Andrea: “Tengo mucho miedo al estigma social que todo esto acarrea”

febrero 4, 2018
in Category: Casos
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Andrea: “Tengo mucho miedo al estigma social que todo esto acarrea”

Me llamo Andrea. Tengo 25 años y nací aquí, en Ecuador. Cuando me detuvieron, acababa de graduarme de una licenciatura en turismo. Planeaba estudiar una maestría y mejorar mi historial profesional, pero nunca hice nada de eso. En su lugar, vine aquí. Bueno, no aquí exactamente. Al principio estaba en la cárcel de El Inca, pero cerró y desde septiembre del año 2014 estoy en el Centro de Rehabilitación Social de Latacunga.

Aquí convivo a diario con muchas otras mujeres que están detenidas por la misma razón: tráfico de estupefacientes. Nadie me ha preguntado hasta ahora, pero me pidieron contar mi historia, y eso incluye lo que creo. La verdad, no creo que es justo que esas otras mujeres inocentes y yo estemos aquí, y estoy convencida de que hay más mujeres inocentes aquí conmigo, sin que lo sepamos, pero a todas nosotras nos toca estar aquí, con las demás mujeres que si son culpables, nos tocará soportar el estigma social que representa haber estado privadas de la libertad. Para la gente que no conoce, somos lo peor; solamente quien conoce el mundo de la cárcel de cerca, podría entender.

Entrar a la cárcel es traumático, todo se ve afectado. Puedo hablar de lo que me pasó a mí, pero es similar lo que pasa con cualquiera. Al inicio, yo me encontraba horrible. Vivía con mucho estrés, mi cuerpo reaccionó mal, me salieron granos… y no me permitieron ingresar medicamentos que me puedan ayudar. Tuve que sobrellevar ese estado sin ayuda, un estado en el que me sentía tan mal, no quería ni verme en un espejo porque sabía que me veía tan mal como me sentía. En fin. Traumático, sí, pero eso no fue lo que más me marcó. Para mí, lo más impactante sucedió dos días después de haber ingresado. Me llegó la regla y, obviamente, no llevaba toallas sanitarias porque se habían quedado con todos mis efectos personales. Pedí toallas a las guías y no me dieron. Insistí y no me dieron. Volví a insistir y tampoco me ayudaron. Tuve que ponerme a llorar para que me dieran una toalla, ¡una! y a esa la tuve que guardar por dos días.

La cárcel es pesada, daña todo, pudre tus relaciones y hasta tu visión de ti misma, porque te das cuenta que no eres la mujer fuerte que creías, eres algo bajo a quien le quitan todos los derechos humanos cuando lo único que deberían quitarte es la libertad, eres alguien a quien le toca callar frente a las autoridades y alguien que debe someterse frente a personas que no lo valen.

En la cárcel, para no perder la razón, tuve que darle sentido a mi encierro e intenté sacar algo positivo, en especial, mis sentimientos. Aquí aprendí a no juzgar, por ejemplo. Detrás de cada historia, hay un universo, hay una razón, un por qué. Nadie puede juzgarlo sin conocerlo y vivirlo. También aprendí a defenderme por mí misma y a romper la burbuja parental con la que siempre me críe. Hasta que me detuvieron, era muy dependiente de mi madre. Además, aprendí a ser prudente, a pensar lo que digo, a no caer en chismes y mantenerme fuera de historias y problemas que no son míos. Esas son algunas cosas positivas en las que me enfoco, porque enfocarme en lo negativo es cavar un hoyo infinito y enterrarme con tormentos, lo malo es incontable y parte de lo que vivo a diario.

Tuve que adaptarme. No podemos arreglarnos, no podemos sentirnos lindas ni coquetas. Se puede conseguir maquillaje, pero no vale la pena porque las mismas guías que nos venden, nos lo quitan después. Yo decidí no maquillarme ni nada, no seré su juguete.

Las relaciones entre internas son complicadas, se tiene que aprender a sobrevivir. Yo llevo ayuda administrativa a la Defensoría Pública, lo que al principio provocó que todas se pongan celosas. Pasó mucho tiempo hasta que las internas entendieron que yo estaba de su lado. Las mezclas de carácter y diferentes temperamentos hacen que sea muy difícil convivir.

Hay una jerarquía muy estructurada, en mi opinión. Siempre son las mismas personas las que dirigen la cárcel, y no se trata de dinero, es pura violencia. Las que mandan son las chicas de la calle, de bandas o pandillas porque es común que chicas así se encuentren en los centros de privación de libertad y pasen juntas. Para eso, hay una reacción opuesta: el resto de mujeres arman grupos de solidaridad, pero igual, este no es un lugar para tener amigas. Yo tengo buena relación con algunas chicas, con quienes tengo algo de confianza, pero aquí una va por una, por sí misma. Si yo pudiera elegir quién se va, sería yo, no mi compañera, y eso no es amistad.

