de las drogas.

Pensemos que cuando se habla del sujeto, se toca las puertas del misterio y de la complejidad. ¿Sabemos en qué consiste ser muchacho o chica en el 2017? Tal vez seguimos pensando que nada ha cambiado y que siguen siendo los mismos de hace cinco o diez años. En cada uso se daría un proceso de representación del sujeto como tal, una suerte de exposición, de afánisis, antes que su ocultamiento.

Cuando se escuchan los discursos que elaboran las nuevas generaciones sobre las drogas y sus usos, casi de manera inmediata se descubre que los sentidos exceden a toda posibilidad de análisis desde unidades de análisis pasadas porque en esos decires se hallan implicados de manera casi absoluta los sujetos, sus tiempos y sus interpretaciones del mundo.

He aquí una de las grandes complejidades que encierran los usos. Complejidades que son desconocidas e incluso negadas tanto en los denominados procesos educativos como en aquello qué tendría que ver con la prevención enclaustrada en una información que se sostiene en el bien y el mal.

No es fácil aceptar que en una fiesta, para no pocos usadores, la droga dejaría de ser cosa para convertirse en metáfora, en registro significante cuya complejidad suele rebasar los comunes procesos de interpretación. La presencia de esta complejidad ha determinado que la relación desde el poder se quede casi exclusivamente en lo punitivo.

Desde los discursos oficiales, las drogas han terminado produciendo una suerte de afánisis del sujeto, su desaparición, tras formas lexicales como drogadicto, drogo-dependiente, consumidor, fumón. Estos calificativos  sirven para ubicarlo en la sociedad y podrían terminar convertidos en una suerte de signo de Caín.

Es fácil hablar de las adicciones y de los adictos, sobre todo, cuando no se dice nada del sujeto, de ese sujeto enredado en sus propias representaciones y en el complejo discurso sobre la felicidad, el placer, el goce y la inmortalidad que hace al mundo contemporáneo.

Tempranamente, las nuevas generaciones descubren que el mundo no es color de rosa y que la felicidad no está de venta en los estantes de los centros comerciales. Ni que tampoco les llega en los discursos del poder que les ofrece toda salvación. Se podría pensar que muchos de los usos conflictivos se producen justamente como efecto de este descubrimiento. ¿Por qué no buscar en la marihuana aquello que les ofreció el Estado y que nunca les dio? De igual manera  también las ofertas de amor, respeto, equidad realizadas en la familia.

La verdad de que ningún deseo puede ser satisfecho de manera absoluta se convierte en la cimentación de nuestra existencia. A veces, el uso de drogas pretende desconocer esta verdad. Justamente, la adicción podría entenderse como ese intento fallido de poseer un placer inacabable, o como una estrategia para ahuyentar de la vida al sufrimiento y a la muerte.

Y la totalidad de esa población joven actual forma parte de un mundo en el que están presentes las drogas. Sin embargo, la inmensa mayoría de esa población joven no usa drogas. Sencilla verdad que ha sido o ignorada o quizás vilipendiada en tanto no forma parte del discurso unívoco sobre las drogas.

Cuando no se rescata y se exalta la sencilla placidez de los goces de la vida cotidiana, para algunos no sería nada complejo ahogarse en el atrapante placer de alguna droga.

Rodrigo Tenorio Ambrosi – Filósofo, sicólogo clínico, investigador social

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