En la cultura, en general, está la matriz de la violencia de género

En la cultura, en general, está la matriz de la violencia de género

diciembre 27, 2014
in Category: Género
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En la cultura, en general, está la matriz de la violencia de género

Viernes, 29 de agosto de 2014, diario El Universo: “La habrían matado con arma blanca”. El periódico publica la muerte de una mujer de 51 años asesinada a puñaladas en el cantón Nobol, en Guayas; su familia presume que fue su expareja. La causa: el litigio de un terreno de siete cuadras y el reclamo de la pensión de alimentos para sus dos hijos menores de edad.
Sábado, 6 de septiembre de 2014, diario El Universo: “Presunto asesinato y suicidio en zona rural”. Lisbeth, de 23 años, fue asesinada a tiros en el cantón Babahoyo. La Policía presume que el responsable fue su expareja, un gendarme de 26 años, quien después de matarla se suicidó.
Martes, 9 de septiembre de 2014, diario El Universo: “Presunto femicidio en Ambato”. Patricia V.N., de 36 años, fue degollada y, otra vez, el principal sospechoso es su exconviviente.
Viernes, 19 de septiembre de 2014, diario El Universo: “Deudos de mujer acuchillada en Guayaquil dicen estar en zozobra”. Katherine S.A., de 27 años, madre de tres hijos, recibió siete puñaladas. La familia presume que su exesposo la asesinó y días después se colgó de un árbol en Pedernales.
Sábado, 27 de septiembre de 2014, diario El Comercio: “Las agresiones a la mujer sacuden a Esmeraldas”. Silvia F., de 24 años, recibió 18 puñaladas de su exconviviente Washington V, de 31 años. Luego, él se colgó de una viga en el patio de su casa, la Policía no descarta que después de una discusión Washington V. la asesinara y luego se suicidara.
Domingo, 28 de septiembre de 2014, diario El Universo: “Apresan a tres por la muerte de una menor”. Denisse S. fue asesinada y violada en Manta. La joven de 15 años recibió al menos trece puñaladas; hay tres hombres detenidos.
Martes, 30 de septiembre de 2014, diario El Universo: “Tía y sobrina aparecen sin vida en matorrales”. Bélgica de 29 años y Digna de 45 fueron asesinadas a tiros, Bélgica recibió cuatro disparos y Digna, dos. El sospechoso es Cristian, expareja de la joven. Los cuerpos de las mujeres aparecieron en unos matorrales que conducen al recinto La Cocina, de la parroquia Santa María de Toachi, en Santo Domingo de los Tsáchilas.
En un mes y un día, dos periódicos nacionales reportaron el asesinato de siete mujeres. En seis casos, los principales sospechosos son sus exparejas; en el caso de la joven de 15 años la nota del diario solo explica que tres hombres fueron capturados por el delito, no obstante, su muerte también fue cruenta, además, de esta joven se reportó que fue violada.
El 7 de octubre de 2014, el Ministerio del Interior publicó en su cuenta de tuiter un dato impresionante: “66 casos de femicidios fueron reportados en #Ecuador #Hastajulio2014: 48 resueltos, 14 investigados”. Estas cifras significan que ocurrieron 9.42 casos por mes, es decir, cada tres días, entre enero y julio de este año, una mujer fue asesinada en Ecuador. Sus crímenes se registraron bajo la comprensión de femicidio, lo cual implica que fueron asesinadas por ser mujeres (artículo 142, COIP).
26No obstante, es importante señalar que “crímenes pasionales” es una terminología que está superada, pues disminuye la brutalidad del delito, y en algunos casos lo justifica bajo la absurda idea de que “la mató por amor”. Por principio, el amor no destruye, es generador de vida.
Es lamentable para una sociedad, que los crímenes de estas mujeres no hayan generado alarma nacional. La explicación más sencilla, y no por sencilla minúscula, es la de las investigadoras en materia de violencia de género: “la violencia contra la mujer está naturalizada”, por ello, sus muertes no logran sacudir las entrañas de una sociedad que se vuelve cómplice silenciosa de los asesinatos.
No se trata de una realidad reciente. La muerte de mujeres en manos de sus esposos, novios, amigos, familiares o conocidos tiene larga historia. Como muestra, en algún momento del siglo XX, no era un delito matar a una mujer si se la encontraba “en acto carnal ilegítimo”. Artículo 27 del Código Penal aprobado en 1938: “Están exentos de sanción penal el padre, abuelo o hermano que hiera, golpee o mate a la mujer (hija, nieta o hermana) sorprendida en un acto carnal ilegítimo”. Este artículo fue derogado por el Tribunal de Garantías Constitucionales en 1989.
