En pocos días Yadira cumplirá 11 años, será un cumpleaños diferente porque su fuerza y ganas de vivir se pondrán a prueba. Su vida ha sido marcada; parece que le arrebataron la niñez y le magullaron el alma. Su historia se repite día a día en cientos de niños y niñas; y muchas veces se queda oxidada en el silencio.

Yadira vivía con su madre, Yesenia, hermanas y padrastro, en un inmueble ubicado en el sector de Miraflores, Quito. Era una casona donde su madre alquilaba cuartos a estudiantes. El espacio era reducido y, por ello, los arrendatarios compartían la cocina con y el baño con la familia. Hace un año llegó un hombre pidiendo alquilar un cuarto. Tenía más de 60 años y era profesor universitario, con estudios superiores en Artes Plásticas; parecía una persona confiable y honesta. Le decían “el profe”. Anita, una adolescente de 14 años, que también vivía en la casona, comentó que, en más de una ocasión, “el profe” la invitó a su cuarto para “hacer deberes”. Un día acudió con su tía y él se molestó y aclaró que la invitación era para ella y no para la tía. Yesenia jamás imaginó que uno de sus arrendatarios marcaría la vida de su hija de 10 años.

Todo ocurrió un martes de julio. El verano empezaba a apoderarse de Quito; había cielo estrellado y el viento silbaba en las ventanas. Esa noche, Yadira se levantó a tomar un vaso con agua y encontró al profesor en la cocina. Él le tapó la boca con un trapo y la  llevó al cuarto. Encendió la televisión y puso una película donde un hombre y una mujer hacían “cosas malas”. La amenazó con una pistola en la cabeza y la violó. La niña perdió el conocimiento. Amaneció en su habitación y no recuerda cómo llegó allí. Al despertar le contó a su madre lo que había sucedido. “No quiero verle al señor nunca más, nos va a matar”, le dijo llorando.

El defensor público, Luis Guerrero, patrocinó esta causa. Explica que vigiló el debido proceso a favor la menor de edad. La defensa del victimario quiso culpar a otro inquilino; y obviar el ADN encontrado en la ropa del profesor. Los informes psicológicos determinaron que el victimario presentaba tendencia a tener fantasías sexuales con menores de edad y falta de control en sus impulsos. Cuando cometió el delito tenía plena conciencia. Valiéndose de su condición de adulto mayor, en primera instancia, logró que se le otorgue arresto domiciliario. Sin embargo, el accionar del defensor público consiguió una sentencia de 22 años de privación de libertad y una reparación integral. La condena se cumple en el Centro de Rehabilitación Social de Latacunga.

Hoy Yadira crece entre pesadillas y tareas escolares. Su familia dice que ya no ríe como antes y que no quiere estar sola. Recibirá sus 11 años con un reto bastante grande; pero  con la certeza de que es una niña fuerte y valiosa, que supo gritar la verdad.