El agresor es concebido como la persona que emplea algún tipo de acción o conducta puntual para causar daño y que puede ser vista como una acción más o menos adaptada y “justificable”.

Numerosos estudios plantean, de hecho, una relación entre las manifestaciones agresivas y el género del agresor.

Según estos, los hombres ejercerían con mayor frecuencia que las mujeres actos agresivos (Carrasco y González, 2006).

En el contexto ecuatoriano, el término “agresor” se emplea y utiliza, de forma constante en el Código Orgánico Integral Penal (COIP) para hacer referencia a la persona de sexo masculino que incurre en alguna acción tipificada dentro de los delitos de femicidio y violencia contra la mujer y miembros del núcleo familiar.

Dentro de dicho Código se le denomina también “sujeto activo del delito”. En el ámbito jurídico es más común denominar al agresor como “persona procesada” (Asamblea Nacional del Ecuador, 2014).

Sin embargo, la mayor parte de atención e interés político y social en Ecuador se dirige a las víctimas y sus familias, lo cual, siendo de absoluta pertinencia, deja de lado la cuestión del tratamiento para la rehabilitación y reinserción de las personas privadas de libertad, debido a que la Constitución del Ecuador de 2008, en su Art. 35, considera a este grupo poblacional como prioritario.

Causas de la violencia de género desde la perspectiva del agresor

En razón de que la violencia de género es una problemática multicausal, el Consejo Nacional para la Igualdad de Género determinó en 2014 que dentro de los factores desencadenantes de las diversas formas de violencia contra la mujer se encuentran: celos, consumo de alcohol o drogas, relaciones amorosas secundarias, problemas económicos, pérdida del empleo, embarazo o nacimiento de hijos, abandono del hogar y factores sociodemográficos -como lugar de residencia, etnia cultural, nivel de escolaridad y discapacidad-.

Este informe también considera la violencia experimentada por los agresores en la infancia como un factor desencadenante. En efecto, según datos del Consejo Nacional para la Igualdad de Género:

79,3% de agresores fue violentado en su niñez de forma constante, 63% experimentó violencia ocasional y 38,7% no fue violentado en su niñez. 

A pesar de lo contundente de estas cifras, el contexto familiar de los agresores es el que menos se investiga y aborda tanto en las instancias de protección a la mujer (Comisarías, Fiscalía, Defensoría, etc.) como en los centros de rehabilitación social del país.

Enfoque transgeneracional

Partimos de la hipótesis de que el agresor experimentó conductas violentas o negligentes por parte de sus padres, en un contexto carente de afectos, palabras y contacto.

Las conductas violentas que, experimentadas directa o indirectamente, durante la infancia, pueden reproducirse de manera idéntica en otros contextos.

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Trabajar sobre el sistema familiar de los agresores acarrea efectos positivos en cuanto a la reinserción social.

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Numerosos estudios indican que la violencia tiende a ser transmitida entre generaciones y demuestran patrones que se repiten a lo largo de, al menos, tres de ellas, siendo en los hombres mayormente percibido en sus abuelos paternos, mientras que en las mujeres en sus padres o sus relaciones de pareja (Soledad, 2015; Alvarado, 2015).

La percepción de los agresores, procesados por delitos contra la mujer al respecto de la pareja de los propios padres y abuelos, es fundamental para determinar las modalidades de relación que se ejercerán con las nuevas familias.

Ibáñez y Pedrosa (2018) enfatizan que trabajar sobre el sistema familiar de los agresores acarrea efectos positivos en cuanto a la reinserción social. Así, se evidencia entonces la pertinencia de efectuar un proceso de intervención con base en el modelo familiar sistémico, que involucre al agresor como el actor principal y que incite la participación de la familia.

En conclusión, estos modelos resultaron ser poco favorables al desarrollo del individuo y, como señala Botella (2012), ciertos estilos de crianza tienden a repercutir en agresividad verbal y física, en las conductas desafiantes y a generar una tendencia al irrespeto de normas y límites familiares, así como niveles bajos de empatía, autoestima y escasa tolerancia a la frustración.

En cuanto a la transmisión de patrones transgeneracionales de violencia, dentro del grupo de participantes, se determinó que:

La violencia es una práctica que se ejerce dentro del hogar, desde hace generaciones, y tiende a reproducirse sobre la siguiente.

En general, predomina la violencia física y psicológica que los participantes han padecido y ejercido. Asimismo, llama la atención que la violencia entre los padres se percibe como más recurrente y común, seguida de los abuelos, lo que confirma la hipótesis transgeneracional.

David Garcés
Lizbeth Eugenio
Rocío Játiva
Gabriela Pazmiño

Universidad Internacional SEK

Ricardo Morales

Coordinador Nacional de Gestión de la Defensoría Pública