La Violencia de Género

Para comprender este tema, es necesario abordarlo brevemente desde lo histórico, político e institucional; dado que, la violencia la encontramos en todas partes y en todos lados de nuestro convivir social. Es fácil encontrar en el mundo, una violencia ejercida por los propios Estados en contra de otros Estados, desplegándose después en contra de los ciudadanos que luchan por mejores condiciones de vida, apareciendo casi de forma espontánea temas como la xenofobia, aporofobia, homofobia, endurecimiento de las penas, etc., que se suman a hechos violentos como el asesinato, robo, agresiones sexuales, femicidios, etc., llevándonos a entender que habitamos en países violentos. 

La historia enseña que antes de llegar a la era patriarcal, la sociedad vivía en el matriarcado; esto es, una sociedad gobernada por las mujeres, fundada en esa idea o misterio de ser ellas las únicas que pueden crear otros seres humanos, por tanto eran ellas las que recibían reverencia, honores y culto a su ser, por estar más cerca o vinculadas a la madre naturaleza. Pero, a medida que fue evolucionando la sociedad, y los sistemas socioeconómicos se fueron afianzando en la fuerza del esclavo y en la guerra, los hombres tomaron el poder, y es así que nacería una sociedad gobernada por lo masculino, esto es, el patriarcado. 

Siendo la guerra una de las mayores decisiones políticas desde la antigüedad, principalmente para ganar territorios y mano de obra esclava, siempre estuvo asociada a la masculinidad; y, lamentablemente esa concepción de que la política está asociada al varón ocurre hasta en la actualidad, evidenciándose hace pocos años cuando un influyente político ecuatoriano afirmó que: “para gobernar se requiere tener cerebro, corazón y solvencia testicular”; y otro político para descalificar a su adversario le dijo que tiene: “…el esperma aguado.” (Salgado: 2009: 169). Las expresiones mencionadas, no resultaran importante, si no existiera en la actualidad una escalada asombrosa de angustia, sufrimiento y dolor que ciertos hombres infligen en contra de las mujeres, y lo más grave es el aumento de ese fenómeno que no se detendrá, si como sociedad civilizada no tomamos medidas concretas para parar esta masacre. 

La violencia de género es la más alta forma de discriminación de un género frente al otro. Este tipo de violencia puede ser cometida por cualquier persona indistintamente del sexo al que biológicamente pertenece; empero, en nuestro país como en otros, por ser sociedades altamente patriarcales y/o machistas, esa violencia se acentúa aún más en contra de las mujeres, GLBTI u otros grupos distinto a lo masculino. Por tanto, este artículo se centrará sobre la violencia ejercida en contra de las mujeres por su sola condición de ser mujer, con el objeto de develar el alto nivel de presión y angustia en que se encuentran las mujeres en el Ecuador, y que en la mayoría de los casos sus agresores forman parte de su propio círculo familiar. Al respecto, ya son varios los instrumentos internacionales desde la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), Convención Belén Do Pará hasta el Estatuto de Roma, que catalogan a la violencia en contra de las mujeres, por un lado como una de las formas más extremas de discriminación; y por el otro, como un crimen de lesa humanidad cuando sucede dentro de un conflicto armado internacional. 

La violencia en contra de las mujeres no ha estado alejada tampoco de la política de los Estados y de los grupos armados irregulares en el ámbito internacional. De ahí que, en Argentina existió el caso de Gladys de H. que fue secuestrada en el año 1979, detenida en un centro clandestino y allí sometida a tortura pese a estar embarazada de seis meses. En Chile, el porcentaje de víctimas mujeres tuvo un sistemático crecimiento entre el primer período (1973) y el tercero (1978 – 1990) pasando de un 9,7% de mujeres a un 19,3%. En Colombia, se ha documentado que los diversos actores armados ilegales aplican sobre las mujeres, en las zonas bajo su control, normas de conducta y control social, restricción de actividades de participación, imposición de lazos afectivos con los combatientes, reclutamiento forzado, esclavitud sexual y doméstica, violación y mutilación sexual, etc. Por otra parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS), señalan que por lo menos una de cada cinco mujeres en el mundo ha sido maltratada física o sexualmente por un hombre o por varios hombres en algún momento de su vida. (Barbuto, Moreyra et al: 2008: 44, 83, 108 y 147). 

En Ecuador, somos cada día testigos que existe una gran cantidad de casos de violencia en el ámbito intrafamiliar; es decir, no podemos negar que también existe violencia en contra de los hombres y otros grupos vulnerables, pero ello ocurre con más acento en contra de las niños, niñas, adolescentes y mujeres adultas; por tanto la violencia se acentúa más en el género femenino. 

