El femicidio es un grave problema social que está matando a las mujeres

El femicidio es un grave problema social que está matando a las mujeres

marzo 1, 2013
in Category: Género
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El femicidio es un grave problema social que está matando a las mujeres

Las mujeres son asesinadas por ser mujeres. Es una verdad monstruosa que hiela hasta los huesos y sacude nuestro entendimiento. ¿Cómo es posible que en los momentos en que la humanidad ha llegado a puntos muy elevados de su civilización, siga siendo verdugo y cómplice de este horror? No importa cuan “desarrollado” sea un país, las mujeres siguen muriendo en manos de sus parejas, amigos, vecinos u otros conocidos.

Una investigación de la Corporación Humanas de Ecuador evidenció que en el país, el 64 % de las muertes que registraron los periódicos en 2009 fue por violencia machista, es decir, las mujeres murieron en manos de sus parejas.

El 5 de octubre de 2011, el diario El Universo publicó: “María Fernanda Fernández de Córdova Flores (guayaquileña) fue asesinada ayer a martillazos (25) en el interior de un departamento del condominio Viteri (…) Los familiares presentaron una denuncia en la Fiscalía adjunta a la Policía Judicial del Guayas contra Roberto Campos Crespo, de 39 años de edad, exenamorado de la víctima, como el presunto asesino; y quien vivía en el edificio”.

El 19 de febrero de este año, la quiteña Karina del Pozo también fue asesinada por dos de sus amigos con quien había compartido una reunión social. La joven fue golpeada, abusada sexualmente y luego asesinada. Los relatos de los diarios son espeluznantes y evidencian que dos jóvenes hicieron del cuerpo de Karina del Pozo un espacio para el ejercicio de su poder. ¿Por qué la mataron? El testigo impávido, el tercer amigo, relata que ella pidió piedad, incluso, se comprometió a no contarle a nadie lo que había sucedido, pero la respuesta fue ahorcarla, golpearle la cabeza y dejarla debajo del tronco de un árbol.

¿Qué hicieron Karina del Pozo y María Fernanda Fernández de Córdova? Decir NO. No a su pareja, no a sus amigos, no a sus conocidos, no a las personas en las que ellas confiaron. Por tanto, el NO de una mujer, como palabra contundente para detener una acción, no tuvo, no tiene valor frente a sus verdugos, en este caso, hombres que se han desarrollado en la más absoluta cotidianidad, en lo que comúnmente se dice, normalidad: trabajan, estudian, viven con sus padres, viajan, conocen el mundo… hasta que en un momento dado se convierten en asesinos.

El 28 de febrero pasado, diario El Comercio informó que “de acuerdo con los datos del Observatorio Metropolitano de Seguridad Ciudadana (OMSC), en el 2012 se registraron 21 femicidios (cuando un hombre asesina a una mujer) en el Distrito (Quito). La cifra tuvo un ligero descenso si se compara con el 2011. Ese año, el OMSC reportó 28 casos. Asimismo, una investigación realizada en el 2010 sobre femicidio en el Ecuador revela que el 93,8% de las muertes de mujeres “son femicidios o tienen sospechas de serlo”. El informe añade que de esa cifra, el 66% de crímenes son por las parejas de las víctimas”.

24.1El 18 de marzo, diario Hoy publicó que al día son asesinadas 181 mujeres en el mundo, la mitad de esas muertes ocurren en América Latina. En Ecuador, según un registro de la Fiscalía publicado por diario Expreso, se reportaron “234 muertes de mujeres por homicidios o asesinatos que encuadran en femicidio”. En España, estos hechos son denominados “terrorismo machista”.

Es evidente que se trata de una pandemia, es un problema de salud, educación y seguridad públicas sobre el cual el Estado debe tomar medidas urgentes y de todo tipo. El Estado tiene que meterse con fuerza en la educación de la sociedad y enseñarle un principio de vida fundamental: respeto, como la única forma de relacionamiento entre seres humanos sin importar su condición de género, sexual, política, racial, económica, religiosa…

No obstante, en el Ecuador apenas se empieza a hablar de femicidio. Es una novedad, porque lo que se ha hecho comúnmente es hablar de crímenes pasionales, lo que equivale a disminuir la gravedad de ese delito y, de manera tangencial, a justificar el crimen de una mujer. El 27 de diciembre de 2012, el periódico El Diario de Manabí publicó una noticia titulada “Dos huérfanos deja crimen pasional”. El 24 de octubre de 2012, El Universo informó que un “Crimen pasional deja a seis menores huérfanos”. Supongo que la pasión está en la fuerza con la que las apuñalaron, ahorcaron y dispararon.

Los asambleístas, en especial, las asambleístas, quieren aprovechar la inminente reforma al Código Procesal Penal para introducir al femicidio como un homicidio agravado que conllevará a un encarcelamiento de hasta 35 años. Y aunque la ley no sea suficiente para terminar con este mal, puede incidir en el cambio cultural, pues equivale a que mientras se hace conciencia, mientras se educa a la prepotente y autoritaria sociedad ecuatoriana en que no se deben tocar los cuerpos de las mujeres en contra de su voluntad, el miedo a ir a prisión puede ser una potente arma a favor de la vida de las mujeres.