Si constaba en la ley es porque era parte de la cultura y la cultura es aquello que se vive a diario, es nuestra forma de actuar, de relacionarnos en el día a día. Bien se sabe que las normas regulan lo cotidiano, legislan sobre la vida, ponen límites o permiten, como, por ejemplo, matar en defensa propia o como hace más de setenta años -en el Ecuador- era posible no tener responsabilidad criminal si se asesinaba a una mujer luego de ser sorprendida teniendo relaciones sexuales “ilegítimas”. El Siglo XX fue apenas ayer.
Es verdad, las sociedades evolucionan, maduran y ello se debe, sin ninguna duda, a su comprensión sobre los derechos humanos. Por esta razón se abolió la esclavitud y se consideró a la educación como un derecho legítimo de las personas afrodescendientes, de los indígenas, y de las mismas mujeres, dos ejemplos sencillos, pero relevantes.
Probablemente, uno de los aportes más significativos que ha realizado el actual Gobierno para luchar contra la violencia machista, como se denomina en España, es haber considerado a la violencia contra las mujeres como un problema de salud pública, de seguridad ciudadana y de acceso a la justicia. Enfrentar desde esta visión, que por cierto suma a las ya existentes, es crucial para dar una respuesta a las mujeres de toda edad y condición económica, social y cultural que viven a diario violencia de género.
Hay resultados: la Función Judicial cuenta con al menos 80 jueces especializados en violencia de género; ha capacitado a jueces, fiscales y defensores públicos sobre temas de género; ha creado protocolos de atención para que las víctimas no sean revictimizadas; en algunas judicaturas funcionan sistemas de atención completos (sicológica, social, legal). Se implementó el botón de auxilio para que desde su celular las mujeres violentadas llamen a la Policía y esta acuda en máximo cinco minutos a salvarlas de las golpizas de sus parejas. Hay que sumar los estándares de atención que se procuran incrementar en el sistema de salud pública, la especialización del personal médico, la aplicación de protocolos…
Todo es plausible y hay que decirlo: antes del 2007 era poco lo que el país tenía para responder al llamado de auxilio de las víctimas. Eran las organizaciones de la sociedad civil, lideradas por mujeres, las únicas encausadas en esta lucha. Solas, como ha sido en gran parte la lucha de las mujeres, hicieron una cruzada para que la sociedad política entendiera que la violencia es un atentado flagrante a los derechos humanos sobre el cual el Estado debe intervenir.
Desde agosto de 2014, la violencia de género es un delito en Ecuador que se castiga con penas duras: los agresores pueden terminar en la cárcel. 27La Asamblea Nacional consideró que las sanciones fuertes pueden influir en el agresor, es decir, usó el temor al castigo como una herramienta para persuadirlo. En sí, las leyes son un arma de contención para los ciudadanos en general, pues la población es consciente de que si quiebra una norma corre el riesgo de ser sancionada, incluso, el desconocimiento de la ley no la libera de responsabilidad.
Hasta ahí, todo está bien. El Estado ha mejorado significativamente la atención a las víctimas de la violencia de género. Sin embargo, esta política es para después, sí, después de que ocurre la violencia, lo cual deja en evidencia que hay un gran pendiente por resolver, el más importante de todos: evitar que la violencia ocurra.
La solución no es fácil porque la violencia contra las mujeres de toda edad y de toda condición está arraigada en la sociedad. Es un ejercicio de poder culturizado y, por tanto aceptado, a pesar de que ha significado un tratamiento desigual e injusto para las mujeres. El libro político más importante de la historia de occidente, que prácticamente fue por siglos la base legal y moral con el que se organizaban las sociedades, fue esencial en alentar el dominio del hombre sobre la mujer. Me refiero a la Biblia, que tiene pasajes decidores sobre el tema; dos ejemplos: Génesis 3:16: “A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti”.
“Él tendrá dominio sobre ti” es una sentencia de propiedad de uno frente a otro. Es un mandato que da al varón el derecho de someter a la mujer y a la mujer la obligación de aceptar ese designio. En Corintios 11:3 la orden se mantiene: “Pero quiero que sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo, y la cabeza de la mujer es el hombre (…)”. Si la cabeza de toda mujer es un hombre, evidentemente, la mujer no tiene derecho a decidir, ser un humano con libre albedrío no es una posibilidad, pues el hombre ha sido designado para hacerlo por ella. ¿Cómo llevarle la contraria a Dios? La religión le entregó un poder al hombre que ha sido comprendido como un derecho natural, prácticamente adquirido al nacer, que le permitía decidir sobre la vida de la mujer. Los hombres y las mujeres vivieron siglos pensando que era así, una disposición divina arraigada en lo más íntimo del ser humano y que fue la base para las relaciones en las familias, en el barrio, en la escuela, es decir, en la cultura. Crecimos pensando que ese tipo de relaciones eran naturales.
