Zulema y Titi, dos jóvenes se enfrentan al mundo y ganan la pelea

Zulema y Titi, dos jóvenes se enfrentan al mundo y ganan la pelea

septiembre 10, 2013
in Category: Casos
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Zulema y Titi, dos jóvenes se enfrentan al mundo y ganan la pelea

S on las 16:30 de un martes de agosto en Guayaquil. Desde el piso más alto del Edificio La Previsora se puede disfrutar del maravilloso río Guayas: calmado, inmenso, dibujando con sutileza algunos bordes de la urbe. La música de fondo es tenue; una taza de café cargado para mí, ellas, tomadas de la mano y sonriendo, tan solo piden agua. Zulema es una joven de 22 años que comparte su vida con Cynthia o como la llaman de cariño, Titi, de 21; son pareja hace más de dos años. Su increíble, pero real historia de terror empezó el 25 de marzo de 2013, cuando Zulema decidió confesar a su familia su orientación sexual. “Les dije: si andaban buscando respuestas, pues sí, soy lesbiana”.

Los padres consideraron que una terapia sicológica sería la “solución” para que ella retomara el camino “correcto”, pero la sicóloga lo que hizo fue explicarles que el lesbianismo no es una enfermedad y que la convivencia sana solo podía asegurarse con reglas claras. Sin embargo, la relación de Zulema con sus padres y su hermano solo se deterioró más y ella terminó yéndose de su casa: “salí tal como estaba vestida, tomé unos libros, el cargador (del celular) y fui a la casa de mi novia, allá podía estar bien”.

Las dos, siempre tomadas de la mano, se miran, comentan, recuerdan fechas y detalles de una historia que les rompió el corazón y que a la vez se convirtió en un símbolo de la lucha por la libertad. Entre tanto dolor, lo más difícil para Zulema ha sido la relación con su madre, con ella enfrentó las peleas más duras, de ella escuchó las frases más hirientes: “Yo no parí una hija lesbiana, yo parí una señorita”; “te voy a buscar hasta debajo de las piedras si es necesario y te voy a desaparecer con tu amiguita”; “tú estás loca, y ¿sabes lo que les pasa a los locos, sabes dónde están?”.

La joven, entre la tristeza y el temor, decidió hacer pública su historia para sentirse reguardada, así que el tuiter se convirtió en su espacio de resistencia. El 5 de abril publicó: “tendré que tuitear de mi vida personal, porque será la única prueba de lo que me está pasando y de lo que me pudiera pasar”.

Luego de varias semanas, algunas llamadas y de una fuerte insistencia, Zulema accedió a almorzar con sus padres el 17 de mayo. Fue una trampa: ese día un hombre de traza extraña, cuenta Zulema, y cinco mujeres la esposaron, subieron a un carro y se la llevaron lejos. La joven apenas logró preguntarle a su madre “¿por qué me haces esto? Solo decía, todo es por tu bien, te vas a recuperar. Sentía impotencia (…), no podía creer que mis padres pensaran que me podían “curar” en una clínica. El camino fue largo. Se me ocurrió que si teníamos un accidente, una ambulancia podría salvarme, así que moví el volante con fuerza, pero eso solo provocó que empezaran los insultos y los malos tratos”.

6-13-1Zulema es una joven alta que no deja de sonreír a pesar de sus tristezas. Su historia la ha fortalecido, ha hecho de ella una convencida de los derechos, la única forma de vivir justamente, piensa. Solo así se explica que pudiera resistir varias semanas lejos de su ciudad, de su trabajo, de su novia, de su rutina como ser humano. Fue a parar a una casa con rejas, desolada, junto a otras chicas “que parecían robots” y que de inicio le cantaron las reglas, entre ellas: está prohibido ser lesbiana. “Era un régimen militar: te despertaban temprano, hacías un terapia espiritual, rezabas, hacías ejercicios y luego a limpiar habitaciones y baños Todo se debía hacer en segundos. No podía ir al baño con la puerta cerrada, me olían las partes intimas y la boca para ver si me había bañado o no”.

En algunas ocasiones pensó en escapar, en otras, pensó que sus padres podrían arrepentirse y sacarla de ahí, pero sabía que no iba a pasar. “Además, en la clínica me enteré que mi encierro había sido planeado muchas semanas antes de que me internen”.