Cuántas veces hemos escuchado a personas, como decimos en Quito, “de no creer”, expresiones que terminan culpando a la víctima y haciéndola merecedora de su destino: “¿qué habrá hecho?”, “se lo buscó”, “ella le provocó”, “ella saca lo peor de él”, “él no era así hasta que le conoció a ella”, “que hacía a esa hora de la noche”, “una mujercita está en su casa a sus horas”… Es decir, somos culpables de nuestra fatalidad porque la sociedad considera que no hemos estado a la altura del comportamiento que ha definido para nosotras y de sus reglas, por tanto, cualquier conocido puede “darnos una lección”.

En un artículo publicado por Araceli Sánchez Contreras, “Feminicidio en el mundo”, se recoge el análisis de la antropóloga mexicana Marcela Lagarde, creadora del concepto de femicidio luego de sus investigaciones sobre los crímenes de las mujeres en Ciudad Juárez: “No se trata sólo de la descripción de crímenes que cometen homicidas contra niñas y mujeres, sino de la construcción social de estos crímenes de odio, culminación de la violencia de género contra las mujeres, así como de la impunidad que los configura. Analizado así, el feminicidio es un crimen de Estado, ya que éste no es capaz de garantizar la vida y la seguridad de las mujeres en general, quienes vivimos diversas formas y grados de violencia cotidiana a lo largo de la vida”.

24.2Se entiende, entonces, que el feminicio es la muerte masiva de mujeres, como un genocidio, mientras que femicidio es el crimen individual. En los dos casos, el Estado tiene que hacerse cargo de la parte que le corresponde y es mucha. Tiene que intervenir con políticas públicas conexas y a largo plazo. No es un tema exclusivamente policial, no basta con que los asesinos de Karina del Pozo, de María Fernanda Fernández de Córdova y de todas las mujeres que han sido asesinadas vayan a la cárcel. Tampoco son suficientes las campañas masivas de comunicación o los compromisos y declaraciones públicas.

Es vital transformar los patrones socioculturales de hombres y mujeres, porque estos femicidios como explica la investigadora Lagarde, “son motivados por la percepción de los hombres de “su” mujer como su posesión, como su inferior o por no tener derecho a iniciar el fin de su relación, o varias de estas causas a la vez. Varios de estos hombres creen que están autorizados para usar la violencia contra sus compañeras como un medio para controlarlas o disciplinarlas, o como una expresión de celos hacia ellas, incluyendo la violencia mortal”.

Por lo tanto, tenemos que cambiar las estructuras mentales de hombres y mujeres por cuatro vías: una temprana y la más esencial de todas es que antes de que los niños y niñas se echen a perder, es necesario que crezcan comprendiendo que la violencia no es una forma de relacionarse, ni ejercerla ni aceptarla como natural. Los varones siguen desarrollándose en relaciones violentas con sus hermanos y amigos. Los golpes, la furia, la fuerza son condiciones que la familia acepta como naturales en sus hijos y de ahí que las pistolas, las metralletas, los juegos violentos sean considerados como “apropiados” para la construcción de su masculinidad. Mientras que para las mujeres siguen los viejos patrones del juego de muñecas y tazas de té que las predestina a la maternidad y a la cocina como condiciones esenciales del ser mujer. Estas concepciones, reforzadas por la publicidad y el consumo, mantienen el patrón de lo que es ser hombre y de lo que es ser mujer.

La crianza de los hijos y las hijas tienen que realizarse sobre la base de relaciones de igualdad, de justicia, de respeto entre unos y otros; lo mismo debe aplicarse en la escuela, donde los chicos pasan gran parte de su vida en formación. Ser hombre no es ser gran puñete, ni ser mujer es ser llorona por excelencia, estas visiones naturalizadas han minado nuestras relacionados humanas y son la base de la violencia.

La segunda vía: es urgente reeducar a los adultos, es posible cambiar, claro que sí, porque los humanos estamos dotados de conciencia y entendimiento; creer lo contario es justificar el comportamiento brutal de personas que deben ser responsables de sus actos. La tercera, ejercer la fuerza mediante la aplicación estricta de la ley y evitar la impunidad, pues la justicia tiene que resarcir, en alguna medida, el daño causado por este horrendo delito. Y, la cuarta, en esta tarea, el Estado no debe hacerlo solo, cerrando las puertas y creyendo tener la solución a este problema multicausal. Es imprescindible el trabajo coordinado con grupos de la sociedad civil, en particular de mujeres, que tienen años de experiencia en esta lucha por la vida.

Amelia Ribadeneira

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1 comment

  1. Ab. Mario Chiguano
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    muy exacto, mientras leía esto, se me vino a la mente un pensamiento que dice. trata a tu mujer como te gustaría que traten a tu hija, solo que nunca piensan en eso, mas bien en la brutalidad

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