El presente artículo reflexivo busca visibilizar la problemática de violencia de género hacia los hombres y su exclusión social dentro del enfoque de desarrollo basado en derechos y con base en la inclusión social digital, y en la teoría de la exclusión social de Amartya Sen, y su enfoque a las capacidades del individuo.

Se relaciona entonces cómo los arquetipos que conforman al inconsciente colectivo se vinculan a la exclusión social, para reflexionar sobre esto, se recurre a Carl Jung y sus estudios sobre el inconsciente colectivo. Asimismo, se trae al debate cómo el rol asignado al hombre genera que, a la hora de reclamar sus derechos, por la exclusión, pasen a ser ciudadanos de segunda clase frente a los amparos que posee una mujer en la misma situación.

 Se debe recalcar que, este documento, no busca menoscabar la lucha histórica de las mujeres ni subestimar los altos índices de agresiones hacia este grupo. Asimismo, no pretende incentivar a la misoginia ni victimizar o reducir a los hombres. Al contrario, busca realizar una reflexión sobre la exclusión y desigualdad que se genera en la sociedad al hablar de violencia de género.

La violencia de género en el Ecuador

Cuando pensamos en violencia de género, la primera idea que entra en nuestra mente es la mujer, niña o adolescente maltratada. Históricamente, y las cifras lo prueban, la mujer ha sido privada de la educación, los cargos políticos y la toma de decisiones incluso sobre su propio plan de vida; además, ha sido categorizada como el “sexo débil” y ha estado considerada, incluso hoy, dentro de los grupos minoritarios o vulnerables de la sociedad.

En Ecuador, “la problemática social de la violencia de género contra las mujeres en las relaciones interpersonales y/o familiares, ha sido denunciada como tal por el movimiento de mujeres desde la década de los 80” (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, 2011, p. 2). Por tal razón, a partir de los 90, el estado ha incluido dentro de sus políticas públicas y planes de desarrollo, la creación de centros, comisarías, y ha tipificado en sus códigos delitos que atentan especialmente a la mujer. Por ejemplo, en el año 2013, y como consecuencia de la violación y asesinato de Karina del Pozo, una joven ecuatoriana, así como por la presión de las activistas feministas, el Código Integral Penal, tipificó al feminicidio “como los crímenes que se realizan en contra de la mujer por el hecho de serlo o por su género y es penalizado de 22 a 26 años de cárcel” (El Telégrafo, 2013, párr. 3).

Hasta octubre de 2017, como recoge el portal del colectivo Geografía Crítica, en Ecuador se registraron 129 feminicidios. Los datos indican que “solamente el 20% de las mujeres violentadas acuden a las instancias de justicia, pero menos del 50% finalmente denuncian. De las que sí denuncian únicamente el 5% recibe sentencia y menos del 1% de las mujeres recibe una sentencia a su favor” (Ruales, 2017, párr. 6).

No obstante, la violencia de género pareciera no afectar a los hombres puesto que los trabajos, colectivos e inclusive leyes no se preocupan por este grupo de la sociedad. Sin embargo, no significa que los hombres no sean víctimas de violencia, sino que sus capacidades se han visto limitadas por el contexto y los significados y comportamientos adquiridos por la sociedad. Retomando a los arquetipos, al hombre se lo considera como el agresor.

En el momento en que el hombre, víctima de violencia, rompe el silencio y denuncia los maltratos o abusos que recibe, a los funcionarios de la justicia y a los miembros de la sociedad, les cuesta creer que pueda ser verdad, dando como resultado su exclusión. Esto se da porque, como se indicó, en el imaginario, la mujer es considerada como vulnerable y víctima.

Violencia de género hacia los hombres

La información sobre la violencia de género hacia los hombres en Ecuador –y, nos atreveríamos a decir en el mundo– es escasa. Las denuncias sobre agresiones en contra de hombres, en el ámbito familiar, representan tan solo el 1% del total de denuncias de violencia intrafamiliar (Verdezoto, 2018, párr. 15). Tan solo en 2018 se han reportado 503 denuncias de violencia en contra de hombre, 151 corresponden a violencia física y 352 a violencia psicológica. En 2017, en cambio se reportaron 891 casos de violencia física y 1257 casos de violencia psicológica (Verdezoto, 2018, párrs. 7–8). Y, aunque existan casos que sí se denuncian, el pensamiento social indica que varios hombres violentados no realizan la denuncia por vergüenza (Díaz- Engracia, 2013, p. 47).

