Isabela: “aprendí a pensar en mi bienestar, y en lo que quiero para el futuro”

febrero 4, 2018
in Category: Casos
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Isabela: “aprendí a pensar en mi bienestar, y en lo que quiero para el futuro”

Soy Isabela, tengo 27 años. Nunca creí que alguien se interese mucho por la historia que quiero contar, pero ahora que es así, la voy a decir. Soy afroecuatoriana y antes llevaba una vida distinta a la de ahora. Caí presa por drogas cuando mi hijo menor tenía dos años y mi hijo mayor, seis; ahora tienen 3 y 7 años. Pasé cinco meses en la cárcel de El Inca antes de venir aquí, al sur de Quito, a la Casa de Confianza de Chillogallo.

Me acuerdo del viaje, hace un año más o menos, fue tranquilo, con otras mujeres sin ninguna complicación. Llegar a este lugar ha sido mi oportunidad de comenzar un nuevo tiempo, me siento muy afortunada por eso, pero falta mejorar. Ahora que alguien se interesó en mi historia, me gustaría contar lo bueno y lo malo, las cosas por las que estoy agradecida y las que creo que deberían cambiar. Ahora que a alguien le ha dado por escucharme, quiero aprovechar.

En la Casa de Confianza, todas podemos trabajar. Eso nos permite ganar lo suficiente para mantenernos; de hecho yo aprendí a trabajar aquí. Empecé a pintar uñas, a hacer hamacas y a hacer fundas también. Con esas tres actividades gano más o menos 50 dólares al mes; por ejemplo, por cada 1000 fundas gano cuatro dólares. Las hermanas que trabajan aquí me ayudan vendiendo mis hamacas afuera, y también comprando los materiales para seguir pintando uñas y haciendo hamacas. A veces, hay problemas porque se tardan un par de semanas en pagar, y ahí me complican bastante, y sin embargo me siento útil, puedo proyectar mi futuro, afuera solo sabía vender drogas.

Aquí he cambiado para bien. He moderado mi carácter y hablo más suave, siento que ahora soy más educada, leo libros y aprendí a compartir con las demás. También encontré la ayuda de Dios y leo la biblia. Aquí podemos ser femeninas, todas quieren ser bonitas, maquillarse y arreglarse, y ahora yo también. Es importante que nos sintamos bien, lindas con nosotras mismas y nuestros cuerpos. Antes me sentía como un macho porque yo mandaba a toda la familia y mi exesposo se volvió irresponsable e inmaduro. Además, por la droga, mi piel y mi cuerpo estaban afectados.

Aquí, las drogas son uno de los peores problemas. Algunas internas consumen, y como yo he sido adicta, me afecta mucho percibir el olor y ver a otras personas consumir, porque incita. Tengo una adicción y me cuesta dominar mis envidias. Hace un año que no toco drogas y me da mucho miedo de caer otra vez en ese mundo. Lo bueno es que aquí he aprendido bastante con ayuda del sicólogo. Aprendí a ser consciente, a restringir mi consumo poco a poco, a pensar en mi bienestar y a tomar más en cuenta las necesidades de mis hijos.

Creo que deberían tomar medidas drásticas contra las que consumen, pero no es solo por mí, es por los niños que también viven aquí. Los exponen a las drogas, por eso me he quejado tanto, pero aun así no ha cambiado nada. A los niños los dejan vivir junto a sus madres, pero según la norma, los niños no pueden quedarse más allá de los tres años. Sin embargo, muchas internas tienen a sus hijos hasta los seis años. No sé si ya lo dije, pero mi hijo menor está conmigo. A veces me dice “¿cuándo nos vamos de aquí mami?” y me duele muchísimo, pero al mismo tiempo siento que me da la fuerza de luchar para jamás volver a un centro de privación de libertad.

