Hablar sobre derechos de la mujer en el contexto ecuatoriano implica considerar varios aspectos, partiendo por las convicciones y arraigos patriarcales con los que la mayor parte de la población de nuestro país se desarrolla; la formación integral que cada persona recibe desde el seno de su hogar, no solo como individuo sino también como integrante de la sociedad, nos ha llevado a normalizar comportamientos y abusos que se derivan de una herencia machista que en pleno siglo XXI es todavía muy difícil de superar y dejar atrás. 

La falta de educación con enfoque de género para nuestros niños y adolescentes que están en etapa de formación, el no contar con programas de prevención efectivos para evitar  problemas emergentes de una sociedad: alcoholismo, drogadicción, tráfico de drogas, turismo sexual, etc., que contribuyen a agudizar la discriminación que sufren varios sectores de la sociedad, en particular aquellos que ya se encuentran en una situación de desventaja, como es el caso de las mujeres, los niños, niñas  y adolescentes; el auge migratorio de países vecinos hacia el nuestro sin que estemos preparados para poder afrontar con recursos adecuados la demanda generada en la prestación de servicios públicos a los ciudadanos extranjeros, pero si a todo esto le agregamos que en el momento actual estamos viviendo una convulsión social que se genera principalmente por la destrucción del núcleo familiar, ya que los índices de familias desintegradas y embarazos prematuros con madres solteras que deben criar solas a sus hijos cada vez son más comunes, los avances tecnológicos que sin duda son maravillosos, necesarios y nos ha facilitado muchísimo la vida, también ha provocado que actualmente los niños estén siendo cuidados por dispositivos electrónicos usando indiscriminadamente el internet como fuente de distracción desde que son bebés, con libre acceso a contenidos que no siempre son apropiados para un cerebro y sistema nervioso que está en formación. 

Toda esta combinación sin duda pudo provocar que en los últimos años seamos testigos de hechos que nos han conmocionado y evidenciado lo poco que hemos avanzado en materia de prevención de violencia y protección efectiva y eficaz de los derechos para las mujeres y en general se evidencia de forma clara nuestras falencias para lograr convertirnos en el tan anhelado “País libre de violencia”. 

No podemos negar que se han realizado grandes esfuerzos legislativos como la tipificación del Femicidio en el artículo 141 del COIP, que entró en vigencia el 10 de agosto del 2014 y la promulgación de la Ley Orgánica para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres publicada en el R.O no. 175 del 5 de febrero del 2018, sin embargo, considero que no es suficiente solo trabajar en tipificar delitos y sanciones en busca de obtener sentencias en contra de los agresores declarándolos culpables, la solución nunca va a ser llenar las cárceles de agresores que se procesaron y sentenciaron por cometer actos de violencia, lo adecuado sería un miramiento de políticas en busca del verdadero problema que identifique la raíz y las posibles causas que provocan la violencia.

Debo aclarar que estoy consciente y reconozco que será siempre una obligación prioritaria del sistema de justicia, agotar todos los esfuerzos y recursos de los que se disponga, en busca de evitar la impunidad ante cualquier acto de violencia consumado, como los hechos repudiables ocurridos con “Martha” y “Diana Carolina” que han causado conmoción social por la manera tan cruel, denigrante e inhumana en que fueron tratadas las víctimas y en general con todos los hechos de violencia que no siempre llegan a hacerse públicos, por cuanto en su gran mayoría ni siquiera se denuncian por parte de las víctimas, sino que conocemos de ellos, cuando lamentablemente ya es demasiado tarde. 

Retomando el tema de nuestra herencia machista, es hora de acabar con esta coyuntura y de empezar  por empoderarnos de la educación y formación de nuestros niños y adolescentes, no estamos asumiendo con seriedad la obligación que nos corresponde como adultos responsables de entregar a la sociedad, hombres y mujeres con conceptos claros de respeto al derecho ajeno y que aporten positivamente en la comunidad, ya que como todos sabemos, en las manos de nuestros niños está el futuro de este país; sin embargo en su lugar estamos permitiendo que los niños crezcan y se formen con convicciones erróneas de comportamiento, sin normas básicas de respeto por el prójimo y una marcada carencia de valores familiares y sociales lo que inevitablemente conllevará a que se conviertan en los futuros potenciales agresores y víctimas de maltrato, puntualizando que esto ocurre independientemente del género, porque en la práctica sabemos que no solo hay mujeres maltratadas, también hay hombres, niños, ancianos y miembros de comunidades LGBTI que son víctimas de violencia, motivo por el que prefiero hablar del individuo con un potencial futuro como víctima o agresor. 

En el artículo “Secuelas del maltrato infantil en adultos” publicado en marzo del año 2018 por el Licenciado en Psicología y Máster en Investigación Francisco Céspedes, refiriéndose al tema de las consecuencias del maltrato infantil señala: “Uno de los efectos más comunes es que las personas que han padecido malos tratos se conviertan en personas violentas e irascibles.” 

