Cristina: “mi sueño, al salir de aquí, es tener mi propia empresa familiar”

febrero 4, 2018
in Category: Casos
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Cristina: “mi sueño, al salir de aquí, es tener mi propia empresa familiar”

Me llamo Cristina. Soy ecuatoriana, tengo 40 años y cuatro hijos del mismo padre. Con él nos separamos hace un par de años ya, también cayó preso, lo enviaron a Latacunga en el año 2008, pero nuestra relación no sobrevivió la privación de libertad. Me refiero a la de él, obviamente, porque yo estoy detenida como cinco años. Primero estuve tres años en la cárcel de El Inca, de ahí me enviaron a Latacunga por un tiempo, para después, cuando abrieron la Casa de Confianza de Chillogallo, traerme aquí.

Me acuerdo del día en el que me trajeron, fue hace un año y medio más o menos. Como cerraron la cárcel de El Inca, hicieron una lista de las mujeres que estábamos allí con nuestros niños, y nos trajeron aquí; casi todas pudieron venir. Viajamos sin complicaciones, no hubo ningún problema. Yo estoy con mi niño pequeño, tiene seis años y es el mayor en la Casa de Confianza. Pronto saldrá de aquí para empezar la escuelita y se irá a vivir con su abuela. Mis hijos mayores están bien. El mayor tiene 20 años, es independiente y vive con su novia. Mi muchacho de 15 años vive con la mamá de mi exmarido. Mi hija tiene 17 años y vive con el hermano de mi exesposo, pero esa familia dice que tiene que sacar buenas notas para ganarse el derecho a venir a visitarme, así que no la veo. Lo bueno es que pude conseguir un celular aquí, de forma clandestina, entonces sí hablo con ella todos los días.

Mis hijos están bien, yo estoy mejor, pero eso no quiere decir que no me duela estar separada de ellos. Sufro mucho por eso. Separarme de mi exmarido no fue complejo ni difícil. Solamente significó dejar de ser esposa, así que no me afectó, pero sigo siendo madre y no puedo ser una buena madre sin convivir con mis hijos. He perdido los primeros días de clase, he perdido las noches de dormir con mis hijos en época de lluvia. Tal vez por eso mi sueño, al salir de aquí, es tener una empresa familiar. Tal vez un cyber o una discoteca con mis hijos para que tengan de qué vivir y podamos compartir juntos. He perdido momentos, conversaciones y muchísimo más, de lo que no tengo ganas de hablar.

Perdónenme por cerrarme y llorar. Aquí las emociones siempre son muy fuertes. Las cosas se sienten diferentes. Es como que uno se desacostumbra de la vida normal, y ya no se sabe cómo son las cosas normalmente.

Por ejemplo, yo no sufro del rechazo de mis familiares, sufro del olvido. A mí me visitan de vez en cuando, pero la relación con mis familiares ha cambiado mucho. Me duele mucho por mi papá, especialmente, porque me siento culpable y me da vergüenza de que un señor mayor tenga que venir a un lugar como este a visitar a su hija.

O por poner otro ejemplo, me siento feliz porque ya cumplí el tiempo necesario para pedir la prelibertad; a la vez me muero del miedo de salir porque la vida afuera es una cosa muy diferente. Tengo miedo de los cambios, y del estigma social de ser una mujer que ha estado privada de libertad. Nos marca para siempre frente a la sociedad, somos denigradas por toda la sociedad. Nos categorizan como lo peor, y el rechazo es muy fuerte.

Antes de venir, yo ya pensaba en las mujeres presas porque sabía que me iba a pasar algún día. Traficaba drogas desde hace bastante, era cuestión de tiempo. Y en esa época también sentía el estigma social, porque todos sabían que vendía drogas.

Ya no tengo amigos afuera, pero en la Casa de Confianza me llevo súper bien con mis compañeras. Tengo una banda de amigas, un grupo de confianza y solidaridad con quienes somos muy cercanas; en general, me llevo muy bien con todas. Creo que por eso me han elegido dos veces por votación para ser la vocera de mi pabellón. Eso significa que me encargo de la comunicación entre las internas y las autoridades. Muchas dicen que yo tengo algunos privilegios por ser una de las internas más antiguas, pero yo creo que no es tanto así. Creo que es porque con el tiempo, obviamente, uno desarrolla relaciones con las guías, y algunas guías ya eran conocidas porque también estaban en la cárcel de El Inca.

Dentro de la Casa, la mayor parte del tiempo no se llama a las guías para arreglar problemas entre internas, si no que se arreglan a través de mí. De todas formas, las peleas no son muy frecuentes y se dan por unos temas muy específicos. El desorden de las celdas o el consumo de drogas son los temas que causan más problemas, yo no doy sanciones, asigno días de aseo y con eso las internas pasan tranquilas. ¿Cómo puedo imponer sanciones? No es posible, y me preocupo más porque somos madres y jamás se puede separar a una madre de su hijo. Por eso, mantenemos el respeto entre todas, tanto internas como guías y autoridades. En general no hay problemas, aunque para ser sincera yo tengo problemas personales con dos guías. No es por irrespetuosa, pero ellas tienen preferencias y dejan pasar cosas prohibidas a algunas internas, pero no como mi celular, es diferente.

Aparte de ellas, todas las relaciones se caracterizan por el respeto que guardan. El uniforme nos da igualdad, aunque algunas tienen familia que provee para ellas mientras otras no, como las extranjeras por ejemplo.

Algunas tienen que lavar ropa de otras internas que tienen dinero, para ganar un poco más y que les alcance porque la Casa no nos da nada. En mi caso, mi mamá y mi hija me regalan cosas, y con el trabajo que tengo puedo comprar más. Yo trabajo haciendo fundas, gano como 30 dólares cada 15 días más o menos, pero si algo falta, entre mi banda nos prestamos cosas o nos regalamos cosas como el papel higiénico. No todas tienen esa suerte de contar con alguien que es solidario con uno y viceversa. Las pobres internas que no tienen familia, le piden a una señora del barrio de Chillogallo que haga sus compras y ella les cobra una comisión.

Mi día favorito en la Casa es el sábado. Todos los sábados la Casa se transforma en salón de belleza, porque es el día de visitas. Todas nos arreglamos, nos ponemos lindas. Nos hacemos trenzas o nos planchamos el cabello. Contrabandeamos maquillaje, aunque las nuevas chicas no tienen todavía, ¡pero no hay problema! ¡Ya llegará! Yo me pongo un jean color azul y zapatillas, y voy a mis encuentros con mi familia.

El trato es muy bueno en la Casa y yo lo sé porque pasé por diferentes lugares. En Latacunga es mucho más restrictivo. En El Inca, solamente hacía falta la libertad, era tal y como debía ser porque había todo adentro: panadería, peluquería, cocina, etc. Aquí hay beneficios particulares debido a los niños. La Casa tiene pabellones de puertas abiertas y la comida es mucho mejor. Además, se preocupan de la atención a los niños, la atención médica es muy buena y el pediatra es un profesional competente, que sabe, les dio todas las vacunas necesarias, e incluso revisa todo el cuerpo de los niños para ver si los maltratan.

Nadie ha maltratado a mi hijo, nunca. Yo lo trataba mal, porque estando aquí, no tenía paciencia. Le gritaba mucho, tanto que las otras internas se enojaban. Ahora he mejorado y él está bien. La imagen que tenía de mí misma ha cambiado desde que estoy aquí, para bien. Valoro más mis virtudes y me doy cuenta que sigo con los mismos defectos, como el egoísmo.

Tamia Brito

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