Estadísticas y mapas de seguridad/inseguiridad: alcances y limitaciones

Estadísticas y mapas de seguridad/inseguiridad: alcances y limitaciones

octubre 6, 2014
in Category: Perspectivas
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Estadísticas y mapas de seguridad/inseguiridad: alcances y limitaciones

Los mapas georreferenciales de seguridad/inseguridad se han convertido, en las dos últimas décadas, en el referente más destacado para identificar y establecer la relación entre los delitos de mayor connotación y el territorio; y, a la vez, en una herramienta para el diseño de planes de seguridad de los gobiernos locales y nacionales.

Para Rossana Reguillo (2006), los mapas juegan un papel fundamental, en especial, los mapas georreferenciales en la construcción de los miedos: “en tanto que prescribe y proscribe prácticas e itinerarios. El mapa permite controlar el efecto de proximidad ante el daño inminente por medio de la hibridación de realidades ficticias con mitologías que provienen de fuentes diversas” (p. 49). A partir del pensamiento de Foucault, Reguillo (2006) desarrolla un esquema analítico que permite trabajar la relación entre miedo y espacio, y sus impactos en las formas de sociabilidad urbana.

Estos mapas operan básicamente con dos tipos de lógicas: locacional que, en el caso de los delitos, busca relacionar los delitos con el territorio en forma estructural; y coyuntural, que pretende identificar de manera temporal y periódica los delitos de mayor connotación territorial (Freile 2010:69).

Entre los objetivos de estos mapas destacan los siguientes: reflejar, en forma fiel, una realidad “objetiva”; ofrecer la posibilidad de determinar zonas de riesgo delimitadas por la intensidad de algunos delitos sobre los que se podría conocer la probabilidad de que ciertos hechos ocurrieran en un determinado momento; constituirse en herramienta cartográfica que busca estudiar la evolución de estos delitos, en función del espacio y, de esta forma, contribuir al conocimiento funcional para la gestión de la inseguridad (Freile 2010).

Estos objetivos se enfrentan con un conjunto de problemas: la ausencia de indicadores y estudios dirigidos al conocimiento de un marco institucional y su desempeño; la ausencia o subvaloración del contexto en los que se producen los hechos registrados; los criterios de selección y priorización de delitos de gran connotación criminal, que excluyen los delitos menores y, en especial, la violencia social como aquella que atenta contra relaciones familiares; los delitos producidos por riñas y venganzas que son mínimamente denunciados, por múltiples motivos, y otros factores culturales; el alto nivel de subregistro y la consecuente cifra negra (Freile 2010).

La comparación entre las estadísticas de victimización con las de percepción, que la población construye sobre la mayor o menor peligrosidad de determinados espacios, y el papel o influencia que tienen los medios de comunicación, los rumores, contribuyen a la construcción de imaginarios de miedo. Dos tipos de lecturas y consecuencias pueden producir los mapas del delito georreferenciados: como instrumentos de localización y prevención; como información que produce temor o inhibición de acudir a los sitios o espacios identificados como concentradores de los delitos, por tanto, desconfiables y peligrosos.

Alcances y limitaciones de las estadísticas y mapas de seguridad/inseguridad

Las estadísticas y, en especial, los números gozan, por lo general, de buena reputación, pues dan la sensación de exactitud y objetividad. Por ello, suelen ser manejadas por políticos y comunicadores como una estrategia persuasiva para informar especialmente situaciones y fenómenos que muestran descenso. La utilización de la georreferenciación, entendida como una técnica de posicionamiento que define la localización de un objeto o hecho, en este caso hechos delictivos y fenómenos de violencia, es, sin duda, un instrumento que facilita la identificación de lugares, espacios (zonas, barrios) problemáticos, peligrosos y, por tanto, no recomendables. En caso de tener que transitar por ahí, deben tomarse las debidas precauciones. Se trata de lugares en los que habitan o se concentran no solo el mayor número de hechos delictivos, sino también de delincuentes.

12-20Si bien el tratamiento geográfico de la información permite complementar las estadísticas, a la vez, genera o potencia percepciones de mayor temor. Es decir, el conocimiento de estos mapas georreferenciales, sin el pertinente análisis causal, puede eventualmente convertirse en un instrumento de temor o miedo; de allí que no resulta atrevido plantear que estos mapas alimentan o profundizan la creación de imaginarios de peligro y de miedo, asociados con la delincuencia y la violencia.

La sobreaparición de zonas y barrios específicos en la cobertura de noticias sobre violencia y delincuencia puede contribuir a la estigmatización de ciertos sectores, lo que no necesariamente contradice con el nivel de ocurrencia de estos delitos en esos lugares, sino más bien, con una opción de los diarios por seleccionar los hechos ocurridos.

