Violencia no es connatural, sino de tipo social, cultural y política

Violencia no es connatural, sino de tipo social, cultural y política

agosto 18, 2014
in Category: Perspectivas
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Violencia no es connatural, sino de tipo social, cultural y política

Uno de los fenómenos sociales más destacados del mundo actual es la violencia social. Esta se incrementa cada vez más, prolifera y se multiplica, “bulle en el aire que respiramos y, aún sin realizarse, está presente como una amenaza que tiene nuestra existencia” (Silvia Ons, 2009:15).

Pese a la dimensión y gravedad del problema de la violencia social, no es objeto de preocupación estatal y, peor aún, de problematización de los líderes políticos ni sociales, lo que muestra que no acaba de ser asumida en su causalidad, efectos y profundidad.

Desgraciadamente no existen estudios de costos directos e indirectos sobre los efectos e incidencia económica de la violencia en el país, sin embargo, se presume que son considerables.

Con propósitos ilustrativos, se recogen los resultados de un estudio realizado en México sobre costos económicos de la violencia, en particular, los costos de enfermedades para las mujeres producidos por la violencia doméstica. La investigación encontró que la violencia doméstica es la tercera mayor causante de pérdidas de vida, después la diabetes y las afecciones perinatales. La violencia por parte de la pareja y otras formas de abuso contra la mujer fueron una de las fuentes de mayores pérdidas por mortalidad prematura (Buvinic, Morrison y Shiffer (2002:71).

Para empezar, es indispensable aclarar que la violencia social no es una patología, sino el resultado de la interacción social específica del conflicto; tiene una lógica explícita, pero además es plural, tiene historia y es histórica. La violencia no es connatural al ser humano, al contrario, es una consecuencia de factores aprendidos, especialmente sociales y culturales. Se halla condicionada por múltiples factores, algunos relacionados con características individuales, otros, con la familia, escuela, lugar de trabajo, vecindario o grupo de compañeros. La violencia no se crea ni se destruye, solamente se transforma. Debe ser concebida como una relación particular del conflicto social, como una “compleja construcción social y política”. Por ello, es sumamente complejo predecir la dirección que podría tomar una determinada violencia social.

La violencia está legitimada e instalada en nuestra sociedad. Así, cuando se habla de jóvenes violentos, hay que tener en cuenta que el modo en que los adolescentes ingresan al mundo de los adultos depende más del poder y de las decisiones de los adultos, que de ellos mismos. En este contexto, los actos violentos de los jóvenes se moldean sobre valores y patrones construidos con el aporte de las ideas y las conductas adultas. Por ello, es necesario dejar de pensar en las conductas violentas de los jóvenes, exclusivamente como actos aislados.

La violencia social, en la mayoría de sus manifestaciones, permanece estadísticamente oculta a excepción de la violencia intrafamiliar y de género que en los últimos años ha traspasado el mundo privado hacia el público, así como el acoso escolar –conocido actualmente como bullying–. Otros fenómenos sociales, como los homicidios por riñas y venganza, y la criminalización de la protesta social, que constituyen importantes manifestaciones de la violencia social, no forman parte de las estadísticas de la inseguridad. Ello explica las dificultades para cuantificar la fenomenología de la violencia social y, por tanto, sus efectos y reales consecuencias en la vida cotidiana y, en especial, en la violencia delictiva.

Datos sobre violencia delictiva y violencia social

Según el Plan de Seguridad Integral 2014-2017, la tasa de homicidios se ha reducido de 17,8 en 2006 a 10,8 por cada cien mil habitantes, en 2013. El dato indicaría que en la actualidad, la seguridad ha mejorado de forma notable en el país.

Es lamentable la falta de evaluaciones sobre el impacto que las diferentes políticas, planes, programas y acciones han producido. Es fundamental conocer las causas por las que se ha producido, el cambio brusco de la tasa de inseguridad y, sobre todo, la incidencia que cada acción emprendida en el mejoramiento de la seguridad.

La reducción de la tasa oficial de inseguridad contrasta con el aumento de la violencia social, causada por los denominados “homicidios según motivación”, por convivencia y, más concretamente, por las riñas y venganzas a escala local y nacional. Así lo demuestran el Observatorio Metropolitano de Seguridad Ciudadana del Distrito Metropolitano de Quito y el Centro Ecuatoriano de Análisis de la Seguridad Integral del Ministerio de Coordinación.