Debemos reconocer, existe un problema mundial de violencia tan enraizada en la sociedad, y que se descarga de forma ilegítima en la mujer por el sólo hecho de ser mujer. Esa es la razón que, en los dos primeros meses del año 2019 en nuestro país, ya existan más de seis casos de femicidios; y, uno de ellos, perpetrado incluso frente a los agentes de seguridad estatal y otro a la vista de sus propios familiares, en ambos casos la mujer fue acuchillada en la calle por su pareja o ex pareja; sin contar los acosos, abusos sexuales, maltratos, etc., que ocurren en la clandestinidad. 

El resultado es que de acuerdo al Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), en la encuesta sobre relaciones familiares y violencia de género contra las mujeres en el año 2011 en Ecuador, las provincias en las que se puede observar una mayor concentración de este fenómeno son Morona Santiago con el 72,64%, Tungurahua tiene el 70,88% y Pichincha el 79,69% para el caso de la violencia recibida por cualquier persona. Y para el caso de la violencia recibida por parejas o ex parejas se observa alta concentración de los porcentajes en provincias como Morona Santiago con el 84,39%, Cotopaxi el 83,87%; y, Bolívar tiene el 81.61%. 

En definitiva, de acuerdo ONU Mujeres – Región Andina, en el Ecuador, el 95% de violencia contra la mujer ocurre en casa. Un estudio realizado por la Policía Judicial (PJ), entre 2002 y 2008, reveló que el 58% de agresiones contra mujeres se da por el cónyuge; un 23% por el conviviente y un 4% por algún familiar (22).

La Violencia de Género, en sus diversos tipos

La violencia de género es la acción u omisión más dañosa tendiente a lesionar física, sexual, psíquica o económicamente a otra persona por razón de su género; siguiendo los tipos de violencia reconocido por la ONU Mujeres – Región Andina (2012). No obstante, la Ley Orgánica Integral para prevenir y erradicar la violencia contra las mujeres, publicada en el Registro Oficial No. 175 de 05 de febrero de 2018, en el Art. 4 numeral 1) incorporó en la legislación ecuatoriana, lo que debe entenderse por violencia de género, y el Art. 10 ibídem, define a los tipos de violencia previstos. 

En ese sentido, antes de la Ley de marras, el Código Orgánico Integral Penal ecuatoriano (COIP), no establecía una definición concreta de violencia de género y sólo consideraba la violencia física, sexual y psicológica; a pesar del alto nivel de violencia intrafamiliar que ocurría en nuestro país, no teníamos una definición autónoma, sino que se debía acudir a la doctrina o a los instrumentos internacionales en esta materia, para conocer o sostener si determinada acción o conducta humana se adecuaba o no a este tipo de violencia. 

Ahora bien, entre todos los tipos de violencia, es la psicológica la que está presente en todas partes y en todos lados que incluso se ha naturalizado en las familias, porque lastima esa parte interna de la mujer que aparentemente no se nota, como lo ha manifestado Silvia Congost cuando dice que el: “maltrato está incluso más presente y puede llegar a pasar muy desapercibido”.

Efectivamente, es evidente que la mujer es en mayor medida la víctima de maltrato psicológico, por situaciones sociales, familiares realmente presentes y que de hecho lo aceptamos como normal.

La mujer por la forma en que fue criada por sus padres o parientes cercanos [familias típicas o atípicas] inconscientemente es reproductora de estereotipos absurdos de lo que debe ser lo masculino o femenino, por ello en muchos casos ellas mismas sin presión alguna consideran al varón/masculino como “jefe de hogar”, “quien debe tomar siempre las decisiones en la familia”, etc. 

Por otro lado, el hombre criado con esquemas propios del sistema patriarcal, en una relación de pareja se considera como el “jefe de familia”, “cabeza del hogar”, etc., surgiendo así un absurdo “privilegio” frente a la mujer, convirtiéndose esa circunstancia en la génesis de la violencia en el día a día, como dice la autora, como la falta de respeto o comentarios ofensivos. 

En definitiva, en el planeta es fácil observar, v.gr, hombre/poder – guerra/derecho penal; en consecuencia, es por lo general el hombre quien toma las decisiones para ir a la guerra como sanción y utiliza el derecho penal como instrumento de poder, y en esa dinámica el hombre común al creer que tomando las decisiones más importante de la familia y al ser “cabeza de hogar”, se confunde y cree que tiene también el derecho incluso para ordenar o decidir en torno al cuerpo, o, la existencia de la mujer. 