Mientras Zulema vivía el drama del encierro involuntario, Titi vivía el suyo propio entre el dolor y la desesperación de no saber nada de su novia. Titi tiene el cabello largo, su delgadez y su ternura, no esconden la mujer guerrera que es. “Sentía que el mundo se me venía encima, solo me preguntaba cómo la recupero, y en dónde la pudieron meter”.

Así que Titi emprendió la lucha desde fuera, nada simple en una ciudad presionada por las iglesias y ciertos sectores políticos desconectados con los derechos humanos. Su estrategia fue atacar por la vía legal y desde lo comunicacional, para ello hizo buena sociedad con Lía Burbano, representante de la Asociación Lésbica Mujer & Mujer, y la activista de derechos humanos y abogada Silvia Buendía.

Tres semanas después de la desaparición de Zulema, presentaron la denuncia ante la Fiscalía, pero no fue aceptada. ¿La razón? “La señora que me atendió decía -son los padres, no puedo receptar una denuncia así, pero déjeme preguntar porque es el primer caso que recibimos de este tipo-. No me permitió ingresar la denuncia (…) porque se trataba de la familia de la víctima, ese fue su argumento”. De modo que intervino la Defensoría del Pueblo y gestionó que la Fiscalía actuara, pues se trataba de la vida de una joven que estaba desaparecida.

Desde la comunicación, tuiter fue el espacio de lucha para Titi; su primer mensaje fue contundente: “ha desaparecido en Gye. Zulema Constante Mera si sabes algo de ella por favor comunícate 0989988691”. La cantidad de retuis y comentarios sobre el caso hicieron que el hermano de Zulema negara lo que sucedía y afirmara que Titi “estaba loca y armaba un circo sobre el tema”. El joven escribió que su hermana estaba junto a él, pero no hizo otra cosa que provocar la reacción de amigos de las chicas que le increpaban por la desaparición de Zulema. El caso se convirtió en una tendencia en tuiter a nivel nacional, al punto de que autoridades de gobierno intervinieron para saber qué sucedía con la joven.

En la clínica, Zulema recibió una llamada desde Guayaquil: “¿Estás bien?, preguntó mi papá. Le dije que no, que no quería estar ahí. Mi hermano cogió el teléfono y empezó a contarme lo que pasaba en redes sociales; mi papá me decía, eres tendencia en Ecuador, la Presidenta de la Asamblea pregunta, la Gobernadora (del Guayas) también. Haz algo para que tu novia detenga todo esto, llámala por teléfono y dile que pare. Y yo le dije, podré hacerlo cuando esté fuera de aquí”.

A la una de la mañana de ese día, el director de la clínica subió a Zulema a un taxi, viajó con ella durante una hora hasta el Puyo y desde allí la joven recorrió sola el camino de vuelta a casa. “El taxista no sabía nada, le pedí que me preste el teléfono y así logré comunicarme”, ¿con quién? Con su novia Titi que dudaba en contestar la llamada desde un número desconocido, temía que fueran los padres de Zulema, pero finalmente contestó y escuchó las palabras mágicas: “mi amor, estoy bien, soy Zulema, ya estoy camino a Guayaquil”. Punto para las chicas. Lía Burbano recogió a Zulema pasando el peaje de Durán – Tambo, se reunieron con Titi y Silvia Buendía, y realizaron una rueda de prensa en la Defensoría del Pueblo para contarlo todo.

Zulema entiende que sus padres también sufren, ella sabe lo difícil que es para su familia aceptar su orientación sexual, tan digna y humana como la de cualquier otra persona, pero incomprensible para quienes asocian a la homosexualidad con el pecado o con una supuesta enfermedad que les causa vergüenza. La llamada que recibió Zulema de su familia, una vez que recuperó su libertad, evidenció más el sentir familiar: “me llamaron a reclamar, a decir que no era justo lo que le hacía a la familia, que cómo se me ocurría decir públicamente que soy lesbiana”.

Zulema y Titi se abrazan, su complicidad, su pleno convencimiento de que tienen derecho a vivir en pareja, a exigir respeto de los demás, han hecho que se conviertan en activistas de los grupos GLBTI. Ellas impulsan el matrimonio igualitario, quieren casarse, ¿casarse en tiempos en que la gente se casa menos? Sí, dicen, porque es una manera de reforzar la garantía y el respeto de sus derechos, y de romper con las taras de una sociedad que pretende marginarlas. Lo cierto es que ellas no se dejan.

Teresa Ovando

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