En el ámbito local, el Observatorio Metropolitano de Seguridad Ciudadana del Distrito Metropolitano de Quito (17 Informe de seguridad ciudadana, 2002:22) afirma que, en el período 2009, 2010 y 2011, las riñas junto con las venganzas aparecieron como las principales causas del total de homicidios: las riñas, como la causa principal; las venganzas, tercera causa; las riñas en la capital fueron la principal causa de los homicidios, mientras que las venganzas fueron la tercera causa de los homicidios, pero para el 2012 ya pasó a representar la segunda causa.

En el ámbito nacional, el Centro Ecuatoriano de Análisis de la Seguridad Integral del Ministerio de Coordinación presenta sus informes estadísticos de seguridad correspondientes a enero, febrero y trimestral (incluye marzo) de 2014. El informe trimestral registra 12 variables que comprenden la categoría “homicidios según motivación”. Al menos siete de estas variables pueden ser calificadas como violencia social: venganza 30,1%; problema interpersonal 18,8%; riña 15,7%; pasional 7,9%; violencia intrafamiliar 1,6%; enfrentamiento con el orden público 1%; sexual 0,8%. La suma de estos porcentajes da un total de 76,8% de homicidios que podrían calificarse de violencia social.

Llama la atención el uso del número de variables empleadas dentro de la categoría “homicidios según motivación”, en los informes de enero, febrero y trimestral: 14 variables en enero; 11, en febrero; y 12, en el trimestre. De igual forma, el cambio de denominación de estas variables y, finalmente, el aparecimiento de nuevas variables, sin ninguna explicación de tales cambios. Situación que dificulta la comparación periódica.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delitos (UNOCD), en el Informe Mundial sobre homicidios 2013, presenta en la categoría “homicidios por problemas interpersonales” (violencia social), porcentajes altamente significativos. En este ámbito expone dos ejemplos: “Montevideo, ciudad en la que la proporción de homicidios interpersonales es más alta que la de homicidios vinculados al delito y en Quito, en el que las proporciones de esas dos distintas tipologías son casi idénticas”.

El informe aclara que las motivaciones de homicidios por problemas interpersonales son muy diferentes a las de los homicidios vinculados con delitos, que frecuentemente se derivan de la intención de resolver un conflicto o castigar a la víctima mediante la violencia, cuando las relaciones se tensan.

Destaca, además que “[…] el homicidio cometido por un compañero íntimo o un familiar es una forma de homicidio interpersonal que afecta a todos los países, sin importar su riqueza, nivel de desarrollo ni factores de riesgo y protección, los cuales pueden disminuir los niveles de violencia letal (2013:7)”.

La información presentada merece algunos comentarios. En primer lugar, los homicidios por problemas interpersonales son tan o más importantes, cuantitativamente, que los otros dos tipos de delitos: homicidio vinculado con otras actividades, y grupos delictivos y homicidio sociopolítico. Segundo, aunque el indicador más objetivo para medir la inseguridad es el número de homicidios por cien mil habitantes, este no es suficiente para dimensionar la problemática de la inseguridad ciudadana, pues no incluye la violencia social, excepto la violencia intrafamiliar.

Tercero, es probable que algunos de los tipos de violencia social sean o pueden constituirse en factores o motivadores de actividades delictivas. Cuarto, tratar de explicar la sensación y percepción de inseguridad, principalmente por el número de delitos cometidos sin tener en cuenta los delitos e infracciones, causa violencia social. Y, por último, vale preguntar si existe una contradicción entre la disminución de la tasa de homicidios con el aumento de la violencia social o si se trata de fenómenos independientes.

En el contexto del decantado carácter integral de la seguridad ciudadana, definición bajo la cual se cobijan los dos planes integrales de seguridad, con sus respectivas agendas -Plan de Seguridad 2011-2013 y El Plan Integral 2014-2017-, es necesario plantear por el momento dos grandes interrogantes. Primero, las razones por las que dentro del concepto de seguridad ciudadana se excluyen los fenómenos de violencia social anteriormente precisados y segundo, si la tasa de inseguridad es la única o mejor medida de cuantificación de la inseguridad.

 ¿Que hacer?