En el Código Integral Penal del Ecuador- COIP, no existe una tipificación sobre la violencia de género ejercida en contra de los hombres. A diferencia del feminicidio reservado para las mujeres que, como se indicó, fue incluido a partir de 2013.

Cuando se trata de violaciones, el COIP (2014), en su artículo 171, señala que:

Es violación el acceso carnal, con introducción total o parcial del miembro viril, por vía oral, anal o vaginal; o la introducción, por vía vaginal o anal, de objetos, dedos u órganos distintos al miembro viril, a una persona de cualquier sexo (sec. 4).

Si bien cierra el artículo diciendo “a una persona de cualquier sexo”, es claro que se refiere a casos donde el agresor es un hombre y la víctima –por lo general– una mujer. No existe en el COIP un artículo que se refiera a la violación perpetrada por una mujer donde no existe penetración desde la mujer al hombre.

Lo anterior sirve como ejemplo de cómo en la legislación ecuatoriana la protección que se da al hombre se tipifica dentro de los delitos o crímenes de carácter general. Un asesinato a un hombre se considera como asesinato y no como feminicidio o su equivalente.

En la legislación ecuatoriana, así como en su aplicación dentro del sistema judicial, al hombre se le niega su derecho a la protección en estos casos. Apoyándonos en la teoría de Sen, este queda limitado, como diría Jung, se vuelve un ciudadano de segunda clase.

La exclusión de los derechos civiles de los hombres crea una paradoja cuando revisamos la forma en la que están estructuradas las leyes, normativas y la forma en la que se presenta la igualdad de género frente a la sociedad. En el Ecuador existen únicamente dos fundaciones que dan soporte a los hombres que poseen problemas para ver a sus hijos, organismos amparados en los derechos de los niños, niñas y adolescentes. La Fundación Padres Por Siempre y Fundación Papá por Siempre son organismos sin fines de lucro que luchan por la custodia compartida de sus hijos. En lo que se refiere a la violencia de género, la Fiscalía General del Estado, el Consejo de la Judicatura o la Defensoría Pública son los organismos públicos que se encargan de asesorar y sancionar los casos de violencia de género, tomando en cuenta que en la información proporcionada por cada institución únicamente figura la violencia contra la mujer.

Exclusión social de hombres maltratados en Ecuador: ¿cómo se relaciona con los arquetipos colectivos?

La exclusión social ha sido –y es– parte de todas las sociedades. Sin importar cuántas políticas públicas o planes de inclusión se apliquen, siempre existen individuos, grupos o colectivos que serán excluidos socialmente. Para entender qué es la exclusión, se puede acudir a la definición otorgada por el Departamento de Desarrollo Internacional de Reino Unido, quienes conceptualizan a la exclusión social como:

Un proceso por el cual ciertos grupos son sistemáticamente desfavorecidos porque son discriminados por su origen étnico, raza, religión, orientación sexual, casta, ascendencia, sexo, edad, discapacidad, estado serológico o migratorio o lugar de vivienda. La discriminación ocurre tanto en instituciones públicas, como en el sistema legal o los servicios de educación y salud, así como en instituciones sociales, como el hogar. (Khan, Combaz, & McAslan Fraser, 2015, p. 3).

Lo que significa que, en sociedad, la exclusión aparece cuando “los otros” no comparten ciertas características que tiene –o quiere tener– la parte discriminadora. De acuerdo con las formas de discriminación, se puede decir que, un grupo puede ser excluido de sus derechos como ciudadano y, a esto se refiere, la exclusión social vista a través del enfoque del desarrollo basado en los derechos.

Para entender lo anterior, utilizaremos la teoría de exclusión social de Amartya Sen, quien se basa en el enfoque de capacidades del individuo. Dicha teoría indica que el conjunto de capacidades del individuo “está limitado siempre por la socialización de la persona y el contexto en el que vive” (Pluma, 2011, p. 118).

