“Quiero que entiendan que conmigo hicieron una terrible injusticia”

diciembre 27, 2014
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“Quiero que entiendan que conmigo hicieron una terrible injusticia”

Luis Landázuri ha vivido durante los últimos ocho años en “Las Peñas”. No se trata del paradisiaco rincón de la costa esmeraldeña sino de uno de los pabellones del Centro de Rehabilitación Social de Esmeraldas, cuyo interior dista mucho de ser un lugar para el descanso.
Son las 11 de la mañana del 30 de octubre, el sol golpea con inusitada fuerza, y la humedad se siente en el aire. Desde el borde de una pequeña colina puede observarse con claridad el panóptico, es una estructura sórdida y lasciva. Una frontera simbólica donde la idea de libertad se marchita entre barrotes. El patio polvoriento donde deambulan varios hombres vestidos, en su mayoría, con camiseta y pantaloneta es la antesala de otros pabellones.
Luis emerge de allí como quien acaba de dar una larga batalla, visiblemente cansado toma fuerzas para impulsar con sus brazos un rústico y pesado triciclo construido en madera que el municipio de la localidad le donó hace un par de años. Al saludar, extiende su mano y ensaya una sonrisa, quizás, más por costumbre.
Su presentación es rápida un colombiano originario del departamento de Nariño que ha vivido 33 de sus 48 años de vida en Ecuador, vino aquí junto a su madre y hermanos, huyendo de la violencia, igual que tantos miles. “Nací en Colombia, no tengo un documento para decir si soy de aquí o de allá, cuando pasamos la frontera había que dejar todo atrás, en ese tiempo nadie era refugiado”.
“Meleto”, como lo conocen sus amigos, ha vivido de cerca la exclusión, el hambre y la discriminación. “Desde pequeño empecé a trabajar, no sé leer ni escribir, había que comer”.
29Está ansioso, Álex Estupiñán, su defensor público y coordinador de la provincia, acaba de comunicarle que un juez ha dictado la sentencia en su favor al aplicar el principio de favorabilidad por delitos relacionados con drogas. Una mezcla de sensaciones empieza a invadirlo, pasa de la incredulidad a la alegría, casi euforia al saber que su infierno personal, que ha durado 2922 días, está por terminar.
Para él, es difícil hacer un recuento de su vida sin recordar que es consumidor de drogas desde hace más de 28 años. En esa época, pasaba sus días entre el comercio informal, el camal y el puerto, con trabajos informales y mal pagados, consumía para soportar las largas jornadas de trabajo y la soledad. “Empecé con marihuana, pero después necesitaba cosas más fuertes, entonces apareció la cocaína y yo me hice adicto”.
Su vida dio un giro la noche del 21 de agosto de 2006. Luis se encontraba celebrando la fiesta de 15 años de una de sus sobrinas junto a otros familiares, pasada la medianoche salió de casa con otros invitados para comprar unas cervezas. En el camino se encontraron con una batida de la policía y fueron revisados. Ese día, Luis llevaba tres dosis de cocaína envuelta con trozos de hojas de cuaderno para su consumo personal.
Luis fue detenido inmediatamente y lo llevaron a un centro de detención provisional, tres días después sería trasladado al Centro de Rehabilitación Social de Esmeraldas donde pasó diez meses en espera de una sentencia judicial. Recuerda la incertidumbre de esos primeros tiempos en los que la abstinencia lo destruía desde adentro, así que no tardó en volver a consumir.
“Al principio no había mucho que hacer, era desesperante porque solo podías quedarte mirando a la pared o dando vueltas por los patios pensando en lo que te espera”. No era la primera vez que esto sucedía, en 2004 había sido detenido por la misma causa, pero después de que le realizaran un examen sicosomático, el juez determinó que era consumidor y lo dejaron en libertad.
El 7 de junio de 2007, durante la audiencia llevada a cabo en el Tribunal Primero de lo Penal de Esmeraldas, Luis fue acusado por el delito de tenencia y posesión de drogas tipificado en el artículo 62 de la Ley de Sustancias Sicotrópicas y Estupefacientes vigente en ese momento. Al dar su testimonio, contó que era consumidor y que casi todo el dinero que ganaba trabajando lo gastaba regularmente comprando drogas. “Yo incluso les dije que estuve intentando para rehabilitarme, pero no había acabado el tratamiento, no entendieron mi situación”.
El informe de análisis y pesaje de la sustancia determinó, que esa noche, Luis Landázuri llevaba 12,3 gramos de cocaína, sin precisar si se trataba de base o clorhidrato. En una sentencia escueta, mal redactada y llena de generalidades, el Tribunal Penal condenó a Luis a una pena de 16 años de reclusión sin atenuantes por considerarlo reincidente.
Una vez más, el sistema punitivo basado en la máxima de vigilancia y castigo de ese entonces, le cerraba las puertas dejándolo sin salida y criminalizando su pobreza, cambiando la rehabilitación por reclusión y la esperanza por olvido.
“Lo que quiero que me entiendan es que conmigo hicieron una injusticia, eso es lo que siempre he reclamado. Reconozco que soy un adicto, pero me trataron como si fuera cualquier delincuente”. Al decir esto su rostro se transforma, es la víctima de un dolor profundo, una lagrima recorre lentamente su mejilla derecha, como dándole alivio a un espíritu golpeado, desde el triciclo que tiene pedales adaptados para manejarlos con las manos recorre los pasillos del Centro y se encuentra con amigos casi a cada paso. Recibe bendiciones, abrazos de alegría y apretones de manos; incluso los guías y guardias se dan tiempo para despedirlo. Él dice que los conoce a todos y ha visto pasar muchos más que ya no están.
