En el marco del Día Internacional de la Mujer, la Defensoría Pública reconoció la labor de Carmen Carcelén con la entrega de una placa.

¿Cuándo empezó con la iniciativa de acoger a las personas en su casa?

Siempre hemos dado hospedaje y comida a las personas de la comunidad. Criamos a unos ocho niños ajenos hasta cuando crecieron y se fueron.

¿En el caso de los extranjeros?

Somos distribuidores mayoristas de productos del valle para el mercado de Ipiales, Colombia. En uno de esos viajes, en 2017, nos encontramos con 11 chicos en el camino, uno de ellos se lanzó a la vía y otro se desplomó. Mi esposo paró el camión. Uno de ellos dijo que para continuar así era preferible morir. Esas palabras me llegaron muy profundo, ahí empezó todo.

“Hemos recibido
a 14.700
personas en
mi casa”

¿Desde 2017 cuántas personas recibió en su casa?

Hemos recibido a 14.700 personas en mi casa, pero, en los últimos meses, ya no registramos los nombres, números de cédula, lugar de origen y ocupación, porque nos dimos cuenta de que a nadie interesa.
Ahora, solo entregamos copias de las cédulas de los adultos y de las partidas de nacimiento de los niños a los representantes de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) para que lleve el registro, junto a HAIS (Organización hebrea de ayuda a inmigrantes y refugiados).

¿Hay espacio para acoger a tanta gente?

Tenemos un espacio para aproximadamente 100 hombres, en el segundo piso, y otro para 30 mujeres.

¿Con qué apoyo cuenta?

Antes, ACNUR, HIAS y CARE Ecuador ayudaban a los migrantes con un kit de aseo y un bono de 30 o 40 dólares para transporte.

¿Qué pasó con la ayuda de esas ONGs?

Hace dos meses quitaron todo tipo de ayuda, según dijeron, para detener la migración sin documentos, ya que, por recibir el dinero, atravesaban los pasos irregulares.
Creo que hubiera sido mejor ponerles en un bus para que lleguen a su destino, con garantías y pleno respeto a los Derechos Humanos. No, entregarles dinero.

¿Qué recibe un migrante que llega a su casa?

A quienes llegan en la mañana, desayuno, 10 minutos para que se bañen y tiempo para descansar. A quienes llegan en la tarde, comida, baño y hospedaje. Por la mañana desayunan y se despiden.
Hay personas que llegan heridas y las trasfiero al subcentro médico de la comunidad, luego regresan y se quedan hasta recuperarse.

¿La casa siempre está abierta?

Sí, los fines de semana hay familias enteras que se quedan, porque no hay nadie quien les ayude.
He tenido muchas situaciones tristes: mujeres solas con cinco, seis hijos, embarazadas, familias enteras con niños especiales, en sillas de ruedas.
También unas 40 familias extranjeras, que residen en El Juncal, llegan por ayuda, porque no tienen comida ni trabajo.
Los dueños de vehículos que encuentran a migrantes en la noche, por San Gabriel o Tulcán, los traen a la casa.

¿La ayuda solo es para los migrantes?

No, también para la comunidad. Por ejemplo, hacemos la fanesca para el pueblo, en Semana Santa, y la colada morada, en finados, que regalamos a la iglesia para que venda y saque fondos.

¿Qué le motivó cumplir con esta labor social?

Pensar que en algún momento yo también fui migrante. Salí a Ibarra a los 10 años, observé como en las grandes ciudades hay indiferencia, egoísmo, rechazo al migrante. Eso me hizo sensible. Además, Dios me entregó las herramientas: una familia grande, una casa amplia, alimentos para compartir.

¿Cómo financiar tanta ayuda?

Somos comerciantes mayoristas para el mercado de Ipiales, en Colombia, tenemos un camión y llevamos los productos. Esas facilidades nos permitieron atender a los migrantes, el primer año.
Luego, con la promoción que me hizo ACNUR, mucha gente se sumó a esta idea y llevó alimentos así como útiles de aseo. Ahora, busco espacio en algún mercado del Ecuador para vender nuestros productos, ya que mi esposo viaja solo a Ipiales y yo dejé de acompañarle.
Mientras tanto, hago algunas obras como costurera y a veces me contratan para cocinar para 200 o 300 personas.
Todo eso me ayuda mucho. En ocasiones llegan donaciones de alimentos, por ejemplo, hace poco los padres Jesuitas me regalaron mil dólares en comida.

¿Qué normas deben cumplir quienes llegan a su casa?

Primero saludar, porque hay gente que no lo sabe hacer. Les explico que no es un albergue, no es un refugio, solo una casa que brinda ayuda.
Luego, pido que se despojen de todo tipo de arma o droga. Les digo que si la Policía Nacional viene a realizar una requisa tengo que permitirla.
Más de uno me entrega un cuchillo, unas tijeras y un machete. Quienes no quieren entregar sus armas o sustancias no los recibimos en la casa, porque tenemos que precautelar la seguridad de todos y de los niños.
Gracias a esas acciones, en cerca de tres años, nunca ha pasado nada.
Las armas requisadas quise entregar al Teniente Político, pero se negó a recibirlas. Entonces regalé a los recolectores de chatarra.

¿Cuál es el apoyo de las autoridades de seguridad?

Solicité a la Policía que haga requisas en la casa, por mi propia seguridad, pero no he tenido respuesta.
Solo recibí un número de teléfono para que llame si pasa algo. No he visto ayuda, como debería.

Frente a esta labor social, ¿qué ha dicho su familia?

Mi esposo me dice que me ama mucho y que por eso me apoya. Sí, porque en sus planes no estaba esto. Él me conoció así, siempre involucrada con la comunidad, con la Iglesia. Mis hijos también me apoyan.

¿Qué significa para usted esta labor?

Ayudar a las personas me hace feliz y es lo que necesito en mi vida para estar bien conmigo y frente a Dios. Cuando la migración acabe, buscaré un lugar para continuar mi labor y seguir sirviendo a Dios desde la Tierra.

La Defensoría Pública brinda representación legal a personas vulnerables y de bajos recursos económicos, en casos de refugio, apátrida, inadmisión, deportación y regularización migratoria.

Carmen Carcelén, imbabureña, madre de 8 hijos, acoge en su casa a personas que cruzan la frontera norte de Ecuador en busca de mejores días.

Nació en Carpuela, Valle del Chota, hace 49 años, pero, desde muy pequeña, sus padres la llevaron a vivir en El Juncal.