En Ecuador, la exclusión a este grupo está dada por la limitación del acceso a garantías y oportunidades, basándonos en el enfoque de Sen, esto porque en la sociedad ecuatoriana ha existido un proceso de socialización que ha generado que existan ciertos arquetipos del inconsciente colectivo que caracterizaron al hombre como victimario y no como posible víctima.

Cuando existe lo anterior, la exclusión social “puede generar una jerarquía social, compuesta por ciudadanos de primera y segunda clase” (Khan et al., 2015, p. 13). En dicha estructura jerárquica hay ciudadanos que ante la ley no son iguales y, por ende, su acceso a las garantías que brinda el estado o al goce de los bienes públicos no es igualitaria. Demostrando así que, al ser ciudadanos de segunda categoría o de “ciudadanía incompleta”, sus capacidades son limitadas por su entorno.

Al intentar buscar la causa de la exclusión social de ciertos grupos societarios, encontramos que existe una relación entre el inconsciente colectivo, los imaginarios sociales y la creación de patrones que producen la exclusión. Dicho de otra forma, estos elementos del inconsciente colectivo forman parte de la socialización del individuo, que, como Sen manifiesta, es una de las piezas fundamentales cuando hablamos de exclusión social.

Carl Jung (2012) indicaba que el inconsciente colectivo “es idéntico a sí mismo en todos los hombres y constituye así un fundamento anímico de naturaleza suprapersonal existente en todo hombre” (p. 10). La socialización y el inconsciente colectivo se relacionan en el proceso de identificación cultural, como el autor señala, para hablar del ‘inconsciente colectivo’, se debe “verificar la existencia de contenidos del mismo” (Jung, 2012, p. 10), a estos contenidos se los conoce como arquetipos, que “representan esencialmente un contenido inconsciente, que al conciencializarse y ser percibido cambia de acuerdo con cada conciencia individual en que surge” (Jung, 2012, p. 11). De forma que:

El proceso de socialización será el proceso de aprendizaje de a) las conductas sociales consideradas adecuadas dentro del contexto donde se encuentra el individuo en desarrollo junto con b) las normas y valores que rigen esos patrones conductuales (Yubero, 2004, p. 819).

Esta relación entre el inconsciente colectivo y los arquetipos resulta en la creación de imaginarios sociales. A esos imaginarios se los puede entender como “el sustrato profundo de vivencias (…) desde el cual se puede concebir todo proceso de creación psicosocial” (Capdequí, 2009, p. 6), dado que: La conexión asociativa por semejanza de sentido con figuras arquetípicas del inconsciente colectivo y que le sirven de inspiración, todo lo cual permite, por un lado, situar referencias de la experiencia humana remota para enfrentar situaciones actuales (inéditas) y, por otro, facilitar la transformación de los productos individuales de la imaginación en productos de un imaginario colectivo o social (Baeza, 2011, p. 38).

Los elementos del inconsciente colectivo son heredados y se transmiten o legitiman de generación en generación, esto se relaciona con la teoría de Sen puesto que “el conjunto de funcionamientos heredados limita la posibilidad de interiorizar nuevos funcionamientos” (Pluma, 2011, p. 119). Una vez entendidos los conceptos de exclusión, inconsciente colectivo, arquetipos e imaginarios sociales, podemos relacionarlos con el grupo excluido que propone el presente trabajo.

Si bien, históricamente, a nivel mundial y en Ecuador, no ha sido considerado un grupo vulnerable, los hombres se convirtieron en un grupo del que poco o nada se habla cuando el maltrato y violencia es ejercida sobre ellos. Con las olas del feminismo, se dejó al descubierto que los principales agresores de las mujeres son los hombres, no obstante, si los papeles se intercambian, el estigma social e inclusive el peso de la justicia es distinto cuando la agresión la realiza una mujer.

La tendencia actual, en Ecuador y el mundo, responde a visibilizar, cada vez más, la violencia – física, sexual, psicológica o patrimonial– que sufre la mujer, así como la negación de acceso a ciertos derechos por parte de los colectivos LGBTIQ+. Generalmente, cuando se pregunta sobre la causa de este tipo de violencia, la respuesta es el machismo.

