En la cárcel se pierde todo: dignidad, confianza, afectos y familia

En la cárcel se pierde todo: dignidad, confianza, afectos y familia

febrero 4, 2018
in Category: Perspectivas
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En la cárcel se pierde todo: dignidad, confianza, afectos y familia

Las mujeres detenidas son tildadas de “malas” y “malas madres”. Ellas rompieron el rol de esposas sumisas y dependientes. Ingresan a la cárcel cabizbajas y con la autoestima frágil. Guardan una gran preocupación por sus familias y sienten miedo de convivir con extrañas. Aunque cargan historias distintas, comparten la sensación de despedirse de la vida que llevaban. Pocas lograrán conservar el cariño de sus familias mientras trascurre su sentencia.

Maquillaje, rasuradoras, extensiones de pelo, uñas postizas, cigarrillos y ropa se cuidan como tesoros. Por muy pequeños que sean estos objetos,  muchas veces son intercambiados por la seguridad necesaria para completar una noche de sueño; o por cosas urgentes como toallas sanitarias o aspirinas. Adentro, todo tiene su precio.

En América Latina no existe perspectiva de género en la política criminal, es decir, ser mujer y estar en la cárcel es doblemente difícil. Por otra parte, el aumento de las mujeres detenidas por droga (microtráfico) incrementa el hacinamiento y deterioro de las cárceles de la región.

Los centros de detención son “sospechosamente similares” en este lado del mundo. En la investigación Mujeres invisibles: cárceles femeninas en América Latina (2008), Carmen Antony, recupera los factores comunes: “regímenes duros, largas condenas, alta proporción de detenidas no condenadas, mal estado de las instalaciones, falta de atención y tratamientos médicos especializados, terapias basadas en trastornos calificados como nerviosos, escasa o nula capacitación laboral y pocas actividades educativas y recreativas”.

Esta lista refuerza una visión androcéntrica. Aún en la cárcel, la mujer latina sigue siendo tratada como incapaz, débil y falta de poder. Dice Antony (2008), que el objetivo de los estos regímenes penitenciarios es “devolverlas a la sociedad como verdaderas mujeres”. Ellas, que por trasgredir la ley dejaron de ser sumisas, deberán salir de prisión, recuperando su rol. ¿Cómo? aprendiendo a coser, lavar, planchar, cocinar, limpiar, etc.

En 2015, el Ecuador registraba 25 259 personas privadas de libertad. De ellas, 1626 eran mujeres, en los centros de rehabilitación social, centros de detención provisional y casas de confianza. Para 2017, se confirmó un 42 por ciento de hacinamiento a nivel nacional.

“Adentro se pierde todo”. Es la frase que sale de los labios rojos y resecos de una penitenciaria. Bien podría ser la insignia de cualquier centro de reclusión femenino. Adentro la vida se consume lentamente entre las celdas y los pasillos. La cárcel es un cambio de calidad de vida. El espacio es reducido y el olor similar a una alcantarilla. Las mujeres se ven obligadas a compartir todo, lo que les obliga a prescindir de la privacidad. Apenas pueden delimitar sus “habitaciones” con toldos y ropa colgada.

Entre mujeres la convivencia es difícil. Las internas se juntan por conveniencia. Hacer amigas y no causar problemas es la norma más elemental. Asimismo ante las autoridades, el compartimiento debe ser impecable. La vida allí adentro está marcada por constantes amenazas. Los “peces gordos” ejercen poder y las novatas entienden la jerarquía desde el primer día.

Sin importar el poder que tengan, sin importar cómo la pasen allí dentro; todas quieren que el tiempo sea breve. Aprender a esperar es tan importante como aprender a sobrevivir.

El Código Orgánico Integral Penal establece que en los centros de rehabilitación social, los niveles de educación inicial, básica y bachillerato son obligatorios. Por ello, adentro se ofrecen talleres y oportunidades de cursar o terminar el bachillerato. Manualidades, maquillaje y costura son las opciones predilectas para matar el tiempo. En mayo de 2018, 45 internas del Centro de Rehabilitación de Guayaquil aprobaron el examen, “Ser bachiller”, que les faculta para seguir una carrera universitaria. Un verdadero privilegio en la realidad de la cárcel.

