La Organización Mundial de la Salud (2005) indica que existen factores sociales y culturales que apoyan y perpetúan creencias con respecto a la violencia.

En Ecuador, el 14,5 % de las mujeres han sido víctimas de violencia sexual en la relación de pareja. En este sentido, el estudio propuesto permite esclarecer la problemática y analizar sus posibles soluciones.

La dificultad para llevar a cabo acciones de protección tiene relación con el hecho de que el agresor es la propia pareja. Wilches (2010) indica que la violencia sexual contra las mujeres es un delito “invisibilizado”, que se acompaña muy fuertemente del silencio de las víctimas por la culpa y la vergüenza; por imaginarios culturales e ideologías patriarcales.

Por lo tanto, estas situaciones provocan que las mujeres callen y eviten ejercer su derecho a la denuncia. La restitución de este derecho permite, por una parte, visibilizar la violencia sexual en la pareja y, por otra, dar voz a las víctimas para reconocer que la violencia no es algo natural, de modo que se genere la posibilidad de vivir una sexualidad libre de violencia.

La Declaración de la Organización de las Naciones Unidas sobre la eliminación de la violencia contra la mujer (1993) señala que las relaciones de dominio entre el hombre y la mujer son históricamente desiguales, lo que favorece las expresiones de violencia contra la mujer. Los factores de dominación existen en todas las sociedades y culturas, en particular en las patriarcales.

En la sociedad ecuatoriana, la violencia de género radica, entre otros factores, en las diferentes formas de sometimiento y dominación desde las que se construye la oposición entre hombres y mujeres.

Los roles de cada uno en nuestra sociedad se encuentran, de alguna manera, preestablecidos.

Los hombres deben adoptar posturas de dominación para mantener su posición dentro de la pareja (Segato, 2016).

En el caso de las mujeres, igualmente, pueden acoger sin cuestionamientos roles de sumisión para mantener su posición en la relación.

Según Camacho y Prieto (2001) se asume que el poder es una “construcción social e histórica”. Las sociedades van cambiando y se mantienen las posiciones del hombre y la mujer.

Este bagaje histórico e ideológico permanece a pesar del desarrollo de las sociedades y determinadas prácticas culturales que tienden a perpetuarse en los individuos.

Con ello, algunas obligaciones socioculturales violentas se reproducen en las relaciones sociales y, en particular, en las relaciones de pareja.

Una de las formas más extendidas de violencia es la sexual, que llega a normalizarse dentro de las relaciones de pareja.

Como menciona Balladares de la Cruz (2004) existen mitos creados en torno a la violencia sexual en parejas  para justificarla, entre los más graves considerarla como sinónimo de relación sexual consensuada o tolerar este tipo de violencia en nombre de la pasión amorosa.

La vida sexual de las parejas ha estado normada por creencias culturales que consideran el coito para la mujer como una obligación conyugal, que debe cumplir sin tomar en cuenta su deseo.

Según indica el informe “Violencia de género: un problema de derechos humanos” (Rico, 1996), sigue vigente en nuestro contexto cultural la concepción de que existen “obligaciones matrimoniales”, entre ellas, la de cumplir las demandas sexuales del esposo o pareja.

Cabe señalar que esta noción no solo está presente entre quienes han legalizado su relación a través del matrimonio, sino también entre quienes no (unión de hecho).

Conclusiones

Uno de los recursos con los que cuentan las mujeres que han sido víctimas de violencia de género y, en particular de violencia sexual, es la activación de redes de apoyo social. Ramírez considera que las redes de apoyo son un soporte en situaciones de crisis (2005).

En este sentido, se puede determinar que la presencia de diferentes actores sociales ayuda a las personas en estados de crisis a alcanzar la resolución de problemas.

Desde la perspectiva de la psicoterapia familiar sistémica, el modelo ecológico, según indican García y Misitu (2002) distingue dos tipos de apoyo social: el formal, que otorgan las instituciones gubernamentales o no gubernamentales que prestan servicios, y el informal, que procede de la red familiar, del conjunto de pares o el que proporcionan algunos miembros de la comunidad.

El objetivo de las redes de apoyo es la promoción de la autonomía, el empoderamiento y el goce de derechos de mujeres y hombres en el marco de un equilibrio de poder.

Dentro de los tipos de apoyo se diferencian el emocional, que se refiere al sentimiento de cuidado y preocupación compartido con las personas cercanas, con el fin de ofrecerle la seguridad de sentirse valorada y reconocida por ellas.

De esta manera, las redes de apoyo pueden ser una estrategia para avanzar en problemas de violencia de género, en particular de violencia sexual, arraigados estructuralmente (Matud, Aguilera, Morrero, Moraza & Caballeira (2003).

Las víctimas de violencia acuden a las redes de apoyo informales y formales, con mayor frecuencia, a las conformadas por otras mujeres.

Las estadísticas corroboran la existencia de la violencia sexual dentro de las relaciones de pareja. El pudor y los roles de género por la construcción cultural son factores que impiden visualizarla.

Las redes de apoyo cumplen un rol fundamental sobre todo cuando los casos se complican, por distintos factores, con el fin de que las mujeres no desistan en sus propósitos de encontrar justicia.

Identificar las principales redes de apoyo con las que cuentan las víctimas de violencia sexual, dentro de la relación de pareja, fortalece los procesos de restitución de derechos.

La noción jurídica de reparación integral cobra el mismo sentido. Supone una acción del Estado o de un tercero para dignificar la historia de vida de las mujeres víctimas de violencia sexual.

La obligación de reparar de manera integral es un derecho y una garantía que tienen las víctimas, en lo individual y colectivo, frente al Estado.

Las instituciones que lo representan se vuelven un escudo de protección, cuya importancia se dimensiona si se considera que las víctimas de violencia sexual en la pareja tienen redes de apoyo frágiles.

La presente investigación muestra la importancia y necesidad de construir, consolidar y multiplicar estos factores de protección y respeto de los derechos de las mujeres.

Johanna Ortiz
Gabriela Valenzuela
Rocío Játiva
Gabriela Pazmiño

Universidad Internacional SEK

Andrés Aguirre

Director de la Unidad de Víctimas y Movilidad