Y si bien las concepciones de macho y hembra responden a una visión primitiva – Lévy- Brulh, al referirse a la representación colectiva, manifiesta que esta se “usa para designar las figuras  simbólicas de la cosmovisión colectiva” (Jung, 2012, p. 11)–, los roles que estos conceptos juegan en la sociedad, definen un arquetipo que está instalado en el inconsciente colectivo y el imaginario social. Como se observará más adelante, en Ecuador, los datos, así como el número de colectivos que se encargan de los hombres, son minoritarios en comparación con las opciones y garantías para las mujeres.

Los medios de comunicación, en lo anterior, juegan un papel primordial. Legitimar la imagen del macho –fuerte, viril, agresivo, principal sustento económico de familia, etc.–, ha hecho que ser hombre en nuestra sociedad signifique poseer dichas características para ser considerado y respetado. El menoscabo de las situaciones que suceden al hombre se puede reflejar en frases como “mandarina” – palabra que, en Ecuador, significa que un hombre “se deja mandar” de su mujer– o en risas cuando este quiere denunciar o demandar a su pareja u otra persona que ha perpetrado algún acto de agresión en su contra. Si bien las limitaciones a las capacidades de socialización, acceso a derechos y denuncias, parecieran afectar solo a pequeños entornos; estas se magnifican en el aparato judicial y legislativo que ha excluido a los hombres.

A lo anterior se suma el extremo o la tergiversación que ha sufrido el feminismo. Ese movimiento social que busca eliminar el machismo y permitir a todos acceder a derechos y oportunidades de forma igualitaria sin tomar en cuenta el género del individuo, llevado al extremo, ha resultado en misandria, a la cual se entiende como el odio a los hombres.

Entonces, si examinamos los conceptos y teorías referidos en esta sección, podemos encontrar que, por una parte, el imaginario social entiende aún al hombre como el macho y como el principal agresor, a la hora de referirnos a la violencia de género, esto debido a la socialización o “interiorización de las normas y valores característicos de la cultura donde deben insertarse” (Yubero, 2004, p. 819). Estos arquetipos que rodean al concepto de hombre provocan que, este grupo, quede excluido de sus derechos ciudadanos –de protección, por ejemplo– puesto que, al ser maltratados en cualquiera de sus formas, se convierten en ciudadanos de segunda clase al no poder acceder al sistema judicial con la misma facilidad que una mujer. Como veremos en los siguientes epígrafes, ni siquiera las leyes o códigos tipifican las agresiones que un hombre puede sufrir.

Las redes sociales como formadoras de comunidades

La llegada de internet y, específicamente, el boom de los blogs a finales de los ochenta, los chats y las wikis durante los noventa provocaron que, en la nueva plataforma, los usuarios encuentren a sus pares, es decir, a otros que posean similares intereses y cosmovisiones sobre determinado tema.

Este encuentro convirtió a internet en “la principal puerta de acceso al conocimiento, a la información y al entretenimiento” (Campos, 2008, p. 287). Junto con el desarrollo tecnológico y la llegada de nuevas plataformas que, utilizando la idea mcluhiana, contenían a los medios anteriores observamos, durante la primera década del 2000, la proliferación de las redes sociales, las cuales, hasta hoy, son el espacio virtual de encuentro de grupos de usuarios.

Las redes sociales, de las que se habla, no existirían si no hubiese internet. A este se lo considera “una red social por antonomasia, pues es el embrión donde se asientan todas las redes sociales del mundo” (Flores Vivar, 2009, p. 74). En las redes los usuarios generan contenido, la red como plataforma no lo genera. Es así como, los usuarios adscritos a estas redes comparten sus experiencias, intereses y preferencias en sus perfiles. Luego, el algoritmo propio de las redes presenta contenido generado por otros usuarios, con base a las preferencias ingresadas por el usuario, por sus búsquedas y otros datos esparcidos por la web, y es entonces donde el encuentro sucede.

Lo anterior se repite con cada miembro de la red social. Ese encuentro desemboca en la creación de comunidades virtuales. Entenderemos a comunidades virtuales como la organización virtual de usuarios en internet que comparten intereses, experiencias, preferencias y puntos de vista similares frente a determinados temas.