En algunos casos, como en el de Inés, la graduación significa reinserción social y rehabilitación. Ella cumplió su condena por microtráfico, y hoy, con el título de bachiller trabaja como vendedora. Ya no le gusta el “dinero fácil”; quiere seguir estudiando y convertirse en parvularia.

En el Ecuador, las privadas de libertad por tráfico de drogas representan entre el  69 y 79 por ciento de las encarceladas. El perfil de la mujer detenida por este delito responde a pobreza y a escolaridad baja. Muchas de ellas son jefas de hogar, responsables de personas dependientes: hijos, ancianos y personas con discapacidad.

Este gran porcentaje ocupó roles bajos en la cadena del narcotráfico. La mayoría fue vendedora pequeña o mula (por lo general, son aprendidas con 1 ó 2 kilos). Las mulas, además de exponer su salud, son sometidas a procedimientos atroces para expulsar la droga. El miedo a ser atrapadas en un país extranjero y recibir una larga condena, les agobia.

La tenencia de drogas en Ecuador se castiga con sentencias desde dos meses hasta 13 años. América Latina todavía conserva una mentalidad punitiva en la que los casos de microtráfico se llevan las peores condenas.

Durante 2016, 1893 mujeres fueron detenidas en Ecuador, en los controles contra el narcotráfico y crimen organizado. El microtráfico es una oportunidad que les permite seguir cumpliendo con el papel de madres, esposas, abuelas, amas de casa. Pero su baja participación en la cadena de la droga, hace que su encarcelamiento no tenga impacto en la lucha contra el mercado ilegal.

María, quiteña de 54 años, se siente engañada: “los que terminan disfrutando de la vida buena vida son los jefes del narcotráfico. Para gente como nosotros no hay nada”. Después de dos años en la cárcel está segura de que este suplicio no vale la pena. “Ellos te pintan todo color de rosas, pero no queda nada. Es mejor vender caramelos en los buses”.

La penalización de estas mujeres solo contribuye a la pobreza.           Al salir de la cárcel les cuesta hallar empleo. Una exprivada de libertad cargará de por vida con el estigma; y por ello, será más susceptible a reincidir en el círculo vicioso del tráfico de drogas y de la delincuencia.

Las normas jurídicas, el tratamiento penitenciario y la arquitectura de estos establecimientos han sido pensadas para varones. El estereotipo del preso; el varón fuerte y tatuado, de mirada siniestra, drogadicto y que viste un uniforme fluorescente, opaca a los otros personajes de las cárceles.

Pensar en las mujeres es volcarse hacia una realidad regida por el abandono y la discriminación. Las visitas íntimas en las cárceles de América Latina confirman que el sistema penitenciario carece de perspectiva de género. En la región son escasos los centros de reclusión femenina que consideran las visitas íntimas en su reglamento. En los pocos centros donde está permitido, las mujeres deben utilizar métodos anticonceptivos y ser esposas (o tener una relación estable) con el visitante. Condiciones impensables en los centros de reclusión de varones.

Dentro de la cárcel se valoran las cosas más sencillas. Pintarse los labios puede ser el color de la vida, y sentir el sol, entrando por la ventana, el único abrazo. Las madres tienen la sonrisa de sus hijos para aliviar la espera. Sin embargo, el sufrimiento para ellas es doble.

Esa carencia de perspectiva de género en el sistema penitenciario carcome las garantías de la “vida digna”. Las garantías solo se quedan en buenas intenciones de las autoridades estatales.

En el Ecuador, los niños y niñas pueden permanecer con sus madres en el centro de rehabilitación social hasta cumplir los tres años de edad. Luego, son separados y quedan al cuidado de algún familiar. Si no lo tienen son enviados a una casa de confianza hasta que cumplan seis años. Esto indica que el sistema es un factor nocivo para el vínculo madre-hijo. Las madres se pierden una etapa importante en el desarrollo de sus hijos y no hay política pública que alivie esta situación.

