Mujeres en prisión, diez historias de dolor, abandono y soledad

febrero 4, 2018
in Category: Casos
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Mujeres en prisión, diez historias de dolor, abandono y soledad

Escribir en primera persona, de alguna manera significó vivir por momentos las vidas de diez mujeres dentro de las prisiones ecuatorianas. Ana, Andrea, Cristina, Elisa, Isabela, Julia, Laura, María, Pilar y Rosa son nombres arbitrarios, pero portadores de historias reales, de mujeres de carne y hueso, que cuentan una realidad generalmente desconocida y, como todo lo desconocido, que nos es absolutamente indiferente.

Me aproximé a la vida cotidiana de las mujeres privadas de libertad, a través de testimonios que fueron recogidos con anterioridad. En ellos se pueden rastrear con relativa facilidad, el estado de ánimo de todas ellas, sus conflictos permanentes, los lazos de solidaridad que se van tejiendo en aquellos charcos de dolor y miedo, los horrores de la condición humana de los carceleros, los espíritus malvados que transitan por sus pasillos, y también la fuerza de voluntad que tienen que conservar para soportar los apremios, las carencias, la soledad y el abandono.

Al leer estas historias, uno puede asimilar, con mucha claridad, las injusticias que pesan, no solamente sobre ellas, sino sobre los 40 mil privados de libertad existentes en la actualidad. Se puede ver, bajo la figura de testimonios concretos, las enormes dificultades de acceso a la salud, a una alimentación digna, a la comunicación con el mundo exterior, porque generalmente se encuentran en completo aislamiento, lo cual constituye un típico rasgo de trato cruel, inhumano y degradante.

Ciertamente, también se observa que la prisión es una microsociedad que reproduce todos los rasgos característicos de la sociedad en el mundo exterior. Uno de ellos es la división de clases sociales, pero esta vez las privilegiadas son aquellas que han logrado la obtención de favores de parte de los guías penitenciarios, a través de múltiples mecanismos que configuran un sistema basado en castas, donde el ejercicio de poder, por más pequeño que sea, consolida y sacraliza las diferencias. Según nos cuentan estas personas en prisión, las normas, los reglamentos, incluso las leyes o la propia Constitución, son instrumentos que tras las rejas se violan a diario.

Los testimonios también revelan otros campos que generalmente pasan desapercibidos, como las visitas de las parejas. Una de las mujeres cuenta con rubor ciertos pormenores que lastiman y que ofenden: las celdas no son higiénicas, los turnos son brevísimos, las parejas que las visitan no están autorizadas a ingresar ningún producto sanitario, las revisiones son ofensivas, faltan para ellas productos indispensables y esa necesidad básica es un recurso para los privilegios y para el tráfico de productos.

Pero la prisión no tiene por qué ser un espacio de ritualización de la barbarie. Nelson Mandela desafía a los Estados de la siguiente manera: “Suele decirse que nadie conoce realmente cómo es una nación hasta haber estado en una de sus cárceles. Una nación no debe juzgarse por cómo trata a sus ciudadanos con mejor posición, sino por cómo trata a los que tienen poco o nada”.

Tamia Brito

1 comment

  1. Carlos Valenzuela
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    Buen artículo, ojalá que de manera continua se permita visualizar una realidad que jamás sale a la luz pública.

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