Mientras “Meleto” se despide, el defensor Álex Estupiñán, que ha llevado el patrocinio del caso durante los últimos meses, apura los últimos trámites para formalizar la salida de Luis. Lleva consigo una boleta de libertad avalada por el Juez Segundo de Garantías Penales y la Policía Judicial. Solo está pendiente la autorización del Centro que demora en llegar. Son minutos que transcurren pesados y eternos como la recta final de una carrera.
Álex Estupiñán cuenta que el caso de Luis permaneció archivado durante todos esos años. En agosto pasado, a raíz de la entrada en vigencia del COIP, la Defensoría Pública en Esmeraldas realizó varias entrevistas a un grupo de privados de libertad por delitos de drogas, a quienes se podía aplicar el principio de favorabilidad. Luis se acercó para saber si era posible revisar su caso. Ahí supo que tenía derecho al servicio gratuito de asesoría y patrocinio. “Cuando me comentó que tenía una condena de 16 años empezamos a desempolvar la causa, era evidente la desproporción de la pena que le habían impuesto. Fue juzgado con la misma dureza que un narcotraficante que transporta toneladas de droga”.
Después de estudiar la sentencia y recuperar el acta de pesaje para conocer detalles del caso, Estupiñán asumió el proceso de defensa. “Solicitamos una audiencia para exponer el caso de Luis ante un juez de garantías penales. De acuerdo a la nueva legislación vigente, 12 gramos corresponden a la mínima escala, en ese caso la pena es de 2 a 6 meses, demostramos que estaba pagando una pena demasiado excesiva sin tomar en cuenta que no se trataba de un traficante sino de un consumidor”.
De regreso al momento, Luis ya ha terminado su rito de despedida, no lleva nada más que lo puesto y unas enormes ganas por recuperar su vida. Pide ayuda a un amigo para que lo conduzca a través del camino pedregoso que lleva hasta las puertas exteriores del centro de detención.
“Yo entré aquí caminando, tenía una molestia en mi pierna izquierda, pero podía valerme por mí mismo, hace cuatro años un guía, que ahora está jubilado, me dio una golpiza”, cuenta mientras muestra las huellas que le dejó el ataque en su cabeza y espalda. Durante su estancia en la cárcel no recibió atención médica especializada para enfrentar su discapacidad con dignidad.
Mientras las últimas rejas van quedando atrás estalla un grito eufórico: “Quiero salir por la puerta grande”. Su deseo no se cumple, Luis es obligado a pasar por una estrecha puerta que sirve para el ingreso de visitas y no está adecuada a sus necesidades de movilización, es un proceso lento y difícil para él. Como si esto no bastara, una guardia pretoriana de cinco policías lo espera para requisarlo. Le piden que haga una firma, “no tengo”, responde con firmeza, luego hacen que coloque su huella digital sobre un documento oficial.
Uno de ellos amenaza con llamar a Migración para comprobar si la permanencia de Luis en el país es legal, enseguida Estupiñán interviene con firmeza y decisión para precisar que su defendido cuenta con el respaldo de ACNUR para formalizar su solicitud de refugio y que si intentan retenerlo por más tiempo será una acción totalmente arbitraria en contra de Luis.
Después de pasar el mal rato, Luis atraviesa la frontera final que tiene por delante y da una gran bocanada de aire, como un náufrago que acaba de salvar su vida. Hace mucho que no ve a su familia, no lo han visitado con la frecuencia que habría querido, tampoco están allí para acompañarlo en sus primeros minutos como hombre libre, es una situación difícil que le provoca un shock casi instantáneo; él solloza y mira al cielo. “Esta es una experiencia que no se la deseo ni a mi peor enemigo”.
Los años no solamente traen vejez, recuerdos o sabiduría, también ausencias que lastiman. Luis conoce bien esta realidad, hace cuatro años perdió a su madre y no pudo estar presente en su entierro, tuvo que tragarse su dolor solo en el fondo de una celda y luchar para no dejarse morir. Ese adiós no dicho es una de las cosas que aún no logra perdonarse a sí mismo.
“A la Defensoría Pública solo puedo agradecerle por todo lo que han hecho por mí, desde el principio he sentido todo el apoyo que me han dado, mi defensor me escuchó. A veces yo me sentía frustrado y pensé que nunca iba a salir, pero él no me dejó solo, entendí que podía luchar por mis derechos; no tengo palabras para decir todo lo que siento ahora”.
En ese momento Estupiñán se quiebra debido a la emoción: “Lo único que uno puede hacer es apasionarse por su trabajo, cumplir con su deber. El caso de Luis Landázuri implicó mucho esfuerzo, enfrentamos al sistema y sus prejuicios, pero todo esto se ve recompensado completamente al verlo libre”.
No se puede entender totalmente el verdadero y simple sentido de la libertad sino hasta constatar como alguien recupera la suya. Es el compendio de una vida, como si todo se condensara en el mismo segundo en el que alguien puede volver a sentir por sí la inmensidad del mundo que le rodea o lo solemne del sol rojizo cuando la tarde empieza a morir lentamente, sin una celda de por medio.

Juan Francisco Trujillo es periodista y escritor de literatura

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