Estas comunidades generan que los miembros sientan que forman parte de un grupo y se identifiquen con los objetivos de este, lo cual puede resultar en acciones que se generen dentro y fuera de las redes sociales y que conlleven un beneficio para el colectivo.

En un primer momento, las redes sociales ayudan a visibilizar a grupos excluidos socialmente y que cuya aparición en otros medios de comunicación tradicionales es casi nula. Ejemplos de esto son revoluciones como la Primavera Árabe o la difusión de la labor de colectivos como Vivas nos Queremos, que inició en Argentina, o Mi Primer Acoso, en Ecuador.

La presencia en redes como estrategia de inclusión digital

“El crecimiento de Internet como medio de comunicación gracias al volumen de su audiencia, ha favorecido que también se haya consolidado como soporte publicitario en el mercado” (Martínez, 2013, p. 14). Los espacios informativos y de conexión con la comunidad se han trasladado de los medios de comunicación convencionales a las redes sociales. “Con la difusión de Internet, ha surgido una nueva forma de comunicación interactiva caracterizada por la capacidad para enviar mensajes de muchos a muchos, en tiempo real o en un momento concreto, y con la posibilidad de usar la comunicación punto-a-punto, estando el alcance de su difusión en función de las características de la práctica comunicativa perseguida”(Castells, 2009, p. 88).

 “Las nuevas modalidades de la cultura digital derivan de procesos de transformación revolucionarios que se han desencadenado a partir del desarrollo de las nuevas TIC (tecnologías de la información y comunicación) digitales” (Lévy, 2007, p. 8). Por ello, el posicionamiento de mensajes a través de plataformas digitales y redes sociales, se convierte en uno de los procesos más importantes al momento de trabajar una estrategia de inclusión, pues dentro de las principales características de una red social figuran el “concepto de comunidad, a través de la creación de redes de usuarios que interactúan, dialogan y aportan comunicación y conocimiento” (Campos-Freire, 2008, p. 3).

Conclusiones

Por lo analizado se puede concluir que la problemática de la violencia de género en contra de los hombres está asociada a la exclusión social de los mismos en cuanto a sus derechos como ciudadanos, a través de la limitación de sus capacidades, la falta de acceso al sistema judicial y a la poca ayuda y visibilización brindada por colectivos. Esto se relaciona con los arquetipos del inconsciente colectivo plasmado en el imaginario social del ecuatoriano, donde el concepto de “macho” produce que, en varios casos, las denuncias sobre maltrato no se realicen por vergüenza.

Asimismo, dada la actual visibilización de la violencia en contra de la mujer y de los miembros de colectivos LGBTIQ+, se ha invisibilizado la violencia en contra de los hombres. Aun en redes sociales, donde los colectivos difunden sus prácticas y buscan llevar un mensaje de ayuda a las víctimas, el número de colectivos que respalden a hombres es mínimo en comparación con los grupos de ayuda y lucha a favor de la mujer y las personas LGBTIQ+.

Las leyes y códigos ecuatorianos muestran una tendencia a tipificar crímenes relacionados con la violencia hacia mujeres, dejando a los hombres desprotegidos legalmente. Como las cifras lo indican, los casos de violencia psicológica hacia los hombres superan el número a los casos de violencia física hacia los mismos. Asimismo, las denuncias se realizan en la unidad de violencia intrafamiliar. Se puede sugerir que el hombre, en el entorno familiar, también es propenso a ser víctima de violencia de género.

Por otra parte, es importante recalcar el papel de las redes sociales como formadoras de comunidades y como nido para la visibilización de grupos excluidos como es el caso de los hombres víctimas de violencia de género en Ecuador.

Con la presencia en redes sociales, se avizora que, paulatinamente, crear una comunidad que luche a favor de sus derechos como ciudadanos y coadyuve al cambio de pensamiento colectivo donde se presume, en la mayoría de los casos y por razones históricas, que el hombre “siempre” es el agresor mas no el agredido.

Yalilé Loaiza Ruiz
Docente de la UDLH
yalilel@uhemisferios.edu.ec
Twitter: @yalu_loaiza

Stephanie Obando Moncayo
Docente de la UDLH
bsobandom@profesores.uhemisferios.edu.ec
Twitter: @stephoband