Prisiones: el castigo a las mujeres es extensivo a sus hijos

Prisiones: el castigo a las mujeres es extensivo a sus hijos

septiembre 14, 2013
in Category: Perspectivas
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Prisiones: el castigo a las mujeres es extensivo a sus hijos

El  enfoque de género más que un tema en boga, significa una cuestión de especial preocupación para aquellos que creemos en que eliminar inequidades en la sociedad es la alternativa para combatir la violencia intrafamiliar, laboral y sexual. Es importante que se comprenda que si bien es cierto existen obvias disimilitudes en cuanto al sexo entre hombres y mujeres, no son otra cosa que el conjunto de características físicas del cuerpo. Quizás es la determinación de un cromosoma al momento de concebirnos, que ha creado diferencias que se marcan para el resto de la vida, y no solo de índole biológico o genético sino social.

El género se refiere a las características o roles que las sociedades asignan como propias de cada sexo. Esto es de orden cultural que asocia a las mujeres y hombres determinados patrones o estereotipos a los que deben ajustarse. No recuerdo exactamente cuántos años tenía cuando me regalaron una muñeca a la que debía dar biberón y consolar cuando llorara, mientras que por la ventana de mi casa solía mirar a los vecinos de mi edad jugar pelota en la calle por el hecho de ser hombres. Es claro, el esquema social del hombre en la calle a trabajar y la mujer en la casa a cuidar de la familia.

Con esto no quiero negar el hermoso papel que como mujeres desempeñamos al ser madres, y así perennizar la raza humana, pero tampoco puede negarse que la mujer es parte cada vez más importante de la sociedad, y que  con el desarrollo de la producción económica para el mercado, la mujer encontró nuevos espacios para desenvolverse, lo cual creó nuevas necesidades sociales y propició el surgimiento de una nueva conciencia y cultura. El cuidado de los niños, la salud de la mujer y de los demás miembros de la familia, la violencia intrafamiliar que en la mayoría de los casos atenta contra los niños y la mujer, el hostigamiento contra la mujer en los medios laboral y social, se convirtieron en preocupación para el estado, encargado de regular mediante la normativa jurídica.

El monopolio del hombre en la toma de decisiones, el control del poder tanto en la sociedad como en el hogar, llevó, hasta hace poco, a considerar que las características asignadas al sexo masculino eran valiosas y aquellas asociadas al sexo femenino fueron desvalorizadas. Un mundo hecho a la imagen y la semejanza de los intereses del hombre y para suplir sus necesidades, esto ha hecho que se pretenda incluir dentro de la palabra hombre a la mujer o pensar que por reconocer derechos al hombre se sobreentiende que las mujeres resultan también beneficiadas.

Este preámbulo me permitirá dar paso al tema central de este artículo, ya que hasta el sistema penitenciario se encuentra diseñado para suplir las necesidades de los hombres. Para la mujer privada de la libertad es doblemente estigmatizante el ser considerada delincuente y el haber incumplido el rol que por costumbre le correspondía: un ser dócil e inferior con deberes y funciones socialmente asignadas.

El año pasado conocí a Diana, una joven de 21 años, madre de dos niñas, una de cuatro años y otra de tres meses. En el mes de agosto se le ocurrió complacer a su pareja y padre de su segunda hija, un PPL del Centro de Rehabilitación Social de Machala que le pidió llevarle unos gramos de marihuana para consumirlos el día de la visita; ella no dudó en hacerlo, de todos modos cumplía el rol de mujer complaciente de su hombre, a quien debía obedecer aún al punto de poner en riesgo de su propia libertad.

6-26-1El día de visita, Diana llegó como cada semana con su hija en brazos a visitar a su pareja, colocando dentro del pañal de su pequeña cinco gramos de marihuana que había comprado con el poco dinero que tenía, pero valía la pena por un poco de afecto. El registro se realizó como de costumbre, invasivo, sin respeto por la dignidad de las mujeres, no encontraron nada en Diana, pero la bebé de tres meses fue registrada. Diana fue llevada ante un juez de garantías penales quien dispuso de manera inmediata prisión preventiva ante la mirada atónita de todos. Ingresó al Centro de Rehabilitación de Zaruma, fue separada de sus dos hijas, el juez escribió en su motivación, para semejante atrocidad, que no era por la cantidad de marihuana sino por la gravedad del acto: introducir droga a un centro carcelario, era un hecho que no tenía perdón y debía ser castigado aún por encima del interés superior de una criatura que aún lactaba y de otra que lloraba desconsolada frente a todos.