El movimiento de ruptura que marcó un antes y un después en la historia de occidente fue la revolución francesa. Sus propios fundamentos de libertad, igualdad y fraternidad fueron la inspiración para movimientos libertarios en la misma Europa y en América. No obstante, la situación de las mujeres no cambió, su visión sobre ellas era muy similar a la que había propuesto el mundo cristiano. Ejemplos abundan: Jean-Jacques Rousseau, el gran pensador que influyó en la revolución francesa, fue el autor de dos obras que trascendieron los tiempos: “El Contrato” y “Emilio o de la educación”. En la primera obra planteó que el hombre nace libre, pero vive encadenado, y en la segunda propuso que el hombre es un ser bueno por naturaleza. Cuando Rousseau habla del hombre no se refiere a la especie humana, sino al varón, a las mujeres las coloca en un lugar inferior.
La académica española, María del Mar Valenzuela Vila, sostiene que en “la posibilidad de que Emilio tenga una esposa lleva a Rousseau a formular algunas observaciones sobre la educación de la mujer y, en particular, de Sofía, la compañera que destina a Emilio. Sus opiniones reflejan por completo las actitudes del siglo XVIII sobre la educación femenina, donde se parte de la premisa de que la mujer ha sido creada para disfrute del hombre: “establecido este principio de él se sigue que la mujer está hecha especialmente para agradar al hombre; si el hombre debe agradarle a su vez, es una necesidad menos directa, su mérito está en su potencia, agrada por el solo hecho de ser fuerte. Convengo en que no es esta la ley del amor, pero es la de la naturaleza, anterior al amor mismo”.
Por consiguiente, reflexiona Valenzuela, el autor “recomienda una educación que combine la filosofía del convento y la de la escuela. Rousseau sostiene que la búsqueda de verdades abstractas y especulativas, de principios y axiomas en la ciencia, están más allá del alcance de la mujer y, por consiguiente, los estudios para la futura esposa deberían ser absolutamente prácticos. Su misión está en aplicar lo descubierto por los hombres respetando su autoridad y criterio; esto se puede ver, por ejemplo, en el tema de la religión, donde las mujeres deben seguir siempre la doctrina del hombre”.
Rousseau pudiera considerarse un teórico más, pero no lo es, porque su incidencia no solo fue trascendental en el pensamiento de la revolución francesa sino que incidió en la doctrina de las siguientes generaciones. Es más, en la revolución que consagró como principios de vida la libertad, la igualdad y la fraternidad, la luchadora Olimpia de Gouges fue detenida y decapitada, por varias razones, entre esas, por pedir que se considere a las mujeres como seres con derechos. Ella feminizó la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, escribiendo, por ejemplo, que “la mujer nace libre y debe permanecer igual al hombre en derechos”. Hubo una serie de reacciones y movimientos que aplastaron ese pensamiento.
Mirar más atrás, pensar en Aristóteles, por ejemplo, es encontrarse al gran filósofo de occidente, al pensador de la democracia diciendo que la mujer era como la tierra, que su función radicaba en recibir la semilla y gestarla. La veía como un ser inacabado, decía que era un “hombre incompleto”. Su pensamiento, por supuesto, incidió en la cultura.
En el siglo XVIII las mujeres fueron a las fábricas a trabajar, pero sus sueldos equivalían a los de los niños y, además, eran administrados por sus esposos. No eran consideradas seres capaces de la administración de sus bienes, lo hacían sus esposos o sus padres. Por si alguien lo ha olvidado, el 8 de marzo de 1857, 129 obreras de una fábrica de Nueva York hicieron una huelga para exigir condiciones de trabajo dignas. La fábrica fue incendiada con ellas adentro.
En el Siglo XX, en especial, a partir de la segunda mitad, la situación para las mujeres empezó a cambiar realmente. Mejoraron sus condiciones laborales, de acceso a la educación y se reconocieron sus derechos políticos. En medio de estos avances, hay un hecho político trascendental que cambió la economía, la política, la cultura y la historia misma: la creación de la pastilla anticonceptiva (años 50) que le entregó a la mujer un poder sobre su cuerpo.