El temor a los lugares “peligrosos” suele reforzarse a través de experiencias de victimización, sean personales o de gente cercana o del medio social. El miedo a estos lugares se nutre también por la percepción de eficiencia policial o judicial. En ese sentido, una política de seguridad construida solo a partir de los mapas tiene un alcance limitado, porque su durabilidad depende exclusivamente del temor, y no de la búsqueda de cohesión social y de cultura de la prevención.

No obstante, es fundamental aclarar que el dato no tiene sentido por sí mismo, aunque puede ser un punto de apoyo del conocimiento, una pista para dimensionar la magnitud de los delitos y la localización territorial. Pero para que los números adquieran sentido es necesario que estos sean pensados, interpretados en el contexto en el cual se produjeron, en búsqueda de las posibles interacciones, nexos y relaciones con otros aspectos de la realidad.

Las estadísticas y mapas de seguridad/inseguridad son un insumo importante del hecho delictivo, sin embargo, no permiten por sí solos explicar los motivos y razones que lo causaron. A falta de información que facilite contextuar los hechos, los posibles nexos y las relaciones que tienen con otros aspectos de la realidad, estos se vuelven datos muertos.

Los aspectos positivos de las estadísticas y mapas de seguridad/inseguridad deben ser contrastados con algunos elementos controversiales, como los posibles efectos de los mapas en la estigmatización territorial y de la población que habita en él; el ocultamiento o no registro de la violencia y delincuencia, ocasionada por los delincuentes de “cuello blanco”; el papel que desempeña la guardianía privada en la seguridad; “el desconocimiento del paisaje entendido como expresión formal de procesos naturales y antrópicos que se producen en un espacio geográfico, como fiel expresión de las condiciones de habitabilidad y como un indicador sintético del grado de sustentabilidad y equidad social, que reúne un lugar o territorio” (Gudiño,2012:33).

Los principales problemas de construcción de los datos pueden resumirse en dos ámbitos: la construcción orientada a fines operativos y de decisiones coyunturales, en detrimento del conocimiento real del fenómeno y su complejidad; y, criterios de priorización de los hechos/eventos de violencia (delitos), para lo cual se recurre prioritariamente a dos instrumentos clásicos: el registro de denuncias obtenidas en los organismos de control (policía y sistema judicial), y las encuestas de victimización.

Entre las limitaciones de las estadísticas y mapas de seguridad/inseguridad se destacan las relacionadas con la diversidad de definiciones y clasificación de los hechos delictivos, los problemas de carácter técnico y metodológico, la calidad y confiabilidad de las fuentes de datos, los mecanismos de recolección, manejo x y sistematización de la información

Otra limitación, como fuente de conocimiento de la cuestión criminal, se refiere a la “cifra negra” o la denominada por el profesor argentino, Máximo Sozzo, “criminalidad sumergida” de las estadísticas oficiales. La expresión representa el conjunto de conductas realizadas efectivamente en la vida social que se presumen asociadas con las tipificaciones contenidas en la ley penal, pero no han sido registradas y oficializadas por las agencias estatales competentes, instituciones policiales e intuiciones judiciales” (2008: 37).

Es necesario subrayar que si bien las estadísticas son esenciales en la narración de la violencia, hay que tener presente que estas se construyen según a modelos explicativos que, por lo general, no corresponden a nuestras realidades y preocupaciones teóricas. Además, ningún indicador, tasa o índice es neutro o carente de referentes teórico-metodológicos, y ninguna fuente de información es neutra.

La brecha existente entre criminalidad real y criminalidad aparente es otro problema vinculado con las estadísticas de inseguridad. Esta situación limita la confiabilidad de las estadísticas oficiales, la motivación de los ciudadanos para denunciar el hecho presuntamente delictuoso, y el costo de llevar adelante el trámite administrativo. De igual manera, agudiza la falta de confianza en la policía, la ineficiencia y hostilidad en el trámite de las denuncias; la desconfianza en el sistema judicial; la sospecha de que la víctima pueda tener algún grado de involucramiento en el hecho presuntamente delictuoso; y, el miedo de la víctima de potenciales represalias.

Estas precisiones explican la poca utilidad de coleccionar datos o indicadores si estos no son interpretados a la luz de la totalidad de la que forman parte. En otros términos, para entender el o los sentidos de las estadísticas, es necesario identificar las relaciones, interacciones y nexos que guardan con los otros aspectos que forman parte de la realidad de las que han sido extraídos.

Tasa de seguridad

La medida paradigmática internacional de medición de la inseguridad es la tasa de inseguridad (número de homicidios por 100 mil habitantes). Esta medida conduce a afirmar que un país es más violento que otro, si su tasa es superior; o bien, la disminución de la violencia se determina por el descenso de homicidios.