He escuchado de Latacunga, la gran cárcel regional. En este lugar, hay muchas mujeres que han pasado por allí, y todas dicen que es horrible. Yo ruego a Dios que me permitan quedarme aquí sin tener que pasar por Latacunga, me da mucha ansiedad pensar que me podrían trasladar allá. No sé qué haría con mis hijos. Mi hijo mayor vive con mis suegros, pero aparte de que no tienen los recursos para acogerlo, mi hijo los odia. Si me llevan, mis únicas opciones serían las hermanas que nos apoyan aquí, o una congregación de estadounidenses que tal vez podrían hacerse cargo de ellos. El padre de los niños no es una opción, es demasiado inmaduro y tampoco tiene recursos económicos como para asumir los gastos. Si me llevan a Latacunga, en serio no sabría qué hacer. Sé que es mi responsabilidad pensar en todo eso, porque soy madre. Las mujeres que somos madres y que además estamos privadas de libertad somos valientes, eso nunca lo duden. Somos mujeres que podemos combatir cuando es necesario, contenernos en los otros casos, y que jamás nos sentiremos derrotadas, porque después de estar presas todo se puede superar. Aquí, soy madre antes que nada y pienso mucho en mi familia.

Sin embargo, me duele muchísimo que mis suegros no traigan a mi hijo mayor, y no sé bien porqué no lo hacen, pero su ausencia me pesa. Mis padres tampoco me visitan, sin embargo, estoy en paz con ellos. Decidí perdonar a mi padre, no diré porqué pero me siento más tranquila desde que lo hice. Aparte de ellos, no tengo a nadie más, ni amigos ni familiares. Tengo un novio que viene de vez en cuando, pero él ve a otras chicas y yo no tomo esa relación en serio, solo es un poco de compañía.

Dije que mi hijo está bien aquí. Pensándolo bien, puedo decir que está bien como para estar viviendo aquí. Al final de cuentas estamos encerrados por mi culpa. Por las mañanas, mi hijo se va a la guardería con los demás niños, y le encanta; por las tardes y los fines de semana pasa conmigo. La atención médica que recibe es muy buena, y mi hijo se ve saludable. Lo malo es que mi hijo está bien alimentado durante la semana, recibe como 5 comidas al día, sin embargo, los fines de semana que está conmigo, compartimos la comida y a veces nos quedamos con hambre. Aparte de eso, supongo que a veces se dan problemas entre las madres que tienen niños que se pelean, yo no me meto porque creo que es normal que los niños tengan disputas.

Las mujeres que vivimos aquí nos llevamos bien. Las relaciones son agradables y respetuosas, pasa lo mismo con las autoridades: hay buenas relaciones. Para mí no hay preferencia de tratamiento, incluso la directora nos trata a todas iguales. Es verdad que algunas tienen amistad con las guías, pero eso no molesta, todas aquí sabemos que las peleas nos perjudican la prelibertad, así que no hay muchos conflictos. Lo que más genera peleas es que debemos compartir dormitorio entre bastantes personas, como 16 entre internas y niños, y cuando uno de los niños malcriados llora en la mañana, todas nos molestamos porque nos despierta. Además, por la cantidad de gente, falta el aire y hace mucho calor.

Solamente una vez tuve un problema con una guía. Hubo un chisme sobre mí y esta guía estaba convencida de que yo armaba una fuga, así que me hizo un parte o nota de comportamiento o como se llame, aunque nada de eso era verdad. Por ese papel pudo arruinar mi prelibertad, pero en buena hora la directora no lo tomó en cuenta. Aparte de ese malentendido, no he tenido problemas con las autoridades, de hecho esa guía ya ni trabaja aquí.

Con las internas tampoco he tenido problemas. Tengo muy en cuenta que son compañeras, no amigas. Como el dinero arruina amistades, aquí no hay amistades. No creo que la diferencia de recursos y de regalos que vienen desde afuera sea el problema, eso no provoca conflicto, son otras cosas. Por ejemplo, yo recibo muy poco de afuera, a veces mi exmarido me deja cosas pero nunca alcanza, así que antes le pedía a familiares de otras internas que me ayuden comprando víveres, les daba como 15 dólares y no me daban casi nada, así que no confío mucho. Si quiero confiar en alguien prefiero que sea el psicólogo, y cuando estoy deprimida, solamente me aíslo y así evito peleas.

A pesar de esas cositas, en general, estoy muy bien. Si algo falta, nos lo prestamos, y muy raras veces hay que pagar, pero el favor no se repite. Intentamos ser desinteresadas en sacar provecho de las demás, y somos madres todo el tiempo. Si me preguntan qué podría mejorar, diría que hacen falta espacios y actividades. Quisiera tener un comedor porque comemos en las camas y los niños se acostumbran a vivir así; y también, quisiera tener una piscina, tener un espacio donde nadar sería maravilloso. Tal vez el comedor no sea tan difícil, pero con la piscina sé que estoy soñando.

Tamia Brito

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