Sin duda, las mujeres y los hombres se beneficiaron con este maravilloso invento de la ciencia. Las mujeres dejaron de llenarse de hijos, tuvieron más tiempo que lo dedicaron al estudio y eso mejoró sus condiciones para acceder a un mejor empleo, incidiendo en la economía. A partir de los cincuenta también tuvo una fuerza formidable el movimiento feminista que planteó como bandera de lucha el derecho al cuerpo y, por tanto, a que las mujeres pudieran decidir sobre su futuro y no tener como único destino el matrimonio y los hijos. El feminismo sabiamente propuso que lo privado es público.
En este presente, nuestra Constitución recoge un sinnúmero de derechos sobre justicia, igualdad y equidad que deberían incidir en las formas de relacionamiento de hombres y mujeres, en lo público y en lo privado, pues toca la esencia misma del ejercicio de poder sobre nuestros cuerpos, el de hombres y mujeres, y fortalece nuestra propia y exclusiva determinación como seres capaces de tomar decisiones.
En teoría de derechos humanos, en términos generales, andamos bien, sin embargo, hay una batalla que no logramos ganar pese a los enormes esfuerzos de hombres y mujeres desde distintos lugares de la sociedad y del propio estado. En este punto, es preciso hacer un reconocimiento, también por justicia: los hombres, muchos hombres, se han sumado a esta lucha, además, la violencia del machismo también los vulnera.
27DEl machismo es esa herencia cultural que sigue tan viva, que maltrata, que hiere y hasta mata. ¿Por qué? Es un asunto de poder. El filósofo español, José Antonio Marina, dice que “el poder pretende dirigir el comportamiento de otras personas, por lo que necesita intervenir en sus procesos de decisión, es decir, en el origen del comportamiento” (La pasión del poder, 2008). Aquí está la clave, ese poder no puede permitir que el rebaño salga de su redil, tiene que controlar al otro, su hacer, su pensar y su decir, de lo contrario pierde su sentido. El poder, cuando entra en crisis, reprime y usa el miedo y la violencia como fuerzas para someter.
Aplicar esta premisa, a las relaciones de pareja, nos permite entender de mejor manera la violencia de género. Marina lo resume muy bien en cinco puntos: “la violencia de género puede considerarse la más cruda manifestación del poder directo. Las motivaciones de un agresor suelen ser: 1) necesidad de control sobre la mujer, 2) sentimiento de poder, 3) evaluación de la independencia femenina como una pérdida de control, 4) liberación de la rabia ante un ataque a su posición patriarcal, 5) deshago vicario”.
Entonces, tenemos que ir al fondo de todo, a la raíz del problema, tenemos que cambiar la forma de entender y relacionarse los hombres con las mujeres. El varón no puede seguir creyendo que la mujer le pertenece, ni la mujer puede seguir aceptando esas formas de relacionamiento como algo “natural”, porque limitan su desarrollo pleno como ser humano dotado de derechos.
Es limitado creer que las mujeres somos las responsables de esa violencia por permitirlo, pensar así es no entender que culturalmente fuimos criadas para satisfacer y obedecer y, además, que la violencia es un círculo cerrado del que es difícil escapar. Una mujer maltratada probablemente maltrate y las víctimas más cercanas y más vulnerables son sus hijos. También es probable que una mujer maltratada reaccione con violencia, entonces, los problemas se profundizan, porque tenemos a dos seres violentos enfrentados, solo que uno es más fuerte que otro.
Es inminente transformar estos patrones socioculturales, educar a los niños y a las niñas bajo el profundo concepto de la justicia, de la equidad y de la igualdad, en la teoría y en la práctica, porque estos tres principios humanos, que también son principios éticos, van a lograr mofidicar la comprensión de la vida que tienen las personas y obviamente también su comportamiento.
Tampoco es aceptable renunciar a la idea de que los adultos no cambian, esa es una justificación falaz, pues todos los seres humanos estamos dotados de inteligencia y tenemos capacidad de comprender lo que está bien y lo que no.
Esto implica que el estado y la sociedad deben estar dispuestos a dar un vuelco profundo a su manera de entender la educación, la salud, el trabajo y la familia. Es un asunto de justicia que puede transformar la vida de hombres y mujeres, pues no podemos seguir leyendo impávidamente noticias de mujeres asesinadas por sus parejas como si fuera una información trivial.
Es una deuda pendiente que es preciso saldarla, es una responsabilidad que nos compete a todos y todas. Dejemos de mirar a un lado.

Amelia Ribadeneira, periodista y docente universitaria.

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