12-21Lamentablemente, el debate internacional y, por cierto, nacional respecto de este paradigma estadístico es todavía incipiente, sobre todo, debido a las “ventajas” que presenta la tasa de homicidios en comparación con otros indicadores (los homicidios son el delito más denunciado y el más comprobable). A propósito, Fernando Carrión señala que “en el fondo se trata de un reduccionismo atroz donde la violencia termina siendo un símil de homicidio” (Carrión, 2009: 13).

El homicidio no debe ser la única base que determine la violencia ni una variable que la contenga, como tampoco lo será cualquier otro indicador aislado. Es imprescindible construir una “canasta” (Carrión,2009:13) de eventos donde aparezca la especificidad del lugar que se mide, sin que se diluya la posibilidad de la comparación con ámbitos superiores (nacionales o internacionales).

Reflexiones complementarias

Un balance sobre los alcances y limitaciones de las estadísticas de inseguridad permite identificar un conjunto de problemas que comienzan por la desactualización del marco teórico-metodológico que guíe la producción de tales estadísticas y, en especial, el desinterés por revisar el concepto de inseguridad limitado, en buena medida, a los delitos de mayor connotación, con prescindencia de la violencia social, salvo parcialmente la violencia intrafamiliar; la ausencia de indicadores y estudios dirigidos al conocimiento del marco institucional y su desempeño; subvaloración del contexto en el que se genera la delincuencia y violencia; debilidad por no decir omisión del análisis interpretativo; exclusión del debate académico, político y social sobre la problemática de la inseguridad y sus consecuencias en la convivencia ciudadana, en la democracia, en la economía.

Respecto de los mapas georreferenciales, es necesario destacar la contribución de esta herramienta cartográfica en la identificación espacial y territorial de los delitos y de algunos fenómenos conexos, así como en la visualización de zonas de riesgo, las tendencias delictivas en el territorio, lo que puede orientar el diseño de planes operativos e, incluso, políticas de seguridad espacial. Pero no hay que olvidar que frecuentemente las estadísticas delictivas son utilizadas con fines políticos, para medir los descensos y ascensos de los indicadores de inseguridad, y como una herramienta de estadística criminal. En caso de que los datos sean favorables a los fines gubernamentales, se convierten en un argumento político de defensa de su gestión de seguridad.

Una estrategia focalizada de seguridad en el territorio permite identificar la especificidad de los delitos, así como la confluencia de otros en el territorio. Dichos elementos deberían integrar la política macro de seguridad y articularse con las políticas sociales relacionadas con la seguridad en ámbitos como la educación, la salud, la vivienda, etc.

A pesar de las limitaciones de las estadísticas que alimentan los mapas georreferenciados, estas herramientas se han convertido en un instrumento idóneo para medir el éxito o fracaso de los planes y acciones gubernamentales de seguridad y en especial en el indicador que sintetiza el grado de seguridad. La magia de los números se mantiene con de buena reputación, pues dan la sensación de exactitud, de allí que estas estadísticas sean utilizadas y manejadas por políticos y comunicadores como una estrategia persuasiva para informar especialmente situaciones y fenómenos que muestran descenso.

Es imperioso ampliar las fuentes de información e instrumentos teórico-metodológicos con aportes provenientes de otras ramas del saber: ciencias sociales y políticas, economía, historia, cultura y antropología.

Es preciso entender la violencia como una relación social de conflicto, enfoque que abre las posibilidades de una comprensión del fenómeno más allá de las estadísticas tradicionales de inseguridad, provenientes de las denuncias o de las encuestas de victimización.

Es imprescindible superar el “carácter manufacturado de las cifras” desde el nivel teórico-metodológico, así como desde su construcción más instrumental (datos y fuentes). Para ello, se deben superar algunas situaciones: a) énfasis puestos en la recolección de determinados datos y de la proximidad a ciertas fuentes; b) dependencia o copia de ciertas políticas aplicadas en el exterior; c) nivel de confiabilidad de los datos; d) sobrevaloración de los eventos delictivos; y, e) fuentes de información, generalmente no debatidas y casi siempre asumidas como incuestionables.

El diseño de una política de seguridad integral focalizada en el territorio necesita, en primer lugar, reconocer el paisaje entendido como expresión formal de procesos naturales y antrópicos que se producen en un espacio geográfico, como fiel expresión de las condiciones de habitabilidad y como un indicador sintético del grado de sustentabilidad y equidad social que reúne un lugar o territorio (Gudiño, 2012: 33).

Es imprescindible impulsar un debate sobre cómo medir las violencias, superar el sentido del evento. Además, es necesario modificar la noción de que una variable sea la que defina la violencia y que el criterio internacional construya el indicador.

Lautaro Ojeda Segovia es docente universitario e investigador en materia de seguridad ciudadana

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