En América Latina, el presupuesto para la niñez en las penitenciarías de mujeres es reducido. Las guarderías se improvisan. Aunque nacen libres de culpa, los niños y niñas son personajes de la cárcel. La probabilidad de que desarrollen trastornos mentales es doble en comparación a los otros niños, hijos de madres que no están en prisión.

Persiste una voz interna que dice “Me duele criarlo aquí, pienso que cuando sea grande recordará todo y será infeliz”. Pues, el único mundo que conocerán durante sus primeros años de vida tiene cuatro esquinas.

Si los niños no tienen a su madre libre, nadie los cuida. Nadie responde por ellos. Después de los seis años, se quedan “a la buena de Dios” y el problema social se agudiza. La ausencia de la figura paterna complica su situación.

Las madres, que con suerte dejaron a sus hijos al cuidado de la familia, deben confiar cada día en que ellos están bien. Se aferran a las escasas visitas mensuales, las cartas y fotografías. No dejan de orar para que sus pequeños no enfermen.

Contrario a lo que se pueda pensar, embarazarse en la cárcel es una práctica común. Es un factor importante de permitir las visitas íntimas. Las embarazadas acceden a ciertos “beneficios” como mejores espacios, alimentación y atención médica. En México, por ejemplo, en 2016, el 60 por ciento de las internas quedaron embarazadas durante las visitas íntimas. Confesaron que lo hicieron “a propósito” para ser trasladadas a mejores celdas y evitar el envío a  las cárceles federales.

No siempre existe (o no siempre se aplica) una norma jurídica que les permita a las embarazadas y a las mujeres que acaban de dar a luz, la detención domiciliaria  en los periodos de gestación y lactancia.

La prisión preventiva puede ser reemplazada por el arresto domiciliario cuando la persona procesada tenga una discapacidad mayor al 50 por ciento, padezca enfermedad catastrófica, sea mayor de 60 años de edad o esté embarazada, según el Código Orgánico Integral Penal (COIP).

En 2007, se lanzó la campaña “Ecuador sin niños en las cárceles”, un programa para reinsertar a los pequeños en sus hogares, con familias sustitutas o en casas-hogares. Pero las cifras no registran avances. En 2017, los centros de rehabilitación social acogían a 83 mujeres criando a hijos e hijas, y a 25 embarazadas, a nivel nacional. Solo en la Casa de Atención de Chillogallo había 35 niños.

La carencia de un sistema de reinserción efectivo expone, potencialmente, a los niños y niñas, a ser víctimas indirectas de los estigmas que la sociedad impone a la población recluida. Paliar esta situación sigue siendo un reto para el Estado. Más allá de las sentencias y de las condiciones precarias, que sobre todo olvidan la maternidad, ellas sufren el abandono de sus seres queridos.

En los centros de privación de mujeres la fila de visitas es corta. Las mujeres son visitadas por otras mujeres. Acuden madres, abuelas, hermanas e hijas, pero solo de las reclusas más afortunadas. La gran mayoría es abrazada por el abandono. A veces es la familia paterna la que impide a los hijos visitar a sus madres.

Recibir una visita, que dura una hora y media, representa la única posibilidad de cariño. Es una fiesta, un momento que quita la zozobra. Y si les llevan “los manjares del día”; el olor de la comida hecha en casa las regresa por un instante a la vida que tenían afuera.

Un día en la cárcel es como 20 años afuera. Mientras trascurre la sentencia, adentro se pierde todo. El desamor se suma a la condena impuesta por los jueces. Es una condena doble. Estas mujeres son prácticamente invisibles para el Estado y para la sociedad. Afrontan una situación hiriente y desoladora complemente solas. El mundo exterior, que tanto añoran, solo las juzga. Pero hay historias grises que sí toman color; como la de Inés, quien salió de la cárcel con el sueño de ganarse la vida ejerciendo una profesión.

Anaís Madrid

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