En los cinco años que llevo en la Defensa Pública, he asistido a audiencias de flagrancia en las que cinco gramos de marihuana son considerados de escasa cantidad como para iniciar una instrucción fiscal, por lo cual se evita exacerbar todo el aparataje punitivo estatal, pero esta vez no fue así.

En el caso de Diana, el juez no consideró en ningún momento su condición de mujer, tampoco que en su situación no representaba peligro para la sociedad, no tenía antecedentes penales, era madre de dos niñas, una de ellas aún lactante, ni que la cantidad de marihuana era escasa y que serviría únicamente para el consumo inmediato (el consumo de acuerdo al 364 de la CRE no es penalizado sino un problema de salud pública).

Con el encarcelamiento de la mujer se cumplió con dos cometidos: el primero, aparentemente, resarcir el daño causado a la sociedad; el otro, determinar, definir, agrupar y excluir a las “mujeres malas”. Y, en este sentido, el de reforzar el estereotipo de las “mujeres buenas”, que son aquellas que no delinquen y se muestran obedientes, dadoras y maternales.

El castigo a las mujeres es necesariamente un castigo extensivo hacia sus hijos, tanto a los que permanecen con ellas en prisión como a los que quedan desamparados en el exterior. En este tema. Hay dos visiones, una de ellas es el hecho de que el niño permanezca con su madre lo convierte también en preso sin haber cometido un delito. La otra, permanecer fuera, lejos del afecto y del contacto con la madre vulnera el derecho de los niños establecido en la Convención de los Derechos de la Niñez: “el del derecho del niño a ser cuidado por sus padres” (artículo 7.1). Adicionalmente, la no-separación de los hijos de las madres presas asume el perfil de que, en muchos casos, es la única garantía de su sobrevivencia, dada la situación de pobreza extrema y absoluta marginalidad de la mayoría de las mujeres recluidas en centros de readaptación. Lo cierto es que este último argumento resulta de una innegable realidad.

También es cierto que tanto los pequeños que permanecen con la madre en prisión como los hijos que sobreviven en el exterior, resultan víctimas indirectas de la pena impuesta a la madre. Muy diferente de lo que ocurre con la detención del padre, pues éste no se ve “condicionado socialmente” a asumir la responsabilidad de los hijos al ser privado de la libertad, este es un rol asumido por las mujeres.

Pensando en este tipo de injusticias y en por qué a una mujer no se le da un trato preferencial, recordaba aquello de que se debe tratar de forma desigual a los desiguales para conseguir igualdad y encontré las reglas mínimas para el tratamiento de los reclusos, las Reglas mínimas de las Naciones Unidas sobre las medidas no privativas de la libertad (Reglas de Tokio) y los principios básicos sobre la utilización de programas de justicia restaurativa en materia penal, todas pensadas en las necesidades de los hombres, una vez más invisibilizando a las mujeres detenidas. Me preguntaba si acaso por no considerarlas, dejarán de estarlo.

El l 16 de marzo de 2011, se expidieron las “Reglas de las Naciones Unidas para el tratamiento de las reclusas y medidas no privativas de la libertad para mujeres delincuentes”, conocidas como Reglas de Bangkok, cuya fuente de inspiración son los tratados y declaraciones de las Naciones Unidas; están dirigidas a los administradores de justicia y a las autoridades de los centros penitenciarios.

El principio básico de este instrumento internacional, está contenido en la Regla uno, que establece que “a fin de poner en práctica el principio de no discriminación consagrado en el párrafo 6 de las reglas mínimas para el tratamiento de los reclusos, se deben tener en cuenta las necesidades especiales de las reclusas en la aplicación de las presentes reglas. La atención de esas necesidades para lograr en lo sustancial la igualdad entre los sexos no deberá considerarse discriminatoria”.

Las Reglas de Bangkok permiten dar especial atención a las mujeres privadas de libertad, y por primera vez considera las particularidades de género, incorporando una visión integral y universal de los derechos humanos. Cuando me pregunto si en nuestro país cumplimos con estas reglas, viene a mí la preocupación de saber que aún no, que quizás estamos lejos.

Aimé Maza

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