Elisa: “fue mi pareja quien me metió en el tráfico de drogas”

febrero 4, 2018
in Category: Casos
0 350 1
Elisa: “fue mi pareja quien me metió en el tráfico de drogas”

Me llamo Elisa y soy ecuatoriana. Más que hablar de mis errores quiero contar la historia de cómo me siento ahora, de cómo he mejorado y cómo pienso seguir adelante, pero entiendo que para comprenderlo todo debo hablar de mi pasado.

Lo dejo claro desde el principio: me han llevado presa en tres ocasiones. La primera vez en el año 2011 por drogas; la segunda en el año 2012, pero tuve arresto domiciliario porque tenía a mi niño pequeño, y como me fugué, me tomaron presa esta última vez, hace 384 días. Al principio me llevaron a la cárcel de El Inca, luego a la de Latacunga, pero hace poco me trajeron a aquí, a la Casa de Confianza. Dicen que cuando una está presa se pierde la cuenta de los días, pero yo no. Tengo 30 años y solamente estudié la primaria, pero sé cómo llevar la cuenta. De los 384 días presa, llevo 19 en la Casa de Confianza.

Me avergüenzo de haberme fugado esa vez que estaba con arresto domiciliario, me fugué por tres años y fueron horribles, los peores de mi vida. Me volví totalmente paranoica, y solamente alguien en la misma situación podría entenderlo. Todo el tiempo escondida, con estrés y preocupación cada que veía a un policía, sintiendo que la gente me reconocía en la calle, etc. Y encima de eso, en todo ese tiempo no pude ver a mis hijos. Lo mejor de esa época fue haber encontrado algo a qué aferrarme, mi fe y la ayuda de Dios me ayudaron a reunir el coraje que necesitaba para ir a la Policía a entregarme, y por fin acabar con esa vida.

Hoy es Dios el único dueño de mi vida, y me siento mucho mejor. Aunque estar presa nunca es fácil, estar en la Casa de Confianza es mejor, es menos doloroso. He aprendido mucho y he sacado cosas positivas, me ha ayudado a reflexionar sobre mi vida, lo que quiero y lo que no. Es raro eso de la droga, es una pelea constante, es como mi voluntad contra mi voluntad, es saber en lo que uno se mete pero a la vez no darse cuenta de nada.

Fue mi pareja quien me metió en el tráfico de drogas. Con él tengo una hija, la menor, pero ya no estamos juntos, nos separamos durante el proceso jurídico. Él también estuvo preso en Latacunga, pero ya salió. Aparte de él, no me queda familia. Mejor dicho, tengo familia pero no me quieren cerca. Les causé mucha vergüenza y desilusión cuando vendía drogas. Todo el mundo lo sabía y mi familia se avergonzó mucho. Mi padre fue muy duro, me dijo que si no terminaba presa, terminaría muerta. Y tuvo razón, aquí estoy. Antes de caer, pensaba en las mujeres que estaban presas porque sabía que me iba a suceder a mí, pero jamás lo imaginé tan duro.

Hoy me arrepiento de eso, sin embargo, procuro enfocarme en lo positivo. Solo pensar en salir me trae buenos sentimientos. De hecho, acabo de recibir buenas noticias sobre mi prelibertad, así que estoy emocionada por eso. Cuando salga, me gustaría trabajar en costura, belleza o algo parecido, hacerle frente a la vida.

Antes en la cárcel no me sentía tan bien. Ahora en la Casa de Confianza me siento bien. Me siento guapa y bonita, pero al principio no era así. Cuando recién llegué no quería ni bañarme. Ahora es diferente, aquí es diferente. Aquí incluso, podemos hacer cosas que en la cárcel no. Podemos arreglar y coser un poco los uniformes, aunque en realidad está prohibido. Podemos conseguir maquillaje y arreglarnos, aunque creo que no es permitido. Estar aquí me permitió subir un poco mi autoestima y valorarme. Ahora estoy convencida de que puedo lograrlo todo, y todo lo que necesito está aquí. A veces reflexiono para sobresalir, y sé que siempre tendré que vivir con el estigma de la cárcel, que siempre seré “Elisa, quien estuvo presa por drogas”, pero puedo con eso.

Aún no salgo, así que podré preocuparme de eso luego. Ahora me encuentro bien, aquí me llevo bien con mis compañeras. Hay tolerancia porque debe haber, si no, nos matamos. Hay buenas personas, y otras que no son siempre la mejor influencia, muchachas que salen y vuelven por ejemplo, mujeres que no tienen la fuerza de corazón para arrepentirse. Pero yo sé que no voy a volver, encontré la fe y ahora lo único que temo es el juicio de Dios.

Yo hablo con todas mis compañera, pero no me siento íntima de nadie. Nunca se saben las intenciones que pueden tener, así que amigas no tengo realmente. A veces hay peleas entre internas, por los chismes, malentendidos o envidias. Hay que tener cuidado pero en general, las relaciones aquí adentro son solidarias, tanto entre nosotras como con las autoridades. Todo el personal es muy amable, flexible y comprensivo. Tal vez porque somos madres son más condescendientes, porque todo es permitido mientras se quede entre nosotras. Y entre nosotras, somos muy generosas, existe mucho apoyo. Por ejemplo, hay unas pocas chicas que no reciben nada del exterior, unas ecuatorianas y otras extranjeras, y compartimos con ellas lo que nos traen, sin esperar nada a cambio más que el agradecimiento de Dios.

Soy sincera, en la Casa de Confianza hay ventajas. En la guardería la tratan muy bien a mi hija, y hasta la atención médica es mejor que la que le pude haber conseguido afuera. Y para mí también. Recibo muy buena atención médica y ginecológica, y tengo terapia psicológica que jamás podría pagar afuera. Además, trabajo un poco y participo en algunos talleres; creo que uno sí se puede rehabilitar aquí.

En general me siento bien, pero estoy aquí presa y no libre, así que es difícil y doloroso tener a mi hija pequeña, y además, no estar cerca de mis otras dos hijas. Tengo dos niñas de un compromiso anterior, una de 13 y otra de 15 años, pero el padre no les permite visitarme. Dice que soy una mala influencia, que la cárcel no es un lugar para dos niñas. El padre es una persona muy correcta, pero siento que me discrimina, que me ve como alguien bajo. Dice que tengo que esforzarme mucho para volver a ver a mis hijas. Esa separación me duele muchísimo y lloro cuando me acuerdo de lo que me dijo mi niña de 15 años: “Mami, me prometiste que no me ibas a dejar sola”. Tengo miedo de que ya no me quieran, creo que me están olvidando.

Tamia Brito

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.