En ese contexto, el hombre, como parte de una familia, en la mayoría de los casos realiza actos que sin darse cuenta o con intención ofende, hiere, lastima o invade los derechos de la mujer, criada por sus cognados o agnados para ser adorada, querida, amada; empero, la mujer conservando su aspecto genuino. Desafortunadamente por estar inmersa en esta incultura patriarcal alimentada también por las propias mujeres, induce a las nuevas generaciones de mujeres a “obedecer ciegamente al marido”, “aunque pegue y mate marido es”, etc., cuyo hecho no es posible tampoco desligarlo de la cultura religiosa occidental imperante, que en la mayoría de los casos influenciados por dogmas que más allá de ser racionales, científicos o responder a la naturaleza humana; parecen cuentos de la imaginación; v.gr, lo que se lee en el pasaje de la biblia Efesios 5:22-23 que textualmente dice: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor – porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador”. 

Así las cosas, para los cristianos y que son la mayoría en nuestro país, lo mencionado podría ser uno de los postulados que sustentan el “poder o superioridad” del hombre hacía la mujer; porque supuestamente lo masculino por mandato religioso y divino es la “cabeza de la mujer”, como si la mujer no pudiera pensar, decidir o actuar sin la presencia de su pareja o cónyuge; circunstancia que podría abonar a la escalada de violencia en que vivimos, y la más común a la psicológica, siendo que en la mayoría de los casos en realidad ese tipo de violencia pasa desapercibido, habida cuenta que según el INEC, 8 de cada 10 ecuatorianos que dicen tener una filiación religiosa, son católicos, el 91,95% de la población afirma tener una religión, de los cuales el 80,4% pertenece a la religión católica, el 11,3% evangélica, 1,29% Testigos de Jehová y el restante 6,96% pertenecen a otras religiones, en suma tres de cada diez creyentes afirmaron asistir por lo menos una vez a la semana a algún culto religioso (cultos, misas, reuniones, etc.); dos de cada diez una vez al mes y el 15,9% asiste solo en ocasiones especiales (Metro-Ecuador); y en todos esos casos, salvo una minoría religiosa, su texto de estudio base es la biblia. 

No es la intención de cuestionar o criticar sin fundamento uno de los libros más antiguos que tiene la humanidad; al contrario se [lo respeta], pero al encontrarnos en un Estado laico, tenemos también el derecho de visibilizar aquellos matices que indirectamente pueden contribuir, alimentar, solapar o lo más grave, sustentar una supuesta “superioridad” de los hombres frente a las mujeres; dado que sus resultados, es la violencia generalizada, sistemática y brutal, que en la actualidad se ha vuelto devastador, al punto que un hombre quita la vida a una mujer a la vista y paciencia del propio Estado. 

Pero ante lo que hemos expresado: ¿por qué en algunos casos la mujer hace violencia de género también al hombre? o ¿será que las mujeres que violentan a los hombres, lo hacen como un síndrome de venganza frente a otras de su género que si lo sufren? 

Más de una mujer se le escucha decir que son “hombres”, como dando a conocer que ellas son las que tienen el “poder” en la relación de pareja; en esa concepción inverosímil, ni el patriarcado denunciado por unos, ni el feminismo defendido por otros tienen cabida; porque con esa expresión, no se hace apología del primero, ni mucho menos es la lucha por los mismos derechos entre hombre y mujer que propugna el segundo; es otra cosa, extraña pero otra cosa. 

Sin embargo, lo que se puede deducir es la negación de esas mujeres al sufrimiento, al dolor, que según Congost, no debería estar presente en las relaciones de pareja, aunque aclara la autora que no todo sufrimiento se considera maltrato, aunque todo maltrato sí conlleva sufrimiento.

La autora ve reflejado en las situaciones de violencia de género, al miedo, la pena y la autoestima de la mujer. Consecuentemente, en el Ecuador y en la mayoría de países de América Latina, la violencia se esconde por la imposibilidad de ciertas mujeres de poder satisfacer sus necesidades básicas sin la presencia del hombre que las “protege”, por ello lamentablemente enmudecen y sufren la violencia en silencio.

El “acoso callejero” y la legislación penal ecuatoriana

Antes que entre en vigencia la Ley Orgánica Integral para prevenir y erradicar la violencia contra las mujeres, el COIP sólo establecía el acoso sexual y no otras modalidades de acoso como el que ocurre todos los días en las calles, plazas, parques, etc., del país; tampoco el COIP entregaba una respuesta adecuada para reprimir el maltrato psicológico por la dificultad para probarlo, puesto que existían tres niveles: leve, moderado y severo respecto a la afectación psicológica para quien la sufría; además, de no existir en el Ecuador, los psicólogos forenses necesarios quienes determinarían esos niveles. El resultado, fue una avalancha de denuncias por violencia psicológica en fiscalía y fueron muy pocas las que pudieron prosperar hasta una sentencia, lo que significaba que la violencia psicológica seguía siendo la asignatura pendiente de nuestro sistema de peritación, valoración y apre-ciación jurídico-forense como lo afirmó (Hernández, Magro y Cuéllar: 2014: 44). 

La legislación vigente, sin duda nos trae interesantes definiciones de lo que se debe entender por acoso además del sexual. El acoso en la ley, se encuentra dentro de la violencia psicológica que fue analizada up supra; esto tiende al hostigamiento producido por una conducta abusiva, como palabras, actos, gestos, escritos o mensajes electrónicos dirigidos a perseguir, intimidar, chantajear y vigilar a la mujer. También es cierto que el ‘acoso callejero’ de forma literal no existe en nuestra legislación, pero es suficiente como ha sido concebido, para entender que no importa donde se expresen esas palabras, se realicen esos actos, gestos, escritos o cualquier otra conducta encaminada a perseguir, intimidar, chantajear y vigilar a la mujer, para que resulte repudiable y sancionable como contravención o delito. 

Según infogram, sólo en Quito, el 80% de las mujeres se sienten inseguras en el transporte público. El 67% ha sido víctima de acoso en el transporte y el 25% han sido tocadas en el transporte público; es decir, esta alarmante cifra es una mezcla de acoso y abuso sexual que ocurre todos los días no sólo en la capital, sino en todo el país. 

Por esa razón, de acuerdo a Zambrano (2015) en Quito se inició en mayo de 2015, la campaña “Yo cambio por ellas”, objetivo era que el 71% de mujeres deje de sentir miedo de ser víctima de acoso sexual en el transporte público de dicha ciudad. Otra iniciativa puesta en marcha en Quito es el proyecto “Cuéntame”, mediante el cual se recepta denuncias sobre acoso sexual en el transporte público. En el año 2014 el Centro Ecuatoriano para la Promoción y Acción de la Mujer (CEPAM) presentó a los directivos de Fundación Metrovía un proyecto que consiste en la implementación de buses “rosa” destinados exclusivamente para mujeres (47-50). 

Frente a esto, en vista de que el fenómeno del acoso callejero no sólo sucede en el Ecuador, Zambrano (2015) escribió que, en el año 2011 en Perú se propuso la iniciativa “Paremos el acoso callejero”. En el 2014 se organizó la primera semana de América Latina contra el acoso callejero, una iniciativa del grupo norteamericano “Stop Street Harassment”. Estas iniciativas inspiraron a otros países como Chile y Colombia, los que en el 2014 crearon el Observatorio Contra el Acoso Callejero (OCAC). Según cifras de esta organización, el 85% de las mujeres han sufrido acoso sexual callejero en Chile (Observatorio contra el acoso callejero en Chile, 2015) y un 87 % en Colombia (Observatorio contra el acoso callejero en Colombia, 2015) (47-50). 

Por otro lado, según el diario ‘el Comercio’, la UNICEF Honduras, como parte de la campaña ‘Ciudades seguras’, presentó un spot en el que una joven con uniforme de colegio muestra su rechazo a recibir piropos y “que la molesten en la calle”; en el video se hace énfasis en que el acoso callejero también es violencia.En Chile, una mujer decide tomar venganza y ser la protagonista de ‘agarrones’ para que los hombres sientan el acoso callejero, lo curioso es que el spot publicado por Woki Toki reveló que ningún hombre expresó su enojo, por el contrario, muchos invitaron a salir a la chica o le pidieron su número de teléfono. 

En Argentina, el corto denominado ‘Por la calle’ presenta una situación hipotética de cambio de roles de género, un chico recibe una serie de comentarios en la calle por parte de mujeres, al principio el joven se muestra orgulloso y halagado, pero las groserías empiezan a incomodarlo. 

Y en Ecuador, en el 2011 se lanzó también la campaña ‘Quiero andar tranquila, calles sin acoso’ se desplegó en Quito en el sistema metropolitano de transporte, uno de los lugares donde las mujeres se sienten más inseguras. 

Nótese, sólo hemos develado el alarmante acoso callejero en una ciudad del país, pero ese fenómeno ocurre en todo el territorio Nacional. También dijimos que el acoso es una deformidad social, y responde necesariamente al nivel de discriminación basada en género de una sociedad.

El Femicidio y su mutación al feminicidio como consecuencia de un Estado ausente

El femicidio es una figura acuñada en 1970 por Diana Russell y prevista en el Art. 141 del COIP, se traduce en la expresión más brutal de discriminación, intolerancia y desprecio por razón de género en contra de la mujer. 

De ahí que, el hombre en ese estado mental ha llegado al punto de no respetar o tolerar la existencia física de la mujer y no descansa hasta que la mata; sin importarle las consecuencias jurídicas posteriores, e incluso en algunos casos sin importarle hasta su propia existencia que se elimina después de haber logrado el resultado punible. 

Según el INEC, en una encuesta realizada sobre los casos de femicidios ocurridos en el Ecuador, entre el 10 de agosto 2014 y el 02 de enero de 2018, en las provincias de Azuay, Guayas y Pichincha, se observó una línea ascendente que denota un aumento acelerado de casos de femicidios de acuerdo a la siguiente ilustración: 

Conocemos que fue en el COIP donde por primera vez se hizo constar en nuestra legislación el delito de femicidio como una forma de violencia extrema tendiente a dar muerte a una mujer por el sólo hecho de ser mujer; cuya figura delictiva permite visibilizar el resultado final de todo un círculo de violencia de género perpetrada por el hombre contra la mujer; en otras palabras, funciona como indicador sobre el nivel de discriminación, machismo y abuso sexista que sucede en contra de la mujer en nuestra sociedad. 

Pero también han habido casos en el Ecuador, que la mujer víctima de esa violencia periódica por parte de su pareja o ex pareja, en el calor o desesperación de las agresiones e incluso al borde de perder su vida, en su defensa ha terminado con la vida de su agresor, que sin duda por la circunstancia del hecho típico; como ha ocurrido en la práctica, la mujer no ha podido ser sancionada por homicidio, o mucho menos por asesinato. 

El gráfico propuesto nos da cuenta, que el delito de femicidio al menos en las principales ciudades del Ecuador; tiene un importante crecimiento y no decrecerá sin la ayuda de medidas en el ámbito público por parte del Estado y privado por el lado de los ciudadanos, encaminado a concienciar a la sociedad, que las mujeres tienen iguales derechos y oportunidades que los hombres y no existe libre acceso a su cuerpo; por tanto, no hay justificación para discriminarlas, maltratarlas, acosarlas o mucho menos ejecutarlas por el sólo hecho de ser mujeres, ni por cualquier otra circunstancia.

En definitiva, se debe comprender y aceptar que el ser humano indistintamente de su género, debe vivir en un ambiente de respeto absoluto a los derechos humanos de sus congéneres, por la sola razón de su existencia.

 

Por parte del Estado, es imperante que se efectivice en los programas de estudios inicial una educación basada en género y la tolerancia hacia todo lo distinto; así como la asignación de los recursos necesarios para la implementación de la Ley Orgánica Integral para prevenir y erradicar la violencia contra las mujeres, que incidirá en la lucha e impulso para la materialización del respeto de los derechos al diferente. 

No obstante, de acuerdo a la publicación del diario ‘el Comercio’ la representante de la Coalición Nacional de Mujeres, criticó al Estado ecuatoriano por los USD 660.000 asignados para prevenir la violencia de género contra las mujeres en la Proforma presupuestaria 2019, dado que a su criterio no alcanza ni para cubrir la Segunda Encuesta Nacional de Violencia (la última es del 2011), lo cual tuvo una reducción significativa en relación a los 8,5 millones asignados para el 2018.

Disminución presupuestaria que seguramente afectará una seria implementación de la ley, y estaríamos en riesgo que en poco tiempo además de alarmarnos de las cifras de femicidio, hablemos después en muy poco tiempo de feminicidio, que según ONU Mujeres – Región Andina, dicho término tiene una carga más política que trata de incidir en el papel del Estado como actor que por acción u omisión contribuye a la violencia (22). Por el lado de los ciudadanos, imperativamente se debe reflexionar en la academia, organizaciones sociales, instituciones públicas y privadas, clubes deportivos, espacios religiosos, militares, policiales, etc. 

En suma, en los propios hogares de las familiares ecuatorianas, para llegar al convencimiento urgente del respeto a la mujer y a todo lo distinto a lo masculino; sólo así, aportaríamos como sociedad civilizada para que ocurra un descenso de esa curva de crecimiento exponencial que visibiliza los casos de femicidios en el Ecuador.