Mantener relaciones de afuera, es aún más complicado que intentar vivir en paz adentro. Cuando ingresé, tenía un novio pero me dejó después de ocho meses. Mis amigos de toda la vida de la universidad, también me dejaron. De todos, me quedaron cinco amigas, sin embargo, jamás me visitan. Tengo la suerte de que mi familia esté muy presente. Mi familia jamás puso mi palabra en duda, saben que soy inocente y son mi gran apoyo. Mi mamá, viene cada semana. Mi papá y mi hermano no pueden porque los horarios de visitas siempre son entre semana, en horas de oficina. Con el trabajo y la distancia a Quito, no logran hacer el viaje. La verdad, esto me hace sentir que nos estamos quebrando, que el vínculo familiar se va oxidando y siento que hiero mucho a mi mamá. Creo que ellos sufren más que yo al saber que la niña de sus ojos, su hermanita, está en la cárcel. Cuando me visitan, intento mostrar que estoy bien para que no se preocupen demasiado, pero cuando me siento mal, o me siento enferma, solamente extraño a mi mamá, quien siempre me cuidó.

Vivir dentro de la cárcel se vuelve insoportable por el aburrimiento. Muchas chicas no tienen actividades y al final, pelear se vuelve un hobby. Cada cosa es materia de pelea y hay chismes a morir. Una vez hubo el rumor de que una chica de mi cuarto consiguió un celular. Otras chicas llegaron a pegarle y robárselo, pero quisieron golpear a todas las del cuarto, incluyéndome. A la final no me golpearon, pero golpearon a la chica del supuesto celular y me asusté mucho. Vinieron solamente a eso. Y para peleas de ese nivel, suelen intervenir las guías. También hay celdas de encierro pero están llenas, así que a veces encierran a las alborotadoras en su propio cuarto y a las demás dejan afuera.

Dentro de la cárcel me he dado cuenta de la diferencia de trato por parte de las guías. Depende como la consideren a una para que la traten bien o mal. No hay igualdad en la cárcel, todo es distinto, y es mucho peor en Latacunga que en El Inca. El problema, muy absurdamente, es tener amistad con las guías, porque dan beneficios que al resto no. Yo no tengo problemas con las guías, pido cosas con amabilidad y generalmente funciona, pero no quiero hacerme amiga, no quiero ser parte de lo absurdo del sistema.

Finalmente, el dinero. Creo que tanto afuera como adentro, el dinero genera discordias, sin embargo, en la cárcel es con el sistema de entrega de dinero por parte de familiares. Cada primer lunes del mes, la familia puede depositar 60 dólares para que las internas puedan comprar cosas en el economato. Yo recibo ese dinero cada mes, pero a veces no alcanza, así que pido prestado a gente de confianza. ¿La razón del problema? Muchas se aprovechan de las muchachas que necesitan cosas ese momento. Te prestan un PIN de 5 dólares para llamar y tienes que pagarles con uno de siete. Negocios abusivos y con precios excesivos. El bienestar depende mucho de lo que recibes de afuera.

Y a pesar de todo eso, siento que soy una de las privilegiadas de la cárcel. Resistir la vida carcelaria subió mi autoestima, ahora sé que soy una mujer valiente y que puedo vencerlo todo. Recibo ayuda de mi familia y su constante apoyo. Podré seguir mis clases universitarias, y además, tengo la suerte de darle ayuda administrativa a la Defensoría Pública, lo que hace que el tiempo vuele. A pesar de que el tiempo en la cárcel no se recupera, creo que estoy bien.

Todavía me quedan entre 6 y 8 años de privación de libertad, pero en diciembre tengo una audiencia porque pedí rebaja de pena. Espero que todo salga bien y pueda salir, aunque eso también me da temor. Tengo mucho miedo de no encontrar al mundo como lo dejé, de cómo y cuánto han cambiado las cosas, de no volver a encajar. Aquí no tenemos acceso a periódicos, ni televisión, ni nada que nos dé una noción de lo que sucede afuera. Tengo miedo de haberme perdido mucho, mis amigas siguieron su vida, estudiaron su maestría, mientras que para mí, el tiempo se detuvo. Y, adicionalmente, tengo miedo al estigma social que todo esto acarrea, el estigma de haber estado presa. ¿Qué puedo decir? Salir ahora me provoca sensaciones contradictorias, mi plan de vida nunca fue estar en la cárcel y no sé cómo sentirme.

Tamia Brito

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