En el mismo artículo nos explica “…además de estos efectos psicológicos, también podemos ser testigos de las secuelas del maltrato infantil en adultos valorando algunas actitudes o hábitos que llevan a cabo dichas personas. Por norma general, se crean relaciones autodestructivas al no haber sido capaz de superar este trauma infantil”. 

En este sentido podemos colegir, aún sin profundizar en el campo de los profesionales en psicología y estudios del comportamiento humano, que las personas cuando han sido víctimas de maltrato durante su infancia, adquieren un factor de riesgo que puede predisponerlos para que se conviertan en un potencial agresor o víctima de violencia cuando lleguen a edad adulta; dependiendo de las circunstancias individuales y de la manera de asimilar la situación de cada individuo, por regla general, los niños cuando se desenvuelven en un medio violento, hogares disfuncionales, siendo testigos y víctimas de agresiones por parte de los adultos que conforman su hogar, cuando llegan a su adultez, la tendencia casi irreversible es que el patrón se repita en contra de sus parejas e hijos, por lo tanto estamos hablando de un círculo de violencia que no se logra romper con facilidad.

En el mismo sentido refiriéndome a las consecuencias del maltrato, en mi experiencia profesional como abogada y defensora pública en el patrocinio legal de procesos judiciales de violencia contra la mujer y miembros del núcleo familiar y procesos de medidas de protección a favor de niños, niñas y adolescentes, en la mayoría de casos con los que he tenido la oportunidad de trabajar, cuando se realizan las entrevistas a los involucrados, para conocer sobre los antecedentes de violencia y poder elaborar una teoría del caso, he podido evidenciar que tanto víctimas como agresores provienen generalmente de hogares disfuncionales, crecieron como víctimas de maltrato en su infancia y adolescencia, y un alto índice de ellos se convierte en adultos agresores o víctimas de violencia, repitiendo el patrón de comportamiento; es importante también mencionar que otro factor común en casi todos los hechos de violencia, es el consumo excesivo de alcohol y drogas y hasta me atreveré a asegurar que por regla general es el detonante para que se produzcan la mayoría de conflictos y agresiones. 

Sin duda existe, la necesidad urgente de la intervención del aparato estatal con campañas intensivas y efectivas de programas de educación en temas de prevención de violencia de género, prevención en uso de alcohol y drogas y de educación sexual para evitar embarazos prematuros, mediante una adecuada articulación y coordinación interinstitucional con las diferentes entidades estatales para que cada una de las instituciones públicas dentro del ámbito de sus competencias asuma el compromiso de abarcar la mayor cantidad posible de individuos, con la difusión permanente de temas de prevención de violencia de género y violencia intrafamiliar, programas que incentiven y promuevan el deporte en niños y adolescentes con el objetivo de  mantenerlos ocupados y alejados de los peligros del alcohol y las drogas, solo así se logrará formar, educar y sensibilizar a la población, pero sobre todo debemos enfocarnos en la necesidad prioritaria que existe, de que se agoten esfuerzos y recursos que son necesarios para formar y orientar a las futuras generaciones. 

Estoy absolutamente convencida que solo con educación lograremos romper estas barreras estructurales y es tarea del Estado cubrir de manera urgente y prioritaria esta necesidad, sin embargo, debemos también asumir la responsabilidad que nos corresponde individualmente y darle prioridad a la educación y formación de las futuras generaciones desde la casa, la familia y el hogar, ya que es ahí, donde se deben sentar las bases de la formación integral de nuestros niños, niñas y adolescentes, ellos deben ser cuidados y orientados por sus padres y no vivir en el abandono o el maltrato porque serán arrastrados inevitablemente al mundo de la delincuencia y las drogas, debemos darle prioridad a la educación en valores, ya es hora de que empecemos a empoderar a nuestras  niñas para que no crezcan convencidas y resignadas a ser las futuras víctimas de maltrato; en su lugar  asumamos nuestra responsabilidad como ciudadanos, cada uno desde sus espacios y empecemos a ejecutar acciones para orientar y formar  mujeres valientes, respetuosas, independientes y futuras profesionales que sepan hacer valer sus derechos y exigir respeto frente a cualquier intento de abuso; así como también es urgente y necesario que formemos niños y futuros hombres, respetuosos de los derechos del prójimo y que aporten de manera positiva a la sociedad en general.

No se puede negar que vivimos en una cultura fuertemente arraigada en estereotipos, que tienen como eje central “el supuesto de la inferioridad de las mujeres”, esta idea no se modifica de la noche a la mañana. El cambio de patrones culturales es una tarea difícil para cualquier gobierno pero no imposible de encaminar, la invitación queda planteada para que cada institución pública, servidor público y ciudadano, desde cualquiera que sea su ámbito, asuma el compromiso de buscar espacios donde aportar con soluciones de prevención.