Hay tanto por hacer en la búsqueda de una mejor convivencia social, de la paz, de la seguridad, que las reflexiones que se formulan a continuación son apenas pequeños ejemplos de una gran tarea individual y colectiva. Veamos algunos de ellos:

  •  Invertir en prevención.
  •  Prestar mayor atención en los factores de riesgo causantes de la delincuencia y la victimización, antes que a los efectos.
  • Consolidar sistemas de justicia penal verdaderamente justa y sensata, y, por sobre todo, mucha justicia social.
  • Prestar más atención a las víctimas y a la victimización que al castigo y la represión.
  • Fomentar la creación de grupos vecinales que ayuden a frenar la delincuencia.
  • Educar para la paz, para la convivencia ciudadana, para la justicia y para el respeto a la ley.
  • Concebir la paz, la convivencia, como don que sacia la incertidumbre. La paz inicia en el interior de cada individuo y no puede alcanzarse si no se destierran las falsas e injustas diferencias con los otros, con los diferentes. La paz implica el reconocimiento del otro como un igual, que se puede alcanzar con un diálogo del que todos han de ser parte. No obstante, cabría preguntarse acerca de cómo intentar ese diálogo con aquellos que tienen el corazón desgarrado por las humillaciones, el abandono, el rechazo, la indiferencia que producen sobre ellos las acciones de otros.
  • Introducir profundas modificaciones en la educación de las nuevas generaciones para contribuir a una cultura de la no violencia.
  • Educar y capacitar a los jóvenes mediante la creación de oportunidades de trabajo, para que sepan cómo evitar la instigación a la violencia; enseñar a resolver los conflictos de manera pacífica; e instruirlos en las distintas perspectivas que ambos sexos tienen acerca de la violencia y el abuso sexual; en demostrarles que la violencia es evitable, que no es un accidente.
  • Capacitar a elementos de la Policía en el uso de tácticas orientadas a la resolución de problemas o a garantizar los derechos de las víctimas.
  • Orientar a la Policía hacia la resolución de problemas, antes que limitarla a ejercer la represión.
  • Concebir y tratar la violencia social con una visión integral, estratégica y articulada, lo que exige abordarla en el contexto cultural, político y de cohesión social que presenta la sociedad ecuatoriana, sus niveles de pobreza, de inequidad y de marginalidad; la estructura de la población vulnerable, tanto del tipo de delitos como de las motivaciones para incurrir en conductas delictivas.
  • Consensuar un gran pacto social para enfrentar el fenómeno de la violencia, a través del enfrentamiento de las causas estructurales de políticas públicas –en alianza con la sociedad civil–, de la responsabilidad social empresarial, de la inversión en educación, creando oportunidades de trabajo, especialmente para los jóvenes y fortaleciendo a la familia (hay que tener en cuenta que un porcentaje significativo de madres pobres son jefas de hogar y que su contribución a la formación es clave).
  • Redefinir o construir un nuevo concepto de seguridad ciudadana que incorpore la violencia social como un tema central y, dentro de ella, la exclusión social en todas sus manifestaciones, así como elaborar una estrategia de inclusión.

 Todo esto vuelve indispensable la realización de un diagnóstico que contemple las dimensiones delictivas y de violencia social, en un marco de reconocimiento pleno de los derechos humanos, para sobre dicha base elaborar políticas, estrategias y planes a escala local y nacional.

Ratificar que la violencia no se resuelve con más violencia o, como dice el Papa Francisco en la Carta a la Asociación Latinoamericana de Derecho Penal y Criminología, “Confundir la justicia con la venganza, lo que solo contribuye a incrementar la violencia, aunque esté institucionalizada o aumentar y endurecer las penas no resuelve los problemas sociales, ni logra disminuir los índices de delincuencia. Y, además, se pueden generar graves problemas para las sociedades como son las cárceles superpobladas, los presos detenidos sin condena”.

Para concluir, resulta oportuno recordar que la violencia social guarda estrecha relación con lo político cuando se criminaliza la protesta social, cuando los conflictos se enfrentan y resuelven con violencia, cuando el poder se reduce a la aplicación de la ley, aunque esta es injusta, y cuando se reduce el ejercicio del poder estatal.

Lautaro Ojeda es docente universitario e investigador en materia